En el otrora llamado oficialmente Sistema de Transporte Colectivo y luego nombradas “de rutas”, la explotación laboral de los choferes es histórica. Y continuará sin que autoridad alguna se ocupe de acabar con esta injusticia que afecta a millones de familias. Un mal nacional que no es privativo de Morelos, ocurre en todo el país ante la indiferencia de la sociedad, afecta a millones de familias de operadores explotados laboralmente que soportan jornadas de trabajo de doce y más horas sin prestación laboral alguna. No tienen seguro social, ni vacaciones, reparto de utilidades y pago de séptimo día de descanso. Un servicio de tercer mundo que padecen niños y adultos viajando apiñados en microbuses y camionetas tipo combi de modelos atrasados.
A esta situación de esclavos del siglo XXI de los popularmente llamados “ruteros” se añaden los asaltos a choferes y pasajeros por parte de la delincuencia común, que, valga la redundancia, son comunes, como también lo son las extorsiones del crimen organizado. Recientemente, la Secretaría de Movilidad y Transporte informó que la Fiscalía General del Estado recibió cuatro denuncias por el delito de extorsión, pero evidentemente el número de casos es mucho mayor.
La historia: En 1979-80, los usuarios de Cuernavaca y municipios aledaños se hallaban hartos de que los permisionarios del transporte urbano subieran las tarifas cada vez que les daba la gana. Los transportistas estaban amafiados con funcionarios corruptos. De los 40 centavos que costaba un pasaje en las postrimerías de los años cincuenta y los 45 centavos en los sesenta, a finales de esa década escaló a 50, 60 y 70 centavos, y cinco años después ya era de 1.50 como consecuencia de la primera devaluación del peso en el gobierno 1970-76 de Luis Echeverría Álvarez, quien por cierto moriría el 8 de julio de 2022 en su casa de Cuernavaca, a la edad de cien que había cumplido el 17 de enero del año anterior.
Se acercaba el final de los ochenta cuando dio la última boqueada el llamado pulpo camionero que databa de fines de los setenta, monopolizado por quien era considerado el zar del transporte, Jesús Escudero, un transportista multimillonario que tenía autobuses de pasaje urbano en Acapulco y gente, se decía, del cacique del priismo guerrerense Rubén Figueroa Figueroa. Siendo uno de los permisionarios más poderosos de la empresa Flecha Roja, en Cuernavaca Escudero les compró autobuses y concesiones a los miembros de las líneas de camiones urbanos y suburbanos Chapultepec, Urbanos y Emiliano Zapata.
Las “rutas” fueron creadas en 1987 como el Sistema de Transporte Colectivo por el entonces gobernador Lauro Ortega Martínez, y sorteada en el desaparecido cine Ocampo una parte de las concesiones entre choferes de taxis, otras a permisionarios de los antiguos autobuses de servicio urbano de pasajeros y unas más asignadas directamente a las dirigencias de la CTM y el SNTE que fundaron las rutas obrera y escolar. Choferes de taxis y autobuses urbanos repentinamente convertidos en concesionarios, empezaron a recorrer las calles con lo primero que tuvieron a la mano: coches a manera de taxis “peseros”, como había en el Distrito Federal de aquellos días, viejos la mayoría, y combis usadas que los usuarios aceptaron de buen talante. Sin embargo, tras la muerte del pulpo camionero poco tardó en nacer el dinosaurio rutero, vendidas las concesiones por ex taxistas que no supieron manejar el negocio, acaparadas por flotilleros voraces, distribuido el botín entre presidentes de rutas y revividos los permisos del ex monopolio de Escudero. Pero lo peor: hasta hoy con los mismos vicios de explotación laboral e indefensión social… (Me leen mañana).
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