En apenas un lustro se duplicó su número o se diversificaron y distribuyeron al cerrarse otros. O pudo haber sucedido que estuvieran “invisibles”, semiclandestinos y no admitidos oficialmente. El caso es que ahí siguen. En donde aparecen lo de menos son los fétidos olores, lo demás son las filtraciones de los tóxicos lixiviados, arrasando con tierras, emponzoñando las aguas subterráneas que surten los pozos para el consumo humano. Enferman a la gente en su entorno y no se digan a quienes trabajan en ellos, porque en esos lugares nace una industria multimillonaria y hasta ahora desperdiciada –valga la expresión en este caso– en Morelos y en México. En 2010 se contaban 16 “tiraderos a cielo abierto”, hoy son más del doble entre éstos y los llamados “rellenos sanitarios” que supuestamente son “menos dañinos”, pero a la larga significan los mismos o peores problemas. Los tiraderos a cielo abierto, son generadores de gases de efecto invernadero (metano y bióxido de carbono) y, por lo tanto, precursores del cambio climático o calentamiento global. La basura que todos producimos, sea que se separe o no, se mezcla así: residuos orgánicos 50 por ciento, residuos inorgánicos reciclables 40 por ciento, residuos inorgánicos no reciclables 10 por ciento. Sólo se recicla el 2 por ciento del total de la basura. ¿Y el resto? Como apuntamos en más de una ocasión, existen en los océanos del planeta enormes islas de plásticos que flotan matando con sus polímeros derivados del petróleo a la flora y fauna en su extenso entorno. Solamente en Cuernavaca se generan diariamente unas 800 toneladas de basura, de las cuales es reciclada cerca del uno por ciento. ¿Quién no recuerda la “crisis de la basura en Cuernavaca” de 2006? La ciudad fue entonces un confinamiento de bolsas y desperdicios malolientes con el fétido olor en lugar de la humedad de sus barrancas y el aroma de sus flores. La necedad y estulticia política del gobierno en turno, más la desesperación de los pobladores de Alpuyeca, nos mostraron a propios y extraños el paisaje apocalíptico de lo que sucedería si se dejase de recoger la basura. La crisis comenzó en el lugar al que se le llegó a conocer como “el basurero de la muerte”, porque de los cerros de desperdicios a cielo abierto salían arroyos de lixiviados o jugos tóxicos destilados de la mezcla de basura orgánica que desaparecían en la tierra porosa, se estancaban en hoyos pestilentes y caían como pus al río de Alpuyeca. A niños, jóvenes, adultos y ancianos les cayeron enfermedades causadas por tres décadas de convivir con millones de toneladas de desechos domiciliarios, y hasta de hospitales. En el cerro de Milpilla estaba el tiradero de Tetlama; el paisaje de aquél aún lo reproducen los tiraderos y nos recuerdan nuestra comodina negligencia: bolsas negras, ropa deshilachada, fierros oxidados, llantas, envases multicolores de plástico. Y lo que no se ve: las filtraciones que provocan la contaminación de ríos, pozos, tuberías y mantos freáticos de regiones enteras. En marzo de 2006, se inició el cierre del tiradero y se impidió el paso a los camiones de basura. La demanda no era reciente, hecha por los lugareños desde doce años atrás, en 1994. Represivo, el gobierno envió granaderos y a un subsecretario para negociar tres meses de tregua y ofrecer lo imposible: la construcción de un relleno sanitario regional. Se reabrió el basurero y el paso a los tortons repletos de basura… Por cierto: se ha fijado el lector que el tema de la basura no está en el discurso de los candidatos a alcaldes y diputados?.. (Me leen después).
Por José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com
