Unos escritores dicen que escribir es ser o hacerse pasar por otro; García Márquez dice que escribir es para explicar a otros lo que uno mismo no se explica; -o para explicarlo mejor- aunque ambas opiniones tienen su razón, ya que ser otro, refiere al yo profundo y no al superficial.  
Escribir es representar ideas con palabras, números, notas musicales, y otros signos para comunicarse por medio de libros, crónicas, artículos, ensayos o cualquier texto, incluso esquivando consciente o inconscientemente a la rigurosa gramática, Wilde decía que solo existen dos reglas para escribir: “Tener algo que decir y decirlo” -y mejor con buena prosa.
A mí me gusta leer lo que escribo, porque descubro que da a otros utilidad y placer, porque leer no es unir visualmente letras, leer es entender, es comprender, y poder observar lo que no está escrito pero consta en un escrito, en su contexto, lo que es obvio, lo que el autor posiblemente ni sabía o no intentó decir pero lo articuló en el texto, o quizá pretendió decirlo entre líneas, eso es similar a leer actitudes en la expresión corporal de los demás, aquello que no se dice con palabras pero se expresa con actitudes.
Escribir es navegar, es sobrevolar, nos lleva más allá del texto, al lugar mismo del objeto, porque comunicamos lo que sentimos, lo que sabemos y lo que pensamos. Nace de una idea, de una frase; la poesía puede aportar ideas para escribir de otros temas y estos nos llevan a tratar otro distinto como puntas de hilo que tienen largas hebras que jalar de las que nacen investigaciones e historias, pero no hay escritor que no tenga problemas para escribir, como me dijo García Márquez en su mesa acostumbrada en el restaurante La Universal de Cuernavaca, que a veces tardaba semanas en lograr un solo párrafo de sus libros, hasta que quedaba como él quería, y cuando satisface, conduce a escribir más. Por tal, no estoy de acuerdo con los cursos para escritores, de algo habrán de servir -desde luego- pero también estandarizan, contaminan, acorralan, limitan, quitan originalidad; dijo Simone de Beauvoir que “Escribir es un oficio que se aprende escribiendo” y agrego que, también leyendo, de esta manera no se pierde libertad. Escribir, sin estilo, sin aportes, solo con datos, es mecanografiar, es redactar. Escribir y opinar de lo cotidiano, al otro día se olvida, lo que queda son las nuevas aportaciones, las no conocidas, las que despiertan placer y otros sentimientos. Escribir, es sicoanalizarse, es exponerse; siempre he dicho que el que expone se expone, de cierta manera es entrar en placer sadomasoquista, porque se tiene que correr el riesgo de reírse de uno mismo –lo que me es natural-, y también de los demás -lo que puede parecer burla- el sadomasoquismo sin extremos, es una rama de placer.
Un buen escritor es quien da expresión a lo que las personas piensan o sienten sin saberlo, y cuando estas lo leen, se satisfacen porque les dice lo que piensan, sienten o gustan aun sin saberlo; por ello, quien escribe o redacta lo que cualquiera hubiera dicho, no es un escritor. Escritor abarca al cronista, al ensayista, al historiador, al novelista, al cuentista, al poeta, al articulista, y no necesariamente con la mejor gramática, eso sería ser un buen gramático o buen mecanógrafo, pero no un buen escritor. La gramática cambia constantemente, los únicos dueños de la lengua, los que la evolucionamos, somos sus hablantes, hay que arriesgar, pero con tiento.
Y no lo digo para justificar mis errores de dedo y hasta ortográficos, o los gramaticales hechos con un propósito que los puristas no entienden o no aceptan, pero; en el Primer Congreso Internacional de la Lengua, García Márquez dijo: “Jubilemos la ortografía, el terror del ser humano desde la cuna. Simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos; y “devuélvamos” al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: “váyamos” en vez de vayamos, “cántemos” en vez de cantemos, o el armonioso “muéramos” en vez del siniestro muramos; enterremos las haches rupestres y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer “lagrima” donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver”.  
Con su trabajo el escritor contribuye a dar contenido cultural al individuo y a la comunidad, y no solo refiero los creadores de los grandes textos literarios, pero tampoco al que solo da datos fríos.
Decía José Saramago: “Yo no escribo para agradar ni tampoco para desagradar. Escribo para desasosegar”. Para ello se requiere estar ya, más allá del bien y más allá del mal, sin compromisos con una sociedad terriblemente grotesca y profundamente enferma, a la que no es nada saludable estar bien adaptado ni honra pertenecer, pero si tolerarla, donde lo absurdo y lo ridículo se solemniza y estereotipa, por eso hay que zarandearla, porque la gente solo cambia hasta cuando deja de fingir; hasta que entiende que su felicidad –“el” anhelo humano- no es lo que le dicen los demás, ni aquello que presume para dar envidia a otros, sino lo que hace feliz sin humillar, sin lesionar. La ofensa y la burla son el medio del ignorante acomplejado para sentirse superior.   
Dice Einstein que la mente que se abre a una nueva idea, jamás regresa a su tamaño original.
“Por el día del escritor, 13 de junio”.
P.D. Hasta el otro sábado

“Historias y Relatos”
Carlos Lavín Figueroa
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