La mañana del 23 diciembre de 1927, un pequeño aeroplano monomotor surcó el cielo de la entonces minúscula ciudad de Cuernavaca, era ni más ni menos que el famoso “Espíritu de San Luis” tripulado por “El Águila Solitaria”, Charles Lindbergh, quien apenas siete meses antes, el 20 de mayo, había logrado la hazaña de atravesar el océano Atlántico de Nueva York a París en tan solo 33 horas y 32 minutos, volando poco menos de 6,000 km en solitario y sin escalas, proeza que causó revuelo en el mundo.
El presidente de la República Plutarco Elías Calles había invitado a Lindbergh a venir a México, mediante un telegrama en el que le prometía una recepción “con todo cariño”.
Pero también vino gracias a las gestiones diplomáticas del recién nombrado embajador de Estados Unidos en México Dwight W.Morrow.
La visita que realizó Lindbergh fue como Embajador de Buena Voluntad.
El pueblo norteamericano lo enviaba para lograr un acercamiento entre ambas naciones.
Claro está que también había intereses comerciales, ya que vislumbraban la posibilidad de establecer rutas comerciales para empresas estadounidenses que pudieran volar a la ciudad de México.
Para lograrlo utilizaban la herramienta de la diplomacia, enviando al “representante más alto de la juventud, de la voluntad y del heroísmo” norteamericano.
El largo viaje fue financiado por el propio Lindbergh, e incluía visitar América Central, Sudamérica y el Caribe.
Inició el 13 de diciembre despegando en Bolling Field, Washington, D.C., a las 12:25 p.m.
Voló en línea recta hasta Louisiana para luego seguir la costa texana y tamaulipeca.
Llegó a Tampico, que identificó gracias a unos tanques petroleros y a partir de ahí se internó al país.
Pero en cierto punto cometió un importante error de navegación, que lo desvió hasta Toluca.
Mientras tanto, el presidente Calles con parte de su gabinete y el embajador Morrow lo esperaban en el aeropuerto de Balbuena, junto con poco más de 100,000 personas.
Se imaginaban lo peor, pues Lindy, como le decía a Lindbergh, no llegaba.
Finalmente, después de 27 horas, 15 minutos el “Espíritu de San Luis” aterrizó a las 3:40 p.m. del día 14.
Lindy fue recibido como héroe y se le entregaron las llaves de la ciudad, además de que fue aclamado por los miles de capitalinos que lo recibieron.
Durante su estancia en la ciudad de México visitó Palacio Nacional, la Cámara de Diputados, Teotihuacán, Xochimilco y hubo corridas de toros y un festival en el Estadio Nacional, entre otras actividades.
Lindbergh comentó que “Siempre encontraba algo nuevo y sorprendente…”.
En un artículo que escribió Lindbergh para National Geographic, publicado en mayo de 1928, nos dice: “Un día, los pilotos del ejército mexicano me llevaron como invitado a Cuernavaca. Esto me dio una nueva idea de la belleza del país”.
“Sin embargo, nos tomó dos horas y media hacer un viaje que un avión podría haber hecho en 30 minutos”.
Lindy aterrizó el “Espíritu de San Luis” al sur de la ciudad, en un lugar conocido como “Loma del Carril”.
Entre los militares que lo acompañaban se encontraba el general Pedro Caloca y el famoso piloto Emilio Carranza.
Posteriormente se trasladaron al Hotel Jardín Borda en donde los militares, autoridades locales y destacados cuernavacenses le organizaron una gran fiesta en su honor.
Gran cantidad de curiosos se arremolinaron en la calle de Morelos, para poder ver al héroe norteamericano.
Se dice que Lindy disfrutó mucho de esa fiesta.
Al día siguiente regresó a la ciudad de México y durante la cena de Navidad en la embajada conoció a la hija de Morrow, Anne, con quien se casó en 1929, pasando su luna de miel en Acapulco.
Lindy seguramente regresó varias veces a Cuernavaca, para convivir con sus suegros en la calle de Arteaga (hoy Morrow) en donde el embajador construyó su “Casa Mañana”.
Charles Lindbergh con su aeroplano el “Espíritu de San Luis” visitaron Cuernavaca en diciembre de 1927.
Por: Valentín López G. Aranda / valentinlopezga@gmail.com
