Para el 19 de mayo, Inés Lecrec, princesa de Salm-Salm,, al conocer la noticia que el emperador y su esposo, el Príncipe de Salm-Salm, se encontraban encarcelados en la ciudad de Querétaro, se traslada de San Luis Potosí a la plaza ocupada por las fuerzas juaristas con la intención de contactar a los prisioneros, que en un principio se encontraban recluidos en el Convento de las Teresitas y finalmente Maximiliano, así como los generales Miramón y Mejía serían trasladados al Convento de las Capuchinas. Durante la fase de transferencia de los iniciados, Inés Leclerc participa intensamente en tratar de liberar a quien fuera ayudante de campo imperial y, a la par cónyuge del coronel José Félix de Salm-Salm, quien elude para su fortuna ser parte de la causa militar impuesta a los prisioneros de guerra, siendo sentenciado varios años en la cárcel de San Juan de Ulúa y finalmente desterrado; esta circunstancia permite a la célebre princesa organizar con un grupo de simpatizantes del imperio la fuga de los últimos actores del eclipsado estado monárquico mexicano, en dicho plan se verían envueltos los encargados de seguridad y vigilancia del soberano austriaco, los coroneles Villanueva y Palacios, jefes militares que debían ser sobornados con un pago de 100 000 pesos cada uno, monto imposible de conseguir en efectivo, Maximiliano giraría documentos en letras de cambio, pero los militares mexicanos, que jugaban un doble papel, exigirían que las letras estuvieran avaladas con las firmas de los embajadores de Francia y Austria, situación comprometedora para los diplomáticos y sus respectivos países. Por esta razón, dichos documentos no fueron rubricados y el plan de escapatoria quedó destinado al fracaso.
La desesperanza no invadiría el azaroso corazón de la princesa Salm-Salm, a sabiendas que el Presidente Juárez era la única persona que podría otorgar el indulto, se dirige nuevamente a San Luis Potosí con intención de entrevistarse con el mandatario y solicitar clemencia. El escritor Conté Corti describe la histórica escena en una interesante atmósfera de romanticismo entre el recio gobernante y la abatida aristócrata; crónica que transcribo a continuación:
“En San Luis Potosí se habían reunido, además, numerosas personas para pedir el indulto de Maximiliano. La incansable princesa Salm-Salm se arrodilló ante Juárez y derramando lágrimas le pidió perdón de Maximiliano. Pero el presidente, aunque conmovido, le respondió: Me da mucha pena, señora, verla arrodillada a mis pies. Pero, aunque todos los reyes y reinas de Europa estuviesen en su lugar yo no podría perdonarle la vida. No soy yo el que se la quita, es el pueblo, es la ley, y si yo no cumpliese su voluntad, el pueblo se la quitaría y, además, también la mía. Juárez pronunciaba estas palabras para que las oyese todo el mundo y haciendo resaltar vanidosamente la impotencia de los monarcas de Europa, echaba la culpa de la noble sangre que iba a derramar, a una colectividad, a un algo impersonal y vago… al pueblo”.
   El proceso castrense se daría por concluido la mañana del 19 de junio de 1867, en el Cerro de las Campanas. Junto con Maximiliano, serían pasados por las armas los generales Tomás Mejía y Miguel Miramón; antes del fatal acontecimiento y en tanto permaneció confinado en el Convento de las Capuchinas, el archiduque quien escribe varias cartas para familiares y amigos, así como una humilde y última petición dirigida al Papa Pío IX, que a la letra dice:
“18 de junio de 1867
Beatísimo Padre:

Al partir para el patíbulo a sufrir una muerte no merecida, conmovido vivamente mi corazón y con todo el afecto de hijo de la Santa Iglesia, me dirijo a Vuestra Santidad dando la más cabal y cumplida satisfacción por todas y cada una de las faltas que pueda haber tenido para con el vicario de Jesucristo y por todo aquello que haya lastimado a su paternal corazón, suplicando alcanzar, como lo espero de tan buen padre, el correspondiente perdón.
También ruego humildemente a Vuestra Santidad no ser olvidado en sus cristianas oraciones, y si posible fuera, aplicar una misa por mi pobrecita alma.
De Vuestra Santidad humilde y obediente hijo pide su bendición apostólica”

Los restos mortales de Maximiliano fueron pésimamente embalsamados y conducidos, por orden del gobierno, al Hospital de San Andrés en la ciudad de México, donde permanecieron por un periodo de cinco meses, hasta que el cadáver fue reclamado por el vicealmirante Tegetthoff a nombre de la familia real el 12 de noviembre de 1867. El ataúd sería entregado oficialmente en el Puerto de Veracruz, el 25 del mismo mes y año y al día siguiente embarcado con todos los honores en la fragata Novara, la nave que haría larga trayectoria por varias semanas hasta cumplir con su cometido al depositar el féretro en el Convento de las Capuchinas, póstuma morada de los miembros de la Casa Real de los Habsburgo en Viena, Austria.

Al conmemorar 152 años de haber sido fusilado y muerto José Fernando Maximiliano de Habsburgo al pie del Cerro de las Campanas, ubicado en el municipio de Querétaro, recordamos el pensamiento de uno de los grandes intelectuales del México post-revolucionario, Mtro. José Vasconcelos, quien formularía el siguiente juicio sobre la obra jurídica y educativa desarrollada por el II Emperador de México, el cual comparto en el siguiente párrafo:
“Yo sé que en México no habrá patria, mientras los niños de las escuelas no aprendan a derramar una lagrima de gratitud por el hombre que dejó en Europa el lujo y la gloria, para venir a la América a morir en defensa de la cultura latina amenazada”.

Un consejo de guerra dio la sentencia de muerte a Maximiliano, Miramón y Mejía, por lo que fueron ejecutados en el Cerro de las Campanas de la ciudad de Querétaro, el 19 de junio de 1867.