Hace ocho días nos dejó Lilia Suárez, su partida fue muy sentida por tantos que la quisimos, pero más allá de la pérdida de una mujer excepcional se cerró un capitulo en la vida de Cuernavaca, una historia que nutre y robustece a una de las ciudades vivas más antiguas de tierra firme americana, como un referente de cultura, pensamiento y memoria histórica.

Tras la cruenta Revolución del Sur, las aguas volvieron a su cauce, Cuernavaca que sufrió los embates de la lucha fratricida y el abandono literal de su población, entonces volvió a ser aquel lugar de primavera eterna como se atribuye al Barón von Humboldt haber bautizado a la hermosa localidad que Cortés erigió entre barrancas y sobre los cimientos de antiguos teocallis.

La cercanía con la Ciudad de México, el legendario clima y la predilección de Plutarco Elías Calles por Cuernavaca, hicieron en la segunda década del siglo pasado, de la capital morelense el epicentro político y social de México, pronto el Jefe Máximo alzó una residencia al sur de la catedral, le siguieron Federico de la Chica, Fernando Torreblanca, el Hotel Papagayo del General Juan Andreu Almazán, el embajador estadounidense Dwight Morrow con su “Casa Mañana” en la calle que hoy lleva su nombre y quien patrocinó a Diego Rivera para plasmar el soberbio mural “Conquista y Revolución” en el Palacio de Cortés y por supuesto la construcción del Club de Golf Cuernavaca, aún en funcionamiento y uno de los más bellos de México.

En ese contexto, en los años boyantes del Maximato, surgió en Cuernavaca, una de las empresas icónicas del turismo mexicano del siglo XX: el Casino de la Selva que se levantó en los hermosos parajes que colindaban con Gualupita de origen olmeca y agua abundante, el parque Melchor Ocampo antes Carmen Romero Rubio, la estación del ferrocarril, la zona arqueológica de Teopanzolco y una antigua ladrillera. El Casino de la Selva fue comprado en 1935 por Don Manuel Suárez, uno de los empresarios, industriales, y mecenas más destacados del siglo pasado en México. El espíritu de aquellos años apacibles en el Casino de la Selva y esa Cuernavaca idílica se cuentan en “Bajo el Volcán” de Malcom Lowry parte de los tantos extranjeros distinguidos en Cuernavaca y una de las cien mejores obras escritas en lengua inglesa.

Con la llegada del General Cárdenas a la presidencia, se suprimieron los casinos, pero Don Manuel Suárez no se amilanó y continuo con el Casino de la Selva como una instalación turística de primer orden y un escaparate que dio cuenta de su decidida faceta de patrono. El Casino de la Selva albergó un acervo de arte sin par en México, a sus bellos jardines y soberbias instalaciones se añadieron la arquitectura y obras de Félix Candela, Josep Renau, David Alfaro Siqueiros, Guillermo

Ceniceros, Jorge González Camarena, Jorge Flores y Francisco Icaza entre otros. A lo anterior destacó la única escultura ecuestre de Cortés en México, un bronce de la autoría de Sebastián Aparicio. Don Manuel Suárez, español de nacimiento, siempre con la agilidad que le caracterizó manifestó que el monumento a Cortés no era tributo al conquistador sino al fundador de Cuernavaca.

Sin embargo, Don Manuel Suárez hombre de inmensa fortuna, producto de su trabajo tenaz y el espíritu de los emigrantes, un buen día se sacó la lotería y fue cuando tomó una de las mejores decisiones de su trayectoria empresarial, y ese fue el día que Lilia, su hija, quien se convirtió en Gerente General del Casino de la Selva, la primera mujer en acceder a la dirección general de una gran empresa turística en México.

Lilia era bella, joven e inteligente, madre de cuatro hijos, como tantas mujeres en México, salía en esos momentos de una tormentosa relación sentimental. En aquellas jornadas a pesar de la modernidad de la década de los sesenta, aún se estigmatizaba a las mujeres divorciadas. Lilia entonces se convirtió con la anuencia paterna, en Gerente General del Casino de la Selva. El afamado hotel pronto no solo marchó con la precisión de un reloj suizo, sino que acrecentó sus utilidades, a la par de que en Lilia tuvo al mejor perfil de relaciones públicas. Lilia trató con presidentes de la república, gobernadores, políticos, diplomáticos, personalidades extranjeras de todos los ámbitos y por supuesto con artistas, intelectuales y las más destacadas luminarias. Con su talante social y amplitud de criterio incluso llegó a hospedar con extrema discreción a perseguidos políticos en tiempos álgidos, como los últimos meses de 1968. El cúmulo de figuras que pasaron por el Casino de la Selva durante la administración de Lilia, han quedado reseñados en las breves, pero muy valiosas memorias que publicó en el 2014.

A su vez, Lilia convirtió al Casino de la Selva, en el más vibrante centro cultural del cual tenga memoria Morelos, no se limitó al acervo artístico de su padre, sino lo complementó con letras, teatro, cine, música, galerías, exposiciones y siendo una de las sedes del Festival Cervantino. Cuernavaca y Morelos son un antes y un después a partir de la trayectoria de Lilia en la cultural local y nacional. Cuando el Casino de la Selva bajo el telón, Lilia continúo siendo un referente en su ciudad, no solo como mujer empresaria sino como decidida promotora de la cultura. A inicios del presente siglo, el Casino de la Selva fue derruido junto con su patrimonio cultural y ecológico para construir un par de supermercados y un amplio estacionamiento. Las autoridades estatales y policiales desataron una feroz represión en contra de quienes alzaron la voz y protestaron, incluso los llevaron a prisión. Lilia añadió en sus memorias: “¿Como fue posible que la codicia de unos cuantos sepultara la cultura de muchos? Me duele cada día más mi país”.

Hoy nos duele también la partida de Lilia, pero nos queda el consuelo y la memoria de su incansable trayectoria empresarial, así como su legado cultural, constancia de las mejores tradiciones y causas de Morelos, ¡descanse en paz Lilia Suárez!

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