La crisis económica no está en las cifras oficiales que presumen una tasa de inflación baja. Otra es la realidad. En el mercado de bienes raíces la oferta lleva años superando a la demanda, abundantes los vendedores y escasos los compradores de casas y terrenos. Salvo en temporadas vacacionales como la actual, el comercio registra ventas escuálidas y, aunque apreciable por todo cuanto significa, la obra pública jamás generará empleos suficientes y permanentes. Tampoco han llegado –ni llegarán en plazo breve– las grandes inversiones privadas que generen altas cantidades de empleos y, tomada de la mano de la inseguridad pública, el problema no sólo viene de muy atrás, sino que la solución parece alejarse cada vez más. De cualesquier maneras, el termómetro de la crisis está en la percepción social que resume el reproche cotidiano de las amas de casa en el todo sube y nada baja, la re etiquetación sistemática de precios en tiendas de autoservicio y el juego sin fin de la inflación de a mí me suben las cosas y yo las subo en el cual el ingreso de la clase trabajadora se erosiona día a día. Por eso la postal: Una tarde cualquiera en el primer cuadro de Cuernavaca. Por lo regular densamente transitadas, lucen desoladas las calles de Matamoros, Guerrero y No Reelección; escasean los transeúntes, pasan pocos taxis con pasaje y muchos ruedan vacíos. Se aburren los empleados de las tiendas y a pocos se ve caminar llevando la clásica bolsa con la compra recién hecha. Lamenta la joven empleada de la zapatería atrapada en la pobreza del salario mínimo y la vivienda compartida con seis familiares en una colonia popular: “Es que las ventas están muy bajas, y si no hay ventas, no hay comisiones. Dicen que es por la crisis, pero quién sabe”. Eso de “la crisis” que está en boca de todos lo repite la encargada de una tienda de ropa de una plaza comercial otrora exitosa. Cuenta lo que le consta, pues lo ha visto: que muchos negocios cierran y pocos reabren, que los dueños no aguantan las rentas y los trabajadores viven con el temor constante del despido. Con sus tamices, ocurre a lo largo y ancho del territorio nacional, del Suchiate al Bravo, del Pacífico al Golfo, pero es en Morelos donde hace años que estamos peor. Lo mismo en empresas medianas que en changarros (dirían los economistas de la tecnocracia: las minimicroempresas), constantemente despiden a uno, dos o más empleados. Son las taquerías, puestos de mercados municipales y tianguis itinerantes, misceláneas de barrio, fondas, reparadoras de llantas, restaurantes y más negocios donde los empleos no son de los llamados formales, pues no están registrados en el Instituto Mexicano del Seguro Social, de modo que no existen cifras precisas sobre el ejército creciente del desempleo. Lo que la gente común siente es que hace años que la crisis llegó para quedarse un tiempo largo y quién sabe hasta cuándo se vaya. A estas alturas, ni quién se acuerde de cuando el gordito que era secretario de Hacienda, Agustín Cartens, en cuya gestión, según una declaración reciente del presidente Andrés Manuel López Obrador, proliferaron “los moches”, diagnosticó como un “catarrito” al bajón de la economía mexicana por efecto de la pulmonía “gabacha”. Desde entonces y antes, la cotidianidad de la jodidez económica ha venido expresándose con toda su crueldad en millones de hogares mexicanos que sobreviven con ingresos magros o casi de cero en la espiral incontenible de precios de la canasta básica y de todo, absolutamente todo, cuanto las personas necesitan para subsistir. Por esos días presidente electo, en septiembre del año pasado AMLO pontificaba a medios nacionales: “Es que la crisis de México no se mide sólo en variables macroeconómicas. ¿Y la pobreza, la inseguridad, la violencia, eso que vemos todos los días? La gente está desesperada. Sostengo que hay crisis en México y que hay mucha pobreza, mucho abandono, mucha inseguridad, mucha violencia, y que ha resultado un fracaso la política económica neoliberal, y que la vamos a cambiar”. Y recordaba a los conservaduristas amnésicos: “Porque el periodo neoliberal se caracterizó por la corrupción; son muy rateros (los políticos), entonces eso fue lo que agravó la situación económica y social. La corrupción. Eso ya no va a haber. Como dicen los tecnócratas, esa variable ya no se va a presentar, ya no va a haber corrupción”. Ojalá… (Me leen el lunes).

 

José Manuel Pérez Durán
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