En muchos lugares inseguros de México hace tempo que nadie quiere ser policía. O por mejor decir, muy pocos. Es el caso de Zirándaro, en la región de Tierra Caliente de Guerrero. Precisa el alcalde Gregorio Portillo Mendoza: hace tiempo eran cuarenta, hoy son tres. O como dijeran los calentanos: “sólo estando borracho o mariguano dan ganas de ser policía”. En Zirándaro, ni el sueldo de ocho mil pesos quincenales atrae nuevos policías. El tema aplica a Morelos… pero al revés si de salarios se trata. Aquí a los gendarmes les pagan miserias… pero les van a aumentar. Recién se informó que “este año se aplicará el aumento salarial a los elementos policíacos que menos percepciones reciben”. ¿A los “pibas”, que son los que menos ganan y hace años los han traído a puras promesas? ¿A los policías estatales, según ha dicho el titular de la Comisión de Seguridad de Morelos, José Antonio Ortiz Guarneros, de los cuales más de cien de los cuales están involucrados con el crimen organizado?.. DE los dramas de la vida real, éste: Eres taxista. A las diez de la mañana ya llevas cuatro horas manejando y hace cinco que te levantaste. Es momento para comer un taco en el puesto callejero. Puedes gastar cincuenta pesos, aparte de los veinte que hace ratito le diste pal’ chesco al agente de tránsito. La cuota es de ley, no fían. A las tres llega la hora de sacar el lonche que te preparó tu señora, pero si no te gusta, de nuevo con la gorda del puesto que sí te fía. Terminas de comer, conversas con los amigos sobre cualquier cosa: del partido de fútbol que jugarás el domingo y deberás ganar, pues apostaste una feria; del patrón que es ojete y nunca ha querido darte Seguro Social. Y otra vez a “camellar”. Para entonces llevas diez horas manejando, lidiando con las cosas de siempre: el chavo fresa que conduce un carrazo y con el claxon te mienta la madre porque no te puede rebasar, el bache que sacude tu taxi, el pasajero que te reclama porque manejas como loco, el agente de vialidad que es medio tu amigo, te ve hablando por el celular y te hace la señal de que te va a infraccionar. Dan las cuatro y apenas has sacado para “la cuenta” del patrón y la gasolina, así que te quedan unas cinco horas para que puedas juntar lo tuyo. Vas pensando en “aquellita” cuando te aborda un chamaco. Ves que se apoltrona en el asiento trasero: debe tener unos veinte años. Lo que no sabes es que está armado. Calza tenis y viste jeans piratas. Te pone la escuadra en la cabeza, ordena que le entregues el dinero, te quita el celular y las llaves del taxi, y antes de dejar tu taxi y huir, arranca el radio y se lo lleva. Huye, te orinas de miedo pero nada puedes hacer más que empezar a caminar y conseguir prestado un celular para avisarle a tu patrón que otra vez te asaltaron. Antes hablas al 911. La operadora te cuestiona, te exige que le digas tu nombre, te trata como si tú fueras el delincuente, te pregunta para dónde y en qué se fue el asaltante. Contestas encabronado: “No sé, creo que rumbo a Temixco en un taxi que pasó a recogerlo”. Ya quieres irte a tu a casa pero no puedes; tu mal día no ha terminado aún. Después de telefonearle a tu patrón deberás acudir a la Fiscalía para presentar la denuncia, y será hasta el amanecer cuando por fin puedas llegar a tu hogar, dulce hogar. A la mañana siguiente, de nueva cuenta lo mismo. Los ves, no fallan, como siempre apostados en la glorieta de la avenida Palmira, arriba de la cuesta del internado. También en Gobernadores, a pocos metros de la salida del Paso Exprés donde pusieron la estatua de Zapata y que, al contrario de cuando estaba en Buenavista, no se ve; en otros puntos de la ciudad y en los andenes del mercado Adolfo López Mateos. Son los policías de tránsito con sus patrullas y motocicletas. Vigilan el tráfico, detectan vehículos sospechosos, hacen su trabajo. Eso parece, pero paran preferentemente a vehículos modestos, de modelos atrasados, carros sedán y camionetas pick up o de pasajeros. Observas a los automovilistas documentos en mano, hablando con los agentes de la ley, alegando, manoteando, discutiendo, suplicando. Nada que sea nuevo, siempre ha sido así. El secreto a voces es aderezado por los ruidos de la ciudad: automovilistas tocando desaforados el claxon, comerciantes ambulantes que venden a gritos en la calle Guerrero, el grupo de colonos, ufanándose de que cuando quieran y en donde quieran pueden volver a bloquear el tráfico de Cuernavaca… (Me leen después).

 

José Manuel Pérez Durán
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