Ni duda cabe de que, ahora que se inicia la segunda semana del nuevo gobierno estatal, la gente está pendiente de lo que se realice en la administración. Está la venida de Andrés Manuel, la que desde luego fue importante y más por el espaldarazo que le dio al gobernador Cuauhtémoc Blanco, cuando los rumorólogos de pasillo decían que existía un pleito entre los dos electos en aquellos momentos. La verdad es que nos da tranquilidad a todos, porque sabemos que el apoyo de la federación en las tareas del gobierno del estado es importante.

Ahora todo mundo espera ver quiénes y cómo se va desenredando la madeja y cómo los nuevos funcionarios van resolviendo problemas, a la vez que buscan con cuidado los negocios turbios del régimen pasado, que se hicieron en todas las áreas.

El descaro y la suficiencia con la que actuaron dejaron muchas pistas y, a pesar de que movieron a los grupos e impulsaron la desestabilización del estado en todos los sentidos, no pudieron al parecer ocultar mucho de lo que hicieron fuera de la ley.

El Congreso tiene una tarea importante, y al parecer ha dado muchas vueltas y no acaba de ponerse de acuerdo para empezar a revertir la bola de determinaciones que, violando la ley, tomó en sus últimos meses la legislatura anterior.

Ya pasó casi mes y medio de la toma de posesión de la nueva legislatura; ahora, después del regaño público de AMLO, a ver si se ponen de acuerdo y dejan de pelear por lo que les corresponde o no y, sobre todo, de los dos lados jalan parejo y se permiten unos a los otros que participen en la administración del Congreso.

Tener dividido el Congreso sólo nos hace daño a todos, y a veces pienso que la razón es una muy perversa por parte de los que tienen la dirección, que lo que tratan de venderle al ejecutivo es que unos son los buenos y otros los malos. Desde luego que no hay buenos o malos, existen intereses privados porque somos humanos.

Mire usted lo que dice un extraordinario artículo que tiene una actualidad sin precedente: Michel Foucault nos da los pormenores de lo que es el poder en la subjetivación del ser humano en nuestra cultura, y ahí desgrana de manera magistral cómo la relación del poder y la rebeldía de la libertad no pueden separase.

Y señala también que el problema central del poder no es el de la servidumbre voluntaria. En el corazón mismo de la relación de poder, y provocándola de manera constante, se encuentran la obstinación de la voluntad y la intransitividad de la libertad; más que hablar de un antagonismo esencial, sería preferible hablar de un agonismo –de una relación que es al mismo tiempo de incitación recíproca y de lucha; no tanto una relación de oposición frente a frente que paraliza a ambos lados, como de provocación permanente.

Para quien entienda cómo debe analizarse la relación de poder, que desde luego es perfectamente legítimo analizarla, necesitamos instituciones bien determinadas, ya que deberán de ser un observatorio privilegiado para aprender las diversificadas puestas en orden y llevarlas al parecer hasta su máxima eficacia, como debería de ser.

Sin embargo, el análisis de las relaciones de poder interinstitucionales en espacios cerrados presenta cierto número de inconvenientes. Primero una parte de los mecanismos que pone en práctica están hechos para asegurar su conservación.

En segundo lugar, al analizar las relaciones del poder a partir de las instituciones se expone uno a buscar la explicación de éstas en aquellas, o sea el poder por el poder.

Finalmente, en la medida en que las instituciones actúan esencialmente poniendo en juego dos elementos, reglas y un aparato, se corre el riesgo de darle a uno u otro un privilegio exagerado en la relación de poder.

Es por ello que son importantes las definiciones de la estrategia a seguir en política. Primero tenemos que designar los medios a seguir para conseguir el fin. Segundo, designar de los actores la manera en que actúan, en función de lo que piensan; deberían de ser la acción de los otros y de lo que estiman los otros que pensaran de la suya; y tercero, para designar los procedimientos utilizados en un enfrentamiento con el fin de privar al adversario de argumentos, de modo tal que le sea imposible la lucha sobre las soluciones ganadoras.

Así las cosas, si no se aplica la teoría en la práctica, las cosas resultan muy fáciles, pero cuando la ignorancia se hace presente, la política no es más que una apuesta al “a ver si le atinamos”. ¿No cree usted?

 

Por: Teodoro Lavín León

lavinleon@gmail.com / Twitter: @teolavin