Antes de que las puertas de la Capilla Sixtina se cierren para dar inicio al Cónclave —el proceso secreto mediante el cual se elige al nuevo Papa—, los cardenales del mundo entero participan en un ritual que, aunque no es un exorcismo en el sentido tradicional, tiene una profunda carga espiritual y simbólica que busca la purificación y la protección ante fuerzas oscuras.
El Cónclave: un proceso sagrado y decisivo
El Cónclave representa uno de los momentos más trascendentales para la Iglesia Católica. En él, 133 cardenales con derecho a voto se reúnen en total aislamiento para discernir quién será el próximo líder espiritual de más de mil millones de católicos. Durante este tiempo, permanecen hospedados en la Casa Santa Marta y acuden a votar a la Capilla Sixtina, un espacio rodeado de arte y solemnidad, pero también de estrictas reglas de confidencialidad.
Antes de que inicien las votaciones, los cardenales participan en una ceremonia fundamental: la misa Pro eligendo Pontifice (“Para la elección del Pontífice”), que incluye un rezo particular que podría describirse como una forma simbólica de exorcismo.
El rezo que purifica antes de votar
Este rezo no es un exorcismo como tal —no hay agua bendita, ni fórmulas de expulsión demoníaca al estilo tradicional—, pero sí es una invocación profunda al Espíritu Santo para que aleje cualquier sombra de egoísmo, ambición o corrupción espiritual que pudiera interferir con una decisión tan crucial. Es una súplica colectiva de iluminación divina, para que los cardenales actúen con fe, inteligencia y desinterés personal.
La ceremonia también implica una petición de protección frente a influencias externas y tentaciones, bajo la firme creencia de que, incluso dentro del Vaticano, el mal puede intentar desviar la voluntad humana. No se trata solo de evitar errores, sino de proteger el acto más sagrado del poder eclesiástico: la elección del Vicario de Cristo en la Tierra.
Un ritual con raíces antiguas
Aunque la misa Pro eligendo Pontifice tiene raíces centenarias, fue a partir de 1963, durante la elección de Pablo VI, que se consolidó como un paso formal del Cónclave moderno. Más tarde, fue el Papa Juan Pablo II quien la declaró obligatoria dentro del protocolo de la elección papal, reconociendo su valor espiritual y simbólico.
La Iglesia entiende que, a pesar de su investidura, los cardenales son también hombres con debilidades humanas. Por ello, este rezo representa un acto de humildad colectiva: reconocer que la decisión que están por tomar no les pertenece por completo, sino que requiere ser guiada por una fuerza superior.
