Desde hace 500 años, cuando lo españoles nos invadieron, todos los pueblos originarios tenían sus tradiciones, su lengua, su modo de vida y sus costumbres, pero no se veía la pobreza en la forma que hoy en día existe en todo el País y en especial dentro del neoliberalismo y la “globalización”. La pobreza la trajeron los colonizadores con su diferente actitud de acuerdo a la posición económica que existía entre la gente del lugar y los de la península ibérica. Se implantó el mestizaje para que el racismo que trajeron consigo no se sintiese tan abrupto como en España y en los países más “adelantados”.
Dentro de las culturas de estas comunidades no había pobres; existían los guerreros, los artesanos, los comerciantes, los científicos, los religiosos y sus tres grandes y poderosos dirigentes: Los poderosos de la guerra, de la economía y de los dueños de la religión. Todos en el mismo nivel y teniendo el poder casi total de la población, pero no había pobreza.
¿QUÉ ES LA POBREZA?
Un filósofo escribió hace muchos años (ya no me acuerdo quién), que la pobreza es un estado de ánimo y que: “rico es aquel que es feliz con lo que tiene” y por lógica el estado de ánimo de un rico sería que “rico es aquel que aprende a ser feliz con lo que tiene, si es generoso y servicial con el prójimo”. También decía que: “pierde más el pobre cuando se hace rico”, que: el rico cuando se hace pobre”. En la actualidad existen muchos ricos en este mundo, sólo que no lo saben porque no se dan cuenta que lo que tienen es suficiente para vivir y ser felices.
CLASE MEDIA
El mito de la “clase media”, fue una invención de los candidatos para algún puesto político en alguna elección. Cuando se convierten en gobernantes y esperas que te saquen de la pobreza donde estabas dentro del 60 por ciento de la población del País y simplemente, te cambian de grupo y ahora te nombran clase media, para que ocupes un lugar superior dentro de la sociedad, aunque sólo lo sea en tu mente.
Llegas a tu casa y antes de prometer hacer planes futuros, lo piensas y razonas que en lugar de llevarte unos días de vacaciones a tu familia a Acapulco, se van a nadar y hacer una comida a una playita de Tequesquitengo. Con el dinero ahorrado ya sientes que hasta te sobra en el banco y sólo lo usarás para una emergencia. Luego entonces pasaste a la clase media, donde ya se puede tener dinero guardado para algún imprevisto.
Como esta decisión te dio buen resultado, la próxima vez te los llevas a Chapultepec y ahí te ahorraste otro buen dinero. Ya no sólo saliste de la pobreza, sino que sientes que estás a un peldaño de volverte rico.
Aunque ese engaño que te has hecho te alejó del sueño de meter a tus hijos a un colegio privado y los inscribiste en una escuela de gobierno, te dices a ti mismo que en una escuela pública van a aprender cómo realmente defenderse de la vida. Y en estas próximas vacaciones sí te los vas a poder llevar a Acapulco.
Dentro del grupo que se dice neoliberal, el éxito individual es acumular bienes aunque no los necesiten para poder engañar y ser tomado en cuenta como parte de ese conjunto, como la acumulación de cosas que simbolizan el estatus social y si se puede, algunos títulos universitarios aunque sean de oyente, de algún curso de historia, pintura o cualquier otra actividad académica que nos haría vernos con intereses en la vida mejor que los demás.
La pobreza se considera como una enfermedad contagiosa, un castigo por falta de talento, estudios y el haber perdido la facultad de aprovecharse de alguna brillante oportunidad. Decir que uno es pobre es una vergüenza que justifica el alejamiento de los demás; es no tener la oportunidad de ser parte del neoliberalismo, aunque nadie del grupo sepa lo que eso quiere decir.
POBRE Y RICO SEGÚN EE UU
Ser pobre es haber fracasado en lo personal, no un problema social. Ese adjetivo está de moda desde el siglo antepasado y la palabra fracasado era un accidente, no un sustantivo o sea un perdedor y en el lenguaje del “buró de crédito” de los bancos estadunidenses y para cuando comenzaba la era neoliberal, ya no era insolvencia, sino un déficit de la personalidad.
Si alguien entraba en la era del “no pagar”, se le enlistaba de por vida. En los años 80 del siglo pasado, el llamado “éxito” comenzó a ser popular al contar historias de héroes en muchos países del mundo, que empezando de cero, quienes habían llegado a tener mucho dinero y estima social, armados tan sólo de los retos y ganar desde bolear zapatos, hasta llegar a servir a grandes empresarios, oír lo que hacían y repetir con más astucia lo escuchado.
Este nos llevó a una cultura llena de humillación para los que no llegan a subir las escaleras del ingreso económico o del logro académico y para el ganador, lograr la ansiedad cada vez mayor de seguir avanzando. Cada vez se encontrará otra meta que alcanzar, alguien más ágil a quien vencer y seguir subiendo; estamos en el lugar donde el capitalismo nos quiso poner; corriendo para que nadie nos alcance, pertenecer en el mismo lugar siempre insatisfechos, aterrorizados por la posibilidad del estancamiento o peor, caernos de la escalera o perder un peldaño
Entonces nos llegó la frase fatídica de que: “El fin justifica los medios”. Al principio fue un fuerte golpe para los que aún guardaban un poco de principios humanitarios. Y así cuando todo iba viento en popa, comenzaron a preguntarse: ¿Por qué enseñamos a los hijos a trabajar duro, pasar los exámenes y conocer el valor del dinero mientras omitimos la generosidad, la gratitud, la dignidad, la valentía y la pasión por la vida?, pero pronto la primera frase le ganó a estos añejos pensamientos.
¿Por qué no repartimos el dinero que nos sobra y nos volvemos dueños de la vida, no como un fracaso, sino como una vocación? Quien tiene vocación no necesita que nadie lo apruebe y menos que lo califique.
TOTAL QUE SOMOS TODO Y NADA
La discusión de si somos clase media o pobres es subjetiva, porque igual gana un pobre para una torta de huevo con un vaso de agua de fruta fresca, que un rico con una baguette con jamón serrano y el mejor vino tinto francés. Y si se cambiaran los papeles, el hombre que antes era rico iba a saborear como si fuera un manjar esa torta simple con huevo y ese fabuloso vaso de agua fresca de fruta recién cortada, mientras el hombre pobre que se volvió rico no sabría qué hacer con ese raro baguette de insaboro jamón serrano, lleno de migajón de cubierta dura atorada en la garganta sin un solo sorbo de agua más que esa negra bebida sabor amargo.
Por: Rafael Benabib / rafaelbenabib@hotmail.com
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