Cuando las Antillas ya estaban más que explotadas y no había más que buscar, los conquistadores buscaron Tierra Firme. Algo se sabía de un rico imperio en el continente que prometía nuevas fuentes de riqueza, grandes extensiones de tierra que explotar y nuevos paganos para la fe cristiana.  

Los conquistadores empezaron por colonizar lo que tenían más a la mano. De Cuba partieron a la cercana Península de Yucatán que ya había perdido su esplendor maya. Cortés se extendió al norte en busca del Imperio Azteca del que solo sabía rumores. Unos años después su primo Pizarro se extendió hacia el sur en busca del Imperio Inca del que también poco se sabía. 

Ya eran tiempos del reinado de Carlos I de España y V de Alemania nacido en Bélgica. Fue cuando Hernán Cortés por iniciativa propia emprendió el viaje de Cuba al continente aun en contra las órdenes de su compadre Diego Velázquez gobernador de la isla. Fue así como conquistó o invadió –como se prefiera- el poderoso Imperio Azteca con tan solo quinientos hombres aprovechando que se le sumaron los pueblos indígenas que estaban sometidos por Tenochtitlan y sus aliados; y que los caballos y las armas que escupían fuego, espantaban a los nativos.

Cuando Cortés ya había conquistado Tenochtitlan; Almagro y Pizarro, conquistaban el Imperio Inca. Para entonces, Cortés tenía ya sus propios astilleros y barcos en Oaxaca, desde donde los apoyaba con pertrechos, armaduras, caballos y provisiones hasta Lima cuando pretendían encontrar “El Dorado”, el máximo sueño de los conquistadores que nunca apareció. Sin embargo, esos dos extensos territorios incorporados ya al Imperio Español eran suficientemente ricos donde descubrieron dos inmensos filones de plata -Zacatecas en México y Potosí en Perú-. Fue cuando la Corona Española instituyó sendos virreinatos, el de Nueva España y el de Lima.

América no era la India de las especias, pero comenzaba a serles rentable. Las nuevas ciudades -muchas con nombres españoles- se dotaron de cabildos, de corregidores (gobernadores) y de Audiencias de Justicia. 

Por siglos todo el comercio con América se encauzó desde la “Casa de Contratación” instalada en el puerto de Sevilla al que desde 1503 llegaban las embarcaciones tierra adentro a través del rio Guadalquivir. 

En esos dos primeros siglos de conquista –XVI y XVII- en España gobernaba la dinastía de Los Austrias, el primero fue Carlos V que ni español hablaba. El gran negocio lo hicieron los banqueros alemanes y genoveses, además de los empresarios belgas, holandeses e italianos, y no tanto la Corona Española por carecer de la infraestructura necesaria para administrar la compleja empresa. Muchos negocios fueron de contrabando sin pasar por el control de la Real Hacienda en Sevilla. 

Se calcula que durante siglo y medio se extrajeron unas 200 toneladas de oro y unas 18 mil toneladas de plata. Esa abundancia provocó una desastrosa inflación con las bancarrotas de la Hacienda Real y esto, fue la ruina del país peninsular. La Corona española –gobernada por austriacos- no invirtió tanto en bienes para España, y si lo hizo en los países del norte que también gobernaban, en España invirtieron en continuas guerras, en mantener costosos ejércitos como la “Armada Invencible” la más poderosa e inútil de la época vencida por una tormenta, y otra para custodiar los puertos en América y los viajes de la flota cargada de oro y plata contra ataques de piratas ingleses y holandeses, para lo que constantemente solicitaban préstamos a los banqueros extranjeros. La Corona Española estaba siempre en espera de los cargamentos de América para pagar intereses atrasados. Ya para el siglo XVIII eso absorbía tres cuartas partes de lo recaudado por la Corona. A la postre fueron Inglaterra, Holanda y los banqueros italianos y alemanes los que recogieron los frutos.

El teólogo y poeta Francisco de Quevedo escribió:

“Poderoso caballero es don Dinero 

Nace en la “India” honrado

Donde el mundo lo acompaña; 

viene a morir a España

y en Génova es enterrado”

 

El gran tesoro llegó a la península para casi nada, pero otro quedo aquí, el que ha desarrollado raíces e identidad, es el fruto de la lengua española que hoy hablan todos los pueblos hispanos del continente, cada uno con su acento causando gracia entre unos y otros, porque a pesar de sus propias lacras y contradicciones, España extendió a América las civilizaciones de Grecia y Roma que han  nutrido a  la humanidad, aun con todos los discursos en contra. 

Todavía se habla de que si fue perniciosa o positiva la labor de España en América, pero hay que considerar que no se puede juzgar con criterios modernos el comportamiento de unos hombres con mentalidad y principios de su tiempo, muy distintos a los actuales. No podemos medir con el mismo rasero a los conquistadores o invasores –como se guste- del siglo XVI que tenían una mentalidad mercantilista. Como tampoco podemos juzgar desde nuestra actual perspectiva que los aztecas practicaban la esclavitud, el canibalismo, sacrificios humanos arrancando el corazón a jóvenes vivos y por exigir descomunales  tributos a los pueblos que tenían sojuzgados y que solo vivían para producir y poder pagarlos. Los hispanos de aquel siglo XVI, también, al igual que los aztecas, eran guerreros que veían en el derecho de conquista ganarse honores y riquezas por medio de las armas como venía siendo milenios atrás en todo el Mundo.

Con la conquista o invasión se produjo un mestizaje, una nueva raza y una nueva cultura, y esto es lo que se preserva.

¡Hasta la próxima!

Por: Carlos Lavín Figueroa / carlos_lavin_mx@yahoo.com.mx


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