BERRINCHE TARIFARIO. La reciente apro­ba­ción de la Ley de Movi­li­dad, Trans­porte y Segu­ri­dad Vial ha desa­tado una pre­vi­si­ble y airada reac­ción en los líde­res del trans­porte público.

Lejos de bus­car un diá­logo cons­truc­tivo o espe­rar una pro­puesta téc­nica del gobierno esta­tal, la pos­tura se ha endu­re­cido hasta el chan­taje: exi­gen, de manera peren­to­ria, un incre­mento de cinco pesos a la tarifa mínima con fecha límite del 26 de diciem­bre.

Esta exi­gen­cia, sin embargo, carece de sus­tento. No existe a la luz pública nin­gún estu­dio téc­nico o finan­ciero que jus­ti­fi­que la apli­ca­ción inme­diata de una nueva tarifa mínima. La peti­ción parece basarse úni­ca­mente en la pre­sión y la incon­for­mi­dad.

El pro­blema cen­tral del sec­tor se revela en su pro­pia resis­ten­cia al cam­bio. Ante la urgen­cia de moder­ni­zar el par­que vehi­cu­lar, la res­puesta de los líde­res es escan­da­lo­sa­mente sim­plista: argu­men­tan que al ciu­da­dano poco le importa si las uni­da­des son de modelo reciente, solo que se les tras­lade.

Es cierto que los insu­mos han enca­re­cido (gaso­lina, refac­cio­nes), lo cual impacta direc­ta­mente los cos­tos ope­ra­ti­vos.

Pero es igual­mente cierto que gran parte de las ganan­cias no se rein­vierte en el man­te­ni­miento y la puesta a punto de las uni­da­des, pre­sen­tando un ser­vi­cio que en muchas oca­sio­nes es defi­ciente e inse­guro.

Este sec­tor opera bajo una lógica de sub­sis­ten­cia, no de desa­rro­llo. Su actuar no refleja una visión empre­sa­rial que entienda sus com­pro­mi­sos con el usua­rio y con la ciu­dad, limi­tán­dose a pre­sio­nar por ingre­sos sin ofre­cer la con­tra­parte de un ser­vi­cio de cali­dad.

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