Le he estado dando vueltas al asunto y no acabo de entender lo que pasa. Sé que tengo muchos defectos y el valemadrismo que a veces ni siquiera me permite enterarme de cosas obvias que pasan en mi entorno, con mis relaciones humanas y, penosamente, en el aspecto amoroso.

“Siempre andas en la pendeja, no te enteras de nada”, me dijo Renata con una mueca que pretendía ser una sonrisa pero que claramente expresaba el malestar acumulado de Dios sabe cuántas situaciones en las que yo no supe estar a la altura de sus expectativas. “Cabrón, ya tienes 40 años y ni madres que maduras”, me dijo totalmente endiablada.

Ni siquiera puedo reclamarle nada pues estoy seguro que ella tiene razón —es lógica, sensata y con una memoria implacable hecha para la venganza—, por lo tanto intento no moverme ni patalear para no agravar la situación. Nado de muertito pues es lo que normalmente me hace librar las tormentas de los cotidianos pleitos con ella.

Pero esta vez su furia alcanzó cotas devastadoras, casi de drama literario en nuestra historia compartida, y definitivas para mi pobre corazón. Me mandó a la chingada sin piedad ni mayor poesía que el ninguneo artero de su mirada.

Y me dejó ahí, estupefacto y dolido en la dignidad, aunque también con una sensación de estar haciendo el ridículo en plena calle. Como no supe si reír o llorar me puse a caminar sin rumbo tratando de encontrar respuestas al enojo de mi ahora excompañera. La reflexión me hizo sentir culpable, como nunca, y de facto consideré su arrebato como algo hermoso, digno de su temperamento apasionado que la hace ser una mujer que se entrega siempre con una gran voluntad de gozo.

Hasta ese momento fui consciente de que con ella me asomé a ese estado de gracia que es el amor y yo no supe aquilatarlo. Y justo ahora que medianamente lo entiendo me extirpó de su vida como un pinche tumor y yo no tengo más que remordimientos para mí y bendiciones para ella. No hay duda que el amor es un verdugo extraño.

Lo peor es que ni siquiera dudo de Renata ni pienso mal de ella, aunque sea para evadir un poco mi culpa. Seguro estoy de que sus reclamos tienen sustento pero yo no soy capaz de entenderlos y por lo mismo renuncio a defenderme pues asumo que tiene razón. Sé que puedo ser insufrible por indolente, intragable por insípido, y repudiable por mi falta de compromiso ante los temas que le apasionan a ella, pero saber eso me sirve de poco.

En fin, que caminé toda la tarde por las calles del barrio y no pude aclarar nada; sólo por morbo me asomé a las redes de Renata y ahí entendí la dimensión de mi fatalidad. Ella publicó una foto suya con un gatito muy hermoso que acababa de adoptar y agregó el siguiente texto: “Les presento a Tristán, mi nuevo compañero. A estas alturas ya entendí que es mejor tener un gato que me dé calor que un vato que me dé problemas”.

Por salud mental no quise ver los comentarios pero súbitamente me cayó el veinte de que yo acababa de ser “desadoptado” y por lo tanto no tenía dónde pasar la noche. La situación me provocó una sonrisa amarga, si tal cosa es posible, pues imaginé al gatito retozando feliz entre mis cobijas o durmiendo junto a Renata.

Aunque no es la primera vez que ella me corta sospecho que será la definitiva pues por más que otras veces me haya ofendido muy feo, y de paso yo no supiera entender sus indirectas, nunca antes se consiguió un gato. Algo me dice que esta vez va muy en serio.

En la reflexión de cómo resolver los apremios de mi nueva orfandad llegué a un parquecito y me senté en una banca vieja cuya pintura ya era sólo un recuerdo bañado de óxido.

Estaba una anciana sentada en actitud de orar y con la mirada perdida hacia el sol del ocaso. La observé con atención pues me dio curiosidad el arrobamiento de su rostro (no cabe duda que mi instinto de teflón me ayuda a solventar los dramas que de otra manera ya me habrían condenado al diván de dos o tres psicólogos, al menos).

Embobado con la imagen de la anciana musitante y su aura misteriosa, olvidé mi propio drama —como buen valemadrista según la sentencia de Renata— y me quedé sentado junto a ella, pero algo en mi conciencia se revolvía pugnando por rescatar una imagen de mi infancia. Finalmente el recuerdo llegó nítido. Ante mis ojos tenía a Reina, una señora muy linda que conocí en el patio de vecindad donde viví con mis padres hace algunos años, siendo casi un niño.

Le hablé pero no volteó a verme. Le toqué el hombro y ella siguió en su ritual pero esta vez me agarró la mano y la acarició con ternura. Sus dedos regordetes y graciosos todavía evocaban el tiempo aquel, lejano, en que se expresaban felices en la elocuencia del amor. A sus charlas las acompañaba siempre esa coreografía apasionada de sus manos como un aleteo de mariposas.

Después de cinco minutos Reina volteó a verme y no sé si me reconoció pero su rostro sereno me hizo sentir bienvenido a su espacio. Hay espíritus que son así, benévolos y hospitalarios.

Le pregunté cómo estaba y qué estaba haciendo ahí sentada. “Lo estoy esperando a él”, me dijo, “ya no ha de tardar en llegar”.

Me sorprendió reconocer su voz dulce, como un recuerdo vivo que llenaba el espacio y se presentaba ante mí prístino e inspirador acompañando la serenidad de su rostro, pero sobre todo me conmovió la chispa de felicidad que iluminó sus ojos cuando dijo: “Él”.

La evocación me trajo flashazos muy vívidos de la historia de Reina y fácilmente pude entender a quién se refería. “Él” era Erasmo.

Reina y Erasmo fueron una pareja muy bonita que llegó a vivir al patio de vecindad en aquella época feliz de mi infancia. Él era mayor que ella por unos 15 años y se dedicaba a la construcción. Era un maestro contratista muy respetado en el barrio y a los chavos nos llamaba mucho la atención su estilo impecable de vestir, con pantalones muy bien planchados y camisas almidonadas. Caballero de paliacate y sombrero, el estilo de Erasmo era inconfundible y su trato muy cordial. No decía malas palabras ni tenía vicios aunque, ahora lo recuerdo, algunos años después se dijeron cosas de él.

Reina era mujer llenita de modales muy agradables. La recuerdo de unos 40 años, siempre platicona, divertida y generosa con los vecinos. Las malas lenguas decían que ya se le había ido el tren de los hijos y por eso se había hecho madrina de varios niños en la vecindad. En mi percepción de aquellas épocas siempre me pareció muy dramático e injusto que una mujer tan maternal no tuviera hijos.

Lo de ser madrina era algo que sólo asumía ella, y lo hacía amorosamente, pues Erasmo casi no estaba en la casa por asuntos de trabajo. Llegaba cada mes a ver a Reina, se quedaba tres o cuatro días y se volvía a desaparecer. Eso sí, cuando regresaba, llegaba lleno de regalos para Reina.

Varias veces acompañé a mi mamá a la casa de Reina y descubrí algo conmovedor: ella llenaba las ausencias de su pareja platicando de él. Cada vez que Reina hablaba de Erasmo se refería a “Él”. Un “Él” que salía de su boca con admiración en un susurro amoroso que le encendía las mejillas y liberaba la gracia de su mirada en destellos inocentes que abrían las ventanas de su alma y su hogar.

La escena se volvió medio barroca cuando llegaron a la banca dos señoras envueltas en un olor insoportable de rosas y claro estilo de pertenecer a la vida galante. Ahí fui consciente que el parque era zona de prostitución y me sentí tantito incómodo de pensar que las “doñas” me ofrecerían sus servicios. Pero fue grande mi sorpresa al ver que se dirigían a Reina y le hablaron con ternura: “Reinita hermosa, mamita, ya vete a descansar. Él no va a venir hoy, seguramente tiene mucho trabajo. Ándale, mamacita, vámonos que ya se va a hacer de noche”, le dijeron.

Al ver mi cara de asombro y notar que Reina me tenía tomado de la mano, las buenas mujeres me aclararon que Reina era una mujer decente, que no fuera yo a pensar mal de ella, pero que sólo estaba ahí pues todas las tardes esperaba a Erasmo, su marido.

Sonreí un poco apenado y le dije a las damas que yo conocía a Reina de hace muchos años y me sorprendió encontrármela ahí solita en la banca.

Una de ellas ayudó a Reina a levantarse y la tomó del brazo para acompañarla en el camino a su casa. Ella sólo musitaba algo sobre Erasmo y el sol. Las vi alejarse lentamente y me pareció que todo era parte de una rutina. Incluso los pasos de las dos mujeres se movían entre las incipientes sombras de la noche como si siempre hubieran estado ahí, como hojas de un otoño eterno.

Raquel, la señora que se quedó conmigo, se sentó en la banca y me preguntó sobre la familia de Reina. Le dije que no conocía a nadie pues mi trato sólo fue con ella y alguna vez con Erasmo. Raquel me dijo que ella y su amiga Mireya querían mucho a Reina pero les pesaba mucho que estuviera sola y aferrada al recuerdo de su esposo.

También me contó que Erasmo terminó mal, lo mataron por líos de faldas hace más de diez años. Nunca se supo bien qué pasó pero Reina tuvo que tragarse el dolor de esa tragedia y la vergüenza de enterarse que ella no era la esposa oficial. “Pobrecita, cómo lloró por su viejito”, me dijo Raquel. “Se volvió loca cuando le avisaron que no podría ir al velorio ni al sepelio”.

“Desde entonces ella se desconectó del mundo y viene cada día a esperar a Erasmo. Aquí la conocimos y aunque sabemos su desgracia, en el fondo envidiamos ese amor que ha sentido y siente por Erasmo. Jodidas nosotras que estamos condenadas a ser las putas de puro depravado sin madre”.

Conmovido con la historia le ofrecí a Raquel mi apoyo económico para paliar en algo el sustento de Reina. Y le conté de aquella vez en que vi a Reina bailando danzón con Erasmo en una fiesta celebrada en la vecindad.

¡Cuánta felicidad desplazándose por las baldosas viejas del patio en un abrazo apasionado de puro amor!

Raquel me confesó, con un mohín que pretendía ser una sonrisa, que Reina siempre les habla de ese momento y lo hace con la emoción de algo que ocurrió el día anterior. “Qué bonito es bailar con ‘Él’”, les dice suspirando.

Y así vive Reina cada día, protegida por dos musas de otro tipo de amores, y en la evocación de una danza apasionada que renueva su esperanza en el amor que existe más allá del sol.

Y yo no tengo dónde dormir.

(Con cariño para Reina y Erasmo
por el amor que sabe enunciarse).

(Con gratitud para Goretti
por su poesía sobre los gatos).

José Limón
jlimonh@gmail.com
Twitter: @Limonhero

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