Hablar de cultura en Morelos es hablar de una paradoja permanente. Es uno de los estados con mayor densidad simbólica del país —historia, tradiciones, arte comunitario, memoria viva— y al mismo tiempo uno de los más abandonados en términos de política cultural real. Aquí la cultura no se impulsa, sólo resiste. No se planea, apenas sobrevive. No se presume desde el gobierno y se hace a pesar de él. Porque cultura en Morelos sí hay, y mucha, Lo que no hay es una estrategia clara para cuidarla, potenciarla y convertirla en un verdadero eje de desarrollo social. En los pueblos de Morelos la cultura no necesita permisos ni convocatorias. Vive en las fiestas patronales, en los carnavales con chinelos, que siguen bailando aunque no haya presupuesto, en las bandas de viento que ensayan en patios y calles, en los talleres de alfarería, de papel amate, de textiles, en la cocina tradicional que se transmite sin manuales ni influencers. Está en los cronistas comunitarios, en los grupos de teatro independiente que ensayan en casas prestadas, en los colectivos de jóvenes que hacen muralismo para recuperar espacios tomados por el abandono o la violencia. Está en las radios comunitarias, en los poetas que leen en cafés improvisados, en los fotógrafos que documentan lo que nadie quiere ver. Esa cultura existe porque la gente la necesita para entenderse y para no romperse. En un estado golpeado por la violencia, la desigualdad y la precariedad laboral, la cultura ha funcionado como refugio, identidad y resistencia emocional. No como adorno. Dato clave que suele ignorarse es que muchos proyectos culturales comunitarios en Morelos funcionan con autogestión, cooperación vecinal y recursos personales. No con apoyos oficiales. Eso debería ser motivo de admiración… y de vergüenza institucional. Existen asociaciones que funcionan de manera independiente como Amigos de la Música, la única en presentar conciertos de calidad, que opera con trasmisión del MET, en donde el gobierno no pone, sino, por lo contrario, gana un porcentaje de la entrada. El cervantino en cuatro fechas anuales no es suficiente; falta verdadera cultura. Se hacen grandes desfiles en Día de Muertos y Semana Santa, pero nada más. Lo que no se hace es política cultural de largo plazo. En Morelos, la cultura suele reducirse a eventos aislados, festivales sin continuidad o actos protocolarios que sirven más para la foto de lucimiento oficial que para disfrute de la comunidad. No hay un diagnóstico serio sobre el estado real de la infraestructura cultural. Existen casas de cultura cerradas o subutilizadas, bibliotecas sin actualización, espacios públicos sin mantenimiento. El problema no es sólo la falta de dinero, es la falta de visión. Tampoco se hace —y esto es grave— una vinculación real entre cultura y educación. La cultura se trata como entretenimiento, no como herramienta formativa. No se integra al combate contra la violencia, a la reconstrucción del tejido social ni a la prevención del delito, a pesar de que múltiples estudios muestran que el acceso constante a actividades culturales reduce la exclusión y fortalece comunidades. Otro punto crítico está en los creadores locales. En Morelos se les aplaude cuando ganan premios fuera, pero se les ignora en casa. No hay circuitos estables para exhibir su trabajo, ni programas sólidos de profesionalización, ni pagos dignos. El artista morelense suele vivir entre la precariedad y el “hazlo por amor al arte”. Gran parte de lo poco que se hace se concentra en Cuernavaca. El resto del estado queda como paisaje folklórico útil sólo en fechas conmemorativas. Municipios enteros no reciben talleres, exposiciones ni acompañamiento cultural durante años. La cultura no debería viajar sólo cuando hay inauguraciones. Debería instalarse, quedarse, día logar con cada comunidad. Eso no ocurre. Mientras se siga viendo la cultura como gasto prescindible y no como inversión social, Morelos seguirá perdiendo una de sus mayores fortalezas. La cultura genera economía, turismo responsable, identidad, cohesión social y sentido de pertenencia. Ignorarla sale caro, aunque no aparezca en los balances. La ironía es brutal, en un estado donde todo parece romperse —empleo, seguridad, confianza— la cultura es de las pocas cosas que sigue funcionando. Pero funciona sola, cansada, a contracorriente. Morelos no necesita más discursos sobre “rescate cultural”. Necesita escuchar a quienes ya están haciendo el trabajo. Necesita menos eventos y más procesos. Menos simulación y más acompañamiento real. La cultura en Morelos no pide aplausos. Pide espacio, respeto y continuidad. Porque cuando todo falla, es la cultura la que mantiene a flote a las comunidades. Y eso, aunque no dé votos in mediatos, debería importar. Sin planeación, la cultura camina sin rumbo con actos aislados sin un verdadero plan, cuando vivimos en una ciudad y un estado en donde grandes artistas han hecho su obra: pintores, escritores, escultores y músicos que pasan des apercibidos para la mayoría de la población; ni el CMA ni la UAEM nos muestran una constante, ya no se diga en el estado, y en Cuernavaca sólo los particulares siguen luchando desde sus asociaciones por tener una continuidad difícil, pero con resultados buenos con acciones de calidad, con un pequeño público cautivo que es constante y solidario. ¿No cree usted?
