Pocos eventos se han visto en el deporte mexicano como la presentación de Javier Hernández es su regreso a Chivas.
El estadio Akron lució un llenazo con aficionados de todas las edades para aplaudir a su ídolo.
La piel se erizó, las lágrimas aparecieron y “Chicharito”, vestido con los colores rojiblancos, se mostró conmovido y agradecido.
Luego vinieron las inevitables entrevistas y el encanto quedó roto.
La pregunta sería: ¿cuándo fue que nos cambiaron al niño en el parque?
Porque de aquel chico sencillo, carismático, de sonrisa fácil y una aparente madurez que contrastaba con su edad, no queda absolutamente nada.
No son solo las respuestas, pobres en contenido y salpicadas con groserías y palabras altisonantes, sino el lenguaje corporal que denotan a un hombre de casi 36 años fuera de sus cabales.
Queriendo vender frases motivadoras, como aquella ramplona que acuñó antes del Mundial de Rusia de: “hay que imaginar cosas chingonas”, el evidente vacío se escuda tras la actitud impaciente y majadera que asume ante los medios de comunicación.
Nadie puede ni debe soslayar los logros de Javier. Vestir casacas tan importantes en el balompié mundial como Manchester United y Real Madrid no las hace cualquier mortal.
Además, no desentonó al jugar al lado de grandes figuras y es el goleador histórico de la selección nacional.
Quizá con menos reflectores, pero su paso por Alemania con el Bayer Levekusen, en Inglaterra con West Ham, con el Sevilla en España y su último equipo, el Galaxy de Los Ángeles, atestiguaron un cuota goleadora siempre en números negros.
Volviendo a su realidad actual, ojalá que, por su propio bien y el de Guadalajara, logre constituirse en un verdadero refuerzo y eso sólo lo logrará anotando goles.
La ausencia de ritmo de competencia y la grave lesión sufrida son incógnitas absolutamente válidas cuando se cuestiona lo oportuno de su regreso.
El trancazo mediático ahí queda como una demostración de excelencia de quienes trabajan en esa área en el club.
Ahora tocará al dueño Amaury Vergara, el director deportivo Fernando Hierro y el técnico Fernando Gago llevar el “fenómeno chicharito” a buen puerto, definiendo cuándo y cómo podría debutar.
Particularmente, le tengo ley al chaval. Conocí y traté a su abuelo, Don Tomás Balcázar, un señorón, lleno de historias, anécdotas y de una sencillez apabullante.
A su padre, Javier Hernández, le arbitré prácticamente en toda su carrera.
Por lo mismo, me cuesta reconocer a la persona detrás del personaje.
La respuesta que le dio al periodista Toño Moreno, cuando le pidió evaluar su paso por Europa, es la de un híper lactante, lunático, carente de tacto y educación.
“Por eso no estudié, para no tener que sacar cuentas”, escupió este monumento a la estulticia.
Me sigo preguntando… ¿qué le pasó?
