Ese maravilloso libro de Bonfil nos señala que partamos de un hecho fundamental: en el territorio de lo que hoy es México surgió y se desarrolló una de las pocas civilizaciones originales que ha creado la humanidad a lo largo de toda su historia: la civilización mesoamericana. De ella proviene lo indio de México; ella es el punto de partida y su raíz más profunda.

En lugar de estar orgullosos, somos una civilización que se niega a sí misma; la influencia estadounidense ha hecho que lo importante sea ser güerito.

Si la naturaleza, su transformación y sus nombres atestiguan a cada paso la presencia insoslayable de una civilización milenaria, ¿qué decir de los hombres y sus rostros? Una aclaración de principio, la continuidad genética y el hecho de que la inmensa mayoría de los mexicanos poseemos rasgos somáticos que gritan nuestra ascendencia india, no prueban por sí mismos la continuidad de la civilización mesoamericana. La cultura no se hereda por cosas como el color de la piel o la forma de la raíz; son procesos de orden diferente, social el primero y biológico el segundo.

Es común afirmar que México es un país mestizo, tanto en lo biológico como en lo cultural. Desde el punto de vista somático, el mestizaje se divide, en efecto, en amplios sectores de la población, aunque la intensidad sea variable y predomine en muchos grupos la presencia de rasgos indígenas.

En este racismo hay mucho más que una preferencia por ciertos rasgos y tonalidades. La discriminación de lo indio, su negación como parte de “nosotros”, tiene que ver más con el rechazo de la cultura india que con el rechazo de la piel bronceada.

Uno de los caminos para diluir el problema de la indianidad de México ha sido convertir ideológicamente a un sector de la población nacional en el depositario único de los remanentes que, a pesar de todo, se admite que persisten de aquel pasado ajeno.

No es posible dar una cifra del número de mexicanos que se consideran a sí mismos miembros de un pueblo indígena; es decir, de los que asumen una identidad étnica particular y se sienten colectivamente parte de un “nosotros” diferente de “los otros”. En México no hay una definición jurídica de la condición de indio, que sería un camino formal para estimar su número: aquí todos somos iguales, aunque también hay indios.

Es la cultura propia, la nuestra, a la que tenemos acceso y derecho exclusivamente “nosotros”. La historia ha definido quienes somos “nosotros”, cuándo se es y cuando no se es, o se deja de ser parte de ese universo social que es heredero, depositario y usufructuario legítimo de una cultura propia, nuestra cultura.

En este maravilloso libro, Bonfil trata de mostrar que el México profundo, portador de la civilización negada, encarna el producto decantado de un proceso interrumpido que tiene una historia milenaria: el proceso de civilización mesoamericano. Durante los últimos cinco siglos (apenas un momento en su larga trayectoria), los pueblos mesoamericanos han sometido a un sistema de opresión brutal que afecta todos los aspectos de su vida y sus culturas. Los recursos de la denominación colonial han sido múltiples y han variado en el transcurso del tiempo; pero el enigma, la violencia y la negación han sido las constantes. La conclusión a mi ver, no puede ser otra que la de proponernos construir una nación plural, en la que la civilización mesoamericana, encarnada en una gran diversidad de culturas, tenga el lugar que le corresponde y nos permita ver occidente desde México, es decir entenderlo y aprovechar sus logros desde una perspectiva civilizatoria, que no es propia porque ha sido forjada en este suelo, paso a paso, desde la más remota antigüedad; y porque esa civilización no está muerta, sino que alienta en las entrañas del México profundo.

Seamos orgullosos representantes y producto de nuestra raza, una raza superior que viene de una de las grandes civilizaciones del mundo, el color de nuestra piel nos distingue y nos hace sentir orgullosos, no necesitamos los tintes para ponernos el pelo de paja, somos más importantes que aquellos que sólo tienen dinero, nosotros somos un pueblo con esencia, con un respaldo de una civilización que sigue a pesar de los miles de años sorprendiendo al mundo.

Somos un pueblo original, no una copia de muchos pueblos, estamos mezclados con los ibéricos, pero en el fondo somos los representantes de una civilización superior que debería de tenernos orgullosos, de hacernos sentir que somos únicos en un país con las maravillas que tenemos.

Aceptemos nuestra esencia y seremos un pueblo grande y orgulloso, dejemos a un lado la sumisión hacia una civilización de mezclas y sin esencia; somos los mexicanos más valiosos que los otros. Seamos orgullosos de nuestra raza. ¿No cree usted?

 

Teodoro Lavín León
lavinleon@gmail.com/Twitter

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