En cada pro­ceso elec­to­ral, las pala­bras dejan de ser sim­ples vehí­cu­los de comu­ni­ca­ción para con­ver­tirse en armas. No es exa­ge­ra­ción: en la dis­puta por el poder, quien logra impo­ner su narra­tiva gana terreno incluso antes de que se emita un solo voto. Y en ese terreno, las encues­tas se han trans­for­mado en uno de los ins­tru­men­tos más uti­li­za­dos… y tam­bién más mani­pu­la­dos.

Hoy, más que herra­mien­tas de medi­ción, muchas encues­tas fun­cio­nan como meca­nis­mos de pro­pa­ganda. Se pre­sen­tan como ejer­ci­cios téc­ni­cos, obje­ti­vos y cien­tí­fi­cos, pero en rea­li­dad care­cen de lo más impor­tante: meto­do­lo­gía. Y sin meto­do­lo­gía, cual­quier número, cual­quier por­cen­taje, cual­quier “ten­den­cia” no es más que una cons­truc­ción inte­re­sada, dise­ñada para influir y no para infor­mar.

El pro­blema es pro­fundo y preo­cu­pante. Vivi­mos una etapa en la que prác­ti­ca­mente cual­quiera puede levan­tar una encuesta. Basta con un for­mu­la­rio digi­tal, un grupo de con­tac­tos o una base de datos poco clara para salir a publi­car resul­ta­dos que, a sim­ple vista, pare­cen legí­ti­mos. Pero detrás de esa apa­rente moder­ni­dad tec­no­ló­gica se esconde una enorme pre­ca­rie­dad téc­nica.

Por­que no nos enga­ñe­mos: tener acceso a tec­no­lo­gía no es lo mismo que saber uti­li­zarla. La mayo­ría de estos ejer­ci­cios carece de con­tro­les bási­cos. No hay cer­teza sobre quién res­ponde, no hay vali­da­ción de iden­ti­dad, no hay meca­nis­mos para evi­tar dupli­ci­da­des ni ses­gos evi­den­tes. En muchos casos, ni siquiera existe una mues­tra repre­sen­ta­tiva. Son ejer­ci­cios hechos al vapor, con pri­sas polí­ti­cas y obje­ti­vos muy cla­ros: posi­cio­nar a alguien o desin­flar a otro.

Y aquí es donde el tema se vuelve polí­tico en toda su dimen­sión. Estas encues­tas no sur­gen en el vacío. Res­pon­den a inte­re­ses con­cre­tos, a estra­te­gias de cam­paña, a inten­tos por cons­truir una per­cep­ción de ine­vi­ta­bi­li­dad. Se busca ins­ta­lar la idea de que una can­di­da­tura “ya ganó” o que otra “no tiene posi­bi­li­dad”, no con base en datos sóli­dos, sino en cifras infla­das o meto­do­ló­gi­ca­mente ine­xis­ten­tes.

Esto tiene con­se­cuen­cias rea­les. El votante inde­ciso, que muchas veces busca orien­ta­ción en este tipo de medi­cio­nes, ter­mina tomando deci­sio­nes con base en infor­ma­ción dis­tor­sio­nada. Peor aún, se genera un efecto de arras­tre: si la gente cree que un can­di­dato lleva ven­taja, algu­nos optan por sumarse a esa supuesta mayo­ría; otros, por el con­tra­rio, se desa­ni­man y dejan de par­ti­ci­par. En ambos casos, la demo­cra­cia pierde.

Lo más grave es que pocas veces se exige ren­di­ción de cuen­tas. ¿Dónde están los deta­lles meto­do­ló­gi­cos? ¿Quién finan­cia estos estu­dios? ¿Cómo se selec­ciona la mues­tra? ¿Cuál es el mar­gen de error? Pre­gun­tas ele­men­ta­les que, en muchos casos, que­dan sin res­puesta. Y cuando no hay res­pues­tas, lo que hay es opa­ci­dad.

La falta de tec­no­lo­gía ade­cuada agrava aún más el pro­blema. No habla­mos de tener la última apli­ca­ción o el soft­ware más moderno, sino de con­tar con sis­te­mas que garan­ti­cen inte­gri­dad en los datos. Herra­mien­tas que per­mi­tan audi­tar el pro­ceso, veri­fi­car la auten­ti­ci­dad de las res­pues­tas y ase­gu­rar que la infor­ma­ción no ha sido mani­pu­lada. Sin estos ele­men­tos, cual­quier encuesta es vul­ne­ra­ble… o peor aún, deli­be­ra­da­mente mani­pu­la­ble.

Pero el fondo del asunto no es tec­no­ló­gico, es ético. Se ha nor­ma­li­zado el uso de encues­tas como ins­tru­men­tos de gue­rra polí­tica. Se han con­ver­tido en pie­zas de estra­te­gia, en lugar de ser herra­mien­tas de aná­li­sis. Y en ese trán­sito, se ha per­dido algo fun­da­men­tal: la con­fianza.

Recu­pe­rar esa con­fianza no será fácil. Implica ele­var el nivel de exi­gen­cia pública, pero tam­bién asu­mir res­pon­sa­bi­li­da­des desde dis­tin­tos fren­tes. Los medios de comu­ni­ca­ción deben dejar de repli­car encues­tas sin sus­tento. Los acto­res polí­ti­cos debe­rían com­pro­me­terse a no difun­dir infor­ma­ción enga­ñosa. Y la ciu­da­da­nía tiene que adop­tar una pos­tura más crí­tica, enten­diendo que no todo lo que se pre­senta como “dato” real­mente lo es.

En este periodo elec­to­ral, en More­los más que nunca, nece­si­ta­mos dis­tin­guir entre infor­ma­ción y pro­pa­ganda. Entre medi­ción y mani­pu­la­ción. Entre tec­no­lo­gía y simu­la­ción.

Por­que cuando las encues­tas pier­den su rigor meto­do­ló­gico, dejan de ser un reflejo de la rea­li­dad y se con­vier­ten en una herra­mienta para defor­marla.

Y en demo­cra­cia, defor­mar la rea­li­dad es una forma silen­ciosa —pero pro­fun­da­mente efec­tiva— de vul­ne­rarla.¿No cree usted?.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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