La muerte del Papa Francisco este 21 de abril ha vuelto a poner los ojos del mundo sobre el Vaticano, donde se espera que en las próximas semanas se celebre un nuevo cónclave. Esta reunión de cardenales tiene como objetivo elegir al próximo líder de la Iglesia Católica, una decisión crucial que definirá el rumbo espiritual de más de mil millones de fieles.

Aunque actualmente este proceso suele resolverse en pocos días —como ocurrió en 2013, cuando el Papa Francisco fue elegido en menos de 48 horas—, la historia guarda un episodio en el que el mundo esperó más de mil días para ver salir el humo blanco del Vaticano.

¿Qué es el cónclave y por qué se llama así?

El cónclave es el proceso mediante el cual los cardenales electores —actualmente 137 con derecho a voto— se encierran en la Santa Sede para elegir al nuevo Papa. El término proviene del latín cum clave, que significa literalmente “con llave”. Es decir, un encierro forzoso hasta tomar una decisión.

Y aunque hoy el proceso está reglamentado, su origen se remonta a uno de los episodios más tensos y surrealistas en la historia de la Iglesia: el cónclave de 1268, que dejó al Vaticano sin líder por mil días.

El cónclave más largo de la historia

Todo comenzó tras la muerte del Papa Clemente IV, el 29 de noviembre de 1268. La elección papal debía realizarse en la ciudad de Viterbo, adonde la curia romana se había trasladado para alejarse del caos político de Roma. Pero lo que parecía una transición rutinaria, se convirtió en una crisis que duró casi tres años.

El Colegio Cardenalicio se fracturó en dos bandos irreconciliables:

  • Los carolinos, que querían un papa de origen francés.
  • Los gibelinos, que presionaban por un candidato cercano al Sacro Imperio Romano Germánico.

Ambos grupos contaban con poder suficiente para vetar cualquier propuesta del contrario. Las votaciones se repetían una y otra vez sin éxito. La tensión creció cuando se unieron facciones menores, como los Orsini y los Annibaldi, intensificando el bloqueo institucional.

Encerrados y castigados por su propia gente

Lo que siguió fue una verdadera tragicomedia medieval. Ante la falta de resultados, los cardenales comenzaron a comportarse como nobles en vacaciones: comían, bebían, recibían sirvientes, e incluso dejaron de reunirse.

La ciudad de Viterbo, indignada, decidió intervenir. Primero, el gobierno local redujo las raciones de comida y agua a los cardenales. Cuando eso no bastó, comenzaron a quitar los techos del palacio episcopal para que el viento, el frío y la lluvia los presionaran a decidir.

Finalmente, se tomó la medida más radical: los encerraron bajo llave, lo que inspiró el término que aún se usa hoy: cónclave.

Una elección por desesperación

Tras casi tres años de encierros, amenazas y enfermedades, los cardenales cedieron… pero no a los candidatos de cada facción. Decidieron nombrar a un tercero en discordia: Teobaldo Visconti, un hombre neutral que ni siquiera estaba presente en el cónclave. Fue elegido en 1271 y tomó el nombre de Gregorio X.

Ya como Papa, Gregorio X instauró reformas para evitar que la Iglesia volviera a pasar por semejante bochorno. Decretó que, a partir de entonces, los cardenales serían encerrados sin contacto con el exterior hasta lograr consenso. Así nació oficialmente el proceso del cónclave moderno.

¿Podría volver a pasar?

En pleno 2025, parece impensable que un cónclave se extienda por más de mil días. Hoy existen normas precisas, vigilancia constante y protocolos que buscan evitar los errores del pasado. Sin embargo, con un panorama geopolítico complejo, divisiones dentro del Vaticano y tensiones sociales, la historia está siempre abierta a repetirse.

Lo cierto es que el próximo cónclave no solo decidirá al nuevo Papa, sino también el rumbo político, espiritual y simbólico de una Iglesia que, como en 1268, se encuentra en medio de profundas divisiones y una necesidad urgente de renovación.

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