CUERNAVACA, MORELOS.- Martina Díaz es una mujer con discapacidad auditiva y vocal, pero su condición no ha sido impedimento para que disfrute su maternidad. 

Pese a que su vida está marcada por la adversidad, Martina salió adelante y es feliz. Y este 10 de mayo celebrará junto a Berenice y Sebastián, su hija y nieto. 

Martina tiene 41 años, es originaria de la sierra de Guerrero, pero con 20 años de residencia en Morelos. Es una mujer bajita, delgada, con abundante y larga cabellera; de piel oscura, sonrisa franca y corazón noble. Es muy observadora, una habilidad que ha desarrollado, y con el tiempo, afinado.  

A simple vista Martina pareciera frágil, pero es como una hormiga, pequeña, pero poderosa, su fuerza física es impresionante, producto de su lucha diaria, de su batalla constante para sobrevivir. 

Al momento de su nacimiento su mamá murió y ella quedó al cuidado de su padre. Nació con una discapacidad auditiva que no le fue detectada a tiempo, lo que provocó que no desarrollara el lenguaje oral; ahora, tiene discapacidad auditiva y vocal. 

A través del lenguaje de señas, Martina compartió su experiencia de ser madre, y su hija Berenice nos ayudó a interpretar; “haber visto crecer a mi hija es lo mejor para mí, lo más maravilloso que me ha pasado, me siento feliz”, expresó. 

Pese a las dificultades como el comunicarse con los demás, no poder estudiar y ser víctima de discriminación ha logrado salir adelante, no ha sido fácil, pero el amor por su hija la ayudo y está orgullosa de ella y su nieto. 

A Martina nada la detuvo, su papá la enseñó a valerse por sí misma, él sabía que no había de otra y eso la ayudó a sobrevivir. Siendo adolescente asesinaron a su papá y sus hermanos la echaron de su casa. A partir de ahí, como pudo se las arregló y puso en práctica todo lo que sabía. Trabajó en tortillerías, limpiando casas, en cocinas económicas, taquerías y obras de construcción hasta que conoció al papá de su hija, se casó y la trajeron a vivir a Morelos. 

Su historia de amor no duró por siempre, cuando su hija tenía seis años, se divorció y volvió a estar sola, aunque ahora, con la dicha de ser madre. 

“No fue fácil, pero siempre hubo personas buenas que me ayudaron. Tenía hasta tres trabajos al día, para tener dinero y poder pagar una renta, comida y los gastos de mi hija quien ya iba a la escuela”, cuenta Martina. 

Martina y Berenice aprendieron a comunicarse de manera simple, a señas y años más tarde estudiaron la Lengua de Señas. “Realmente no hubo alguien que nos enseñará, y ahora eso sucede con Sebastián, mi mamá y él se comunican con señas; pero él está aprendiendo, al mismo tiempo, a hablar e interpretar con sus manos”, dice Berenice.

Por Marcela García / marcela.garcia@diariodemorelos.com