El Índice de Competitividad Estatal 2024 del IMCO dibuja un mapa donde la geografía del progreso es desigual. Nuevo León, Ciudad de México y Querétaro lideran, impulsados por manufactura avanzada, servicios financieros e innovación.
En el extremo opuesto, estados del sur-sureste como Guerrero, Oaxaca y Chiapas cargan con lastres históricos de informalidad, baja capitalización y escasa infraestructura. Morelos. Ocupa el desalentador lugar 28 en competitividad general, pero su situación es aún más crítica en el rubro que mide el motor de la riqueza: el subíndice de Innovación y Sectores Económicos, donde se hunde al puesto 31 de 32. Esto significa que su economía, hoy, genera muy poco valor por cada hora trabajada, atrapada en actividades tradicionales y con una mínima inversión en tecnología e investigación. Frente a este panorama, los casos de Zacatecas y Yucatán emergen como faros que indican un camino viable, especialmente para estados de tamaño y desafíos similares a los de Morelos. Hay que voltear a verlos. Zacatecas, un estado minero por excelencia, ejecutó en los últimos cinco años una de las transiciones más notables.
Su apuesta fue clara: convertirse en un hub aeroespacial secundario, aprovechando la cercanía con el clúster de Querétaro. El gobierno estacional se transformó en un facilitador agresivo: adaptó programas técnicos en sus universidades, ofreció parques industriales con infraestructura lista y salió a vender el estado en ferias internacionales.
El resultado: atrajo a gigantes como Collins Aerospace y Safran, y escaló 8 posiciones en el subíndice de innovación del IMCO, el mayor avance nacional. Por otro lado, Yucatán eligió una ruta distinta pero igual de efectiva. Aprovechando su activo más valioso –la seguridad y la calidad de vida– se posicionó como la capital de los servicios globales del sureste. Inversión en conectividad aérea, el impulso al Tren Maya y el marketing de Mérida como una ciudad ordenada y próspera, atrajeron decenas de centros de servicios de TI, finanzas y logística.
Su economía se diversificó sin depender de la manufactura pesada, creando empleos profesionales y de alta productividad en sectores modernos. ¿Qué le falta a Morelos?
Los expertos coinciden en varios puntos críticos: una economía fragmentada y poco sofisticada, problemas de seguridad que ahuyentan la inversión, y una desconexión entre sus centros de académicos e investigación y el sector productivo. Sin embargo, su potencial es enorme.
Su ubicación estratégica, pegada a la mayor megalópolis del país, es un activo que no ha sabido capitalizar. “Morelos podría ser el centro logístico y de distribución de última milla para el Valle de México, o un nodo de servicios especializados para empresas que busquen salir del congestionamiento y altos costos de la CDMX, pero con talento capacitado”, opina una consultora económica.
La lección de Zacatecas y Yucatán es que no se necesita ser un gigante industrial para dar el salto. Se necesita:
- Una apuesta estratégica única y clara (un solo “clúster” o sector a impulsar.
- Un pacto de largo plazo entre gobierno, empresas y academia, que sobreviva a los cambios de administración.
- Formación de talento a la medida desde el primer día.
- Vender el estado de manera profesional y agresiva, garantizando un entorno de negocios ágil y seguro. El estancamiento de la productividad no es un dato técnico en un informe; se traduce en salarios bajos, desigualdad persistente y falta de oportunidades.
La experiencia de otros estados demuestra que revertir la tendencia es una carrera de relevos, no de corta velocidad. Morelos, y México en su conjunto, tienen la urgencia de empezar a correrla con una visión clara y compartida. El tiempo de los diagnósticos ya pasó; ahora es el momento de la ejecución colaborativa.
