Porque mucho han hablado de ellas y poco han hecho para protegerlas, los cuernavacenses no les creemos a las autoridades. Cuernavaca es lo que es por sus barrancas, venas de vida abiertas que la surcan de norte a sur y nos regalan la primavera perenne, pero, acostumbrados a sus bondades, las soslayamos. Son un portento, acaso único en el planeta, pero tienen la desventaja de estar tan próximas a nosotros que han sido ninguneadas, dañadas, despreciadas. Cañadas de la antigua Cuauhnáhuac, no majestuosas como los volcanes pues no sobresalen en el horizonte, su maravilla radica en una orografía hundida, escondida por el devastador crecimiento urbano. Las hemos llenado de desagües y utilizado como basureros, habitamos sus riberas, desalojamos su flora y despreciamos su fauna. Parecemos empeñados en acabar con semejante bendición. Ha habido algunos esfuerzos de gobiernos municipales y estatales, de instituciones educativas y de investigación, pero si cada uno de nosotros, cada nativo y residente de Cuernavaca no ponemos de sí para cuidarlas de nada servirán los programas y acciones oficiales de rescate. A las barrancas hay que devolverles su valor; buena parte de la calidad de vida de los cuernavacenses depende de que así ocurra. Para que no perdamos el asombro de lo vital que resultan en la identidad y el entorno de nuestra ciudad, vale la pena un repaso breve de sus características. Una de las más importantes es la de Amanalco, que durante la Conquista sirvió de defensa natural contra Hernán Cortés. El ambicioso hispano finalmente logró atravesarla por el vado de lo que ahora es el Puente del Diablo, aunque el grueso de su tropa lo hizo a la altura del mismo puente de Amanalco, al derribar un gran árbol y utilizarlo como puente. La escena fue inmortalizada por Diego Rivera en su mural del Museo Cuahnáhuac. En la última década del siglo pasado, Amanalco fue parcialmente rescatada. Entonces alcalde, el desaparecido Alfonso Sandoval construyó un andador de trescientos metros, acondicionado como paseo turístico. La entrada es al lado de la vecindad de La Coronela, placentero el verde del denso follaje y la tranquilidad que se siente al bajar, ahogados los ruidos del tráfico citadino por el paso del agua entre piedras y a ciertas horas los cantos de las aves. Debajo del puente, un portento de ingeniería de finales del siglo XIX, se advierte la magnitud del valor natural y ambiental de las barrancas. En una descripción técnica, las cañadas capitalinas forman un gran cono de deyección que parte de la arista sur de la sierra de Zempoala y se proyecta más allá de los límites de Cuernavaca, hasta Acatlipa pasando Temixco, unos 20 kilómetros al sur. Este rasgo fisiográfico es el que impone su singular fisonomía a Cuernavaca. El cono o abanico es un ejemplo viviente de correlación geológica entre el macizo volcánico de la sierra de Zempoala y los depósitos apilados en la parte baja del terreno que fueron arrancados por un enérgico trabajo hidráulico realizado por torrentes de montaña y corrientes de lodo llamados por los geólogos “lahares”, o sea, aglomerados de gravas y arenas que forman un drenaje pluvial desarrollado sobre la pronunciada vertiente sur de la citada sierra. Esa cuesta es interrumpida por la plataforma de Buenavista, un pie de monte localizado al noroeste de la ciudad que tiene un declive topográfico localizado en el norte de Zempoala bajando constantemente en declive hacia el sur. Formado por esos conglomerados de arenas, gravas y lahares, el tipo de suelo convierte a la zona en un filtro del agua que se precipita arrastrándola hacia abajo, brotando en los manantiales de Cuernavaca y Temixco. Las barrancas son también el paso de ríos permanentes y temporales. Algunos cruzan la ciudad y se van uniendo poco a poco hasta formar el río Apatlaco, el afluente del Amacuzac en la zona sur del territorio morelense. La presencia de las barrancas, junto a las corrientes de agua de los ríos y a la vegetación, provoca el clima agradable de Cuernavaca… A las barrancas hay que devolverles su valor. Buena parte de la calidad de vida de los cuernavacenses depende de que así ocurra y obtengamos resultados a corto plazo. Hoy, el Apatlaco no debe ser pretexto de confrontación política sin sentido, pues a nadie conviene. El Apatlaco es más de lo que la ignorancia natural del forastero cree, y las barrancas el “radiador” sin el que Cuernavaca ardería de calor, sí, mucho más del que el cambio climático ha generado últimamente… (Me leen mañana).
Por: José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com
