En los últimos meses de cualquier administración, ya sea a nivel municipal, estatal o federal, es común observar un preocupante incremento en los abusos y excesos cometidos por quienes detentan el poder. Diputados, presidentes municipales y otros funcionarios parecen caer en la tentación de aprovechar los estertores de su mandato para incurrir en actos de corrupción que, de manera vergonzosa, erosionan la confianza ciudadana y mancillan la imagen de la función pública.

La cercanía del fin de una administración debería ser un momento de reflexión y redoblamiento de esfuerzos para culminar de manera digna y honesta el periodo de servicio. No obstante, la realidad nos muestra un panorama distinto. Con alarmante frecuencia, se multiplican los casos de funcionarios que, al ver cercana su salida, realizan contrataciones irregulares, asignaciones presupuestales opacas y hasta desvíos de recursos con una desfachatez que parece aumentar a medida que el tiempo se agota.

Estos actos de corrupción no solo traicionan la confianza de la ciudadanía, sino que también ponen en riesgo el futuro político de los implicados. En un mundo donde la información fluye con rapidez y la transparencia se convierte en una demanda ineludible, los actos deshonestos, aunque se cometan en el último tramo de un mandato, nunca deberían quedar impunes. En un mundo ideal, los escándalos persiguen a los corruptos y las consecuencias legales y reputacionales tendrían que ser devastadoras.

Es imprescindible que nuestros políticos recuerden que el ejercicio del poder público no es un privilegio, sino una responsabilidad. La transparencia y la honestidad deben ser principios rectores durante todo el periodo de gestión, no solo por un imperativo ético, sino también por razones prácticas. Actuar con integridad no solo garantiza el bienestar de la ciudadanía a la que se sirve, sino que también fortalece el prestigio y las futuras oportunidades políticas de quienes eligen el camino de la rectitud.

La implementación de mecanismos de control y rendición de cuentas efectivos es vital para prevenir estos abusos. Las auditorías, la vigilancia ciudadana y la transparencia en la gestión deben ser herramientas constantes, no meras formalidades que se activan solo ante la sospecha de irregularidades. Asimismo, es esencial fomentar una cultura de ética pública desde las bases, donde los valores de servicio, honestidad y compromiso con el bien común sean los pilares sobre los que se construya el desempeño de cada funcionario.

Por eso, la tentación de cometer abusos en los últimos meses de gestión es un reto que debemos enfrentar con determinación. La sociedad tiene el derecho y el deber de exigir transparencia y honestidad en todo momento, y nuestros servidores públicos deben entender que su legado y futuro político dependen de su capacidad para actuar con integridad hasta el último día de su mandato. Solo así podremos construir una democracia robusta, donde la confianza en las instituciones sea la norma y no la excepción.

Antes de que me robé un párrafo de esta columna vámonos con lo bueno, lo malo y lo feo. Lo bueno: La transparencia y la rendición de cuentas fortalecen la democracia y la confianza ciudadana. Lo malo: En los últimos meses de gestión, aumentan los casos de corrupción y abuso de poder. Estos actos deshonestos erosionan la confianza pública y pueden arruinar la carrera política de los implicados. Lo feo: Muchos políticos dejan ir los pesos por recoger los centavos. No está de más decir que esto es a título personal.

Fíjense nada más que… se destapó la última parte del gabinete de la Presidenta electa Claudia Sheinbaum: Claudia Stella Curiel de Icaza, secretaria de Cultura; Josefina Rodríguez Zamora, secretaria de Turismo; y Marath Baruch Bolaños López, secretario de Trabajo y Previsión Social;

Fuera de contexto: El atentado contra Donald Trump, candidato republicano a la presidencia, es un evento que ha sacudido profundamente el panorama político. La imagen de Trump levantando el brazo con la oreja aun sangrando por el impacto de la bala se ha convertido en un poderoso símbolo de resiliencia y fortaleza para su candidatura a la presidencia de Estados Unidos. Este acto estratégico, acompañado de un buen manejo en la forma de comunicar no solo ha generado simpatía y apoyo entre sus seguidores, sino que también ha desviado la atención de temas controvertidos, consolidando su posición en la contienda electoral.

Las opiniones vertidas en este espacio son exclusiva responsabilidad del autor y no representan, necesariamente, la política editorial de Grupo Diario de Morelos.

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