Durante los últimos años, la figura de la buchona ha dejado de ser una caricatura del norte del país para convertirse en un modelo aspiracional, en una narrativa de éxito que arrasa en redes sociales y que, peligrosamente, normaliza la cercanía con el crimen organizado. Lo que comenzó como una moda estética, se ha transformado en un espejo social que refleja el culto al dinero, la cosificación de la mujer y la romantización de la violencia.
De la broma al estatus
El término “buchona” surgió en Sinaloa, cuna del narcotráfico mexicano, y originalmente hacía referencia a mujeres vinculadas sentimentalmente con narcotraficantes. La palabra proviene del whisky “Buchanans”, una bebida costosa que se volvió símbolo de estatus en esos círculos. Hoy, el concepto se ha expandido más allá de sus orígenes: abarca una estética exagerada —cabelleras largas, cirugías visibles, maquillaje intenso, ropa de diseñador, uñas ostentosas— y un estilo de vida marcado por el lujo, la extravagancia y el dinero rápido.
Según el sociólogo Ramón Ismael Alvarado Vázquez, de la Universidad Autónoma de Sinaloa, ser buchona es sinónimo de consumir lo más caro y mostrarlo al mundo. El culto a las marcas, a los carros deportivos, a las mansiones y a los viajes de lujo no es solo una tendencia, es una declaración de poder dentro de un sistema que valida lo que se puede comprar, sin importar cómo se consiga.
Narcocultura de influencer
En Instagram, TikTok y YouTube, abundan las influencers que replican este modelo. Jóvenes que enseñan bolsos Chanel, cirugías plásticas que pagan en dólares, relaciones con hombres misteriosos y estilos de vida imposibles para cualquier asalariado. El mensaje es claro: la belleza y el lujo son alcanzables si estás dispuesta a jugar con las reglas del narco, aunque tu vida se convierta en una moneda de cambio.
Una de las referencias más visibles de esta narrativa fue Emma Coronel, esposa del narcotraficante Joaquín “El Chapo” Guzmán, quien durante años mostró una imagen pública entre la devoción familiar y la opulencia. Más recientemente, la trágica muerte de la influencer Valeria Márquez —cuya relación con el Cártel Jalisco Nueva Generación aún genera sospechas— reactivó la conversación sobre los peligros de este estilo de vida.
El costo real de ser buchona
La vida buchona no es solo un meme o un TikTok viral. Es la punta del iceberg de una sociedad donde el acceso a oportunidades se encuentra profundamente desigual. Para muchas jóvenes que crecen en contextos de pobreza o marginación, ser buchona no representa solo una aspiración estética, sino una salida aparente a la miseria. El problema es que detrás de ese brillo hay violencia, sumisión y, muchas veces, muerte.
La cosificación de la mujer en el mundo narco no es sutil: las buchonas son objetos de exhibición, símbolos del éxito de los hombres para los que trabajan o con quienes se relacionan. Son mujeres hermosas, sí, pero moldeadas para cumplir con los estándares de belleza impuestos por un sistema dominado por el machismo y el crimen.
Una advertencia con brillo
Romantizar a las buchonas es ignorar las estructuras de violencia que las sostienen. Es urgente que como sociedad nos cuestionemos el tipo de modelos que estamos consumiendo y replicando, y que entendamos que esta moda —aunque llena de glamour— es, en realidad, un reflejo peligroso de nuestros vacíos más profundos.
Porque si no lo hacemos, seguiremos viendo a niñas aspirar a convertirse en “las novias del crimen”, sin comprender que ese mundo de lujos es tan efímero como letal.
