Pocos nombres resuenan con tanta intensidad en el ámbito del misterio religioso como el del padre Gabriel Amorth. Nacido en Módena, Italia, en 1925 y fallecido en 2016, Amorth fue uno de los exorcistas más célebres del Vaticano, y también uno de los más polémicos. A lo largo de su vida, aseguró haber realizado más de 70,000 exorcismos, y no temía hablar abiertamente sobre lo que consideraba una creciente presencia del demonio en el mundo moderno.
Amorth no era un hombre ordinario. Abogado y soldado partisano durante la Segunda Guerra Mundial, abrazó la vida religiosa en 1954 y fue ordenado sacerdote en la Sociedad de San Pablo. Su formación intelectual y espiritual lo llevó a ser discípulo del también famoso exorcista Candido Amantini. En 1986 fue nombrado exorcista oficial de la diócesis de Roma, y con los años se convirtió en presidente de la Asociación Internacional de Exorcistas.
Para Amorth, el diablo no era una metáfora ni un símbolo. Era una presencia real y concreta que actuaba en el mundo, principalmente a través de la confusión espiritual, la adicción, el ocultismo y la pérdida de la fe. En sus libros y entrevistas, advertía que muchos males contemporáneos no eran sólo psicológicos, sino espirituales: “El diablo actúa cuando se lo invita. Y hoy se lo invita con drogas, sectas, prácticas esotéricas y desprecio de lo sagrado”.
Amorth afirmaba que muchos casos de supuesta posesión podían ser explicados por trastornos mentales, pero otros no. Hablaba de fenómenos extraños: personas que hablaban lenguas muertas, fuerza física descomunal, aversión a lo sagrado, vómito de objetos metálicos o reacciones inexplicables al agua bendita. Para él, el exorcismo era una forma de caridad, y lo ejercía con oración, ayuno y un profundo respeto por la dignidad humana.
Su figura no estuvo exenta de controversias. Fue crítico con algunas posturas dentro de la Iglesia que, según él, habían minimizado la existencia del demonio. También denunció la influencia del satanismo en el entretenimiento, e incluso mencionó supuestos rituales ocultos en el Vaticano. Muchos lo tacharon de alarmista, otros lo consideraron un defensor de la fe frente a una sociedad cada vez más laica.
Más allá de las creencias personales, la figura de Gabriel Amorth encarna una lucha ancestral entre el bien y el mal, una batalla que trasciende lo visible. Su legado vive en sus libros, como Memorias de un exorcista o El último exorcista, y en las miles de personas que vieron en él no solo un sacerdote, sino un guerrero espiritual.
