Siempre agradeceré las críticas, aun cuando sean mentiras como cuchillos afilados, porque siempre me han servido para dejarlas en claro, como aquellas “que no doy fuentes” en mis trabajos, lo que me obliga a decir que ¡la fuente soy yo mismo!, porque de mis crónicas soy testigo o incluso actor, o de allegados que las vivieron. Y porque mis investigaciones de historia son originales, fundamentadas y sustentadas. Mis temas no son fusilados de libros como para dar fuentes, eso sería piratear, y esto no corresponde a un libre historiador; sin embargo, parece que no se quiere entender que hay diversas maneras de escribir historia y de ser historiador, como así lo reconoce Antonio García de León Griego, Doctor en Historia por la Sorbona en París y profesor Investigador Emérito del INAH.
Me decía un viejo cronista de un pueblo: “Ser cronista es algo muy fácil de responder, pero, difícil de desempeñar, es el que más sabe del pueblo, pero también es indispensable que lo escriba, implica responsabilidad ante la comunidad porque es una carta del pasado y del presente al futuro”.
John Womack me comentaba que: “Los cronistas son esenciales, pues están en medio de las historias orales, que a veces conducen a los archivos locales, aún familiares, que de repente echan luz maravillosa que abre aquellas relaciones hasta entonces perdidas en la oscuridad; además, son una institución prácticamente inmortal de la historia local”.
El cronista debe cumplir, primero escribiendo crónica, y si puede, tiene la libertad de escribir de otros géneros que sean propios de él.
En Madrid abrevé de las tertulias a las que asistí semanalmente entre historiadores en el restaurante “El Botín” al lado del Arco de Cuchilleros, atrás y por debajo de Plaza Real. Otras veces en el famoso Bar Chicote, donde era “un agasajo postinero -estar- con la crema de la intelectualidad”, como cantaba Lara a ese histórico bar en la Gran Vía, al que parodia Joaquín Sabina: “Enseñando las garras de astracán reclinada en la barra de “Chicote”, la “bien pagá” derrite con su escote, “la crema de la intelectualidad”, bar, que durante mi larga estadía en Madrid, dejó de existir por un pleito legal. Soy testigo del momento justo en que le retiraban las letras de bronce de su fachada de mármol, quedando la marca del tiempo como negándose a desaparecer.
Recorriendo España, Italia, Marruecos, fui descubriendo indicios de temas inéditos para Cuernavaca, desde una perspectiva opuesta. Allá encontré reveladores datos que me arrojaron hipótesis, para luego investigar, confirmar y sustentar su veracidad, lo que resultó ser la metodología científica, en este sentido, la imaginación -junto con la memoria- como bien se sabe, supera al conocimiento.
Decía García Márquez que: “La crónica es un cuento que es verdad”, por tanto no requiere de fuentes, porque la fuente es de quien la narra, debe transportar al lector al mundo de lo narrado para darle aquella identidad perdida ahora tan necesaria, dando prioridad al pasado porque lo actual cae en un reportaje. Hacer historia y crónica, y ser historiador y cronista, no es fusilando biografías de héroes o temas trillados. Pero, además, una golondrina no hace verano.
El Cronista es, desde siempre, un promotor cultural, que con su trabajo es defensor constante del patrimonio histórico, arquitectónico, artístico, natural y cultural; crítico y copartícipe del desarrollo de su ciudad, goza su trabajo y así lo trasmite cuando es capaz de narrar lo que no es común o distinto de lo nuevo; y como historiador cuando dice algo nuevo de lo viejo, pero lo dice bien. Decía Guillermo Tovar y de Teresa que: “El cronista debe ser el que más sabe y el que mejor y más lo escribe”.
El cronista nace, no se hace, porque desde que tiene uso de razón va acumulando datos, sin ningún interés más que por el placer de saber, hasta que el destino lo hace escribir para que los demás lo sepan. Y por nada se pretenda meter a un cronista en el cerco limitado y castrante de la academia. El maestro y doctor en Historia Álvaro Matute, investigador emérito de la UNAM, escribió: “Qué bueno que existen sabios como Gutierre Tibón y Ernesto de la Peña. Tibón podía escribir y decir cosas interesantísimas que sólo un gran erudito con mente libre puede hacerlo”.
Son ya, más de quince años entregando a mis lectores: artículos, crónicas e investigaciones de mi ciudad. Son testimonios personales e inéditos, publicados de manera continua en periódicos, semanarios y revistas locales y nacionales, varios en la Revista de la Real Asociación Española de Cronistas Oficiales, algunos traducidos al francés y al portugués; y múltiples videos de la historia de Cuernavaca, y continúa. Por tal, he participado en convenciones nacionales e internacionales, conferencista de mis investigaciones en tres universidades del Perú y otras locales, y falta, porque constantemente me asaltan ideas y dudas que investigar, los temas sobran, el trabajo es arduo pero apasionante, y sigue.
Y se debe ser auténtico porque la vida cobra cuando se dice ser lo que no se es y decir lo que no bien se sabe y te pone en tu lugar. Hay que disfrutar lo que se hace, porque, para ser feliz, hay que amar lo que se vive. Séneca dijo que: “No es feliz quien tiene el saber, sino quién lo hace saber”.
¡Hasta la próxima!
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