Cristóbal me dio mala vida, para qué es más que la verdad, pero jamás pasaría por mi corazón la idea de hacerle algún mal o desquitarme. Sobre todo porque yo no iba con los ojos cerrados, mi mamá siempre me advirtió sobre él pero yo no lo hice caso, pues cuando vives en plena pobreza y amontonado como costal con tanta familia, lo único que quieres es salir del hoyo. El amor es un lujo que ni con autoengaños uno llega a adquirir y muchos menos por caridad. ¿La caridad de qué o de quién?
'Tóbal' me sacó muy joven de la casa de mi mamá -mi papá murió hace algunos años- y me fui con él porque me ilusionó con la idea de ponerme una casa y formar una familia. El cabrón ni siquiera se esforzó en prometerme algo más sustancioso o antojable.
Claro, yo joven y pobre, qué chingao iba a entender del mundo y los modos cochinos de algunos hombres que hablan de amor como si estuvieran comprando carnitas en el mercado y suponen que todo va a ser tan sencillo como hacerse un taco y sacarle ruido al chicharrón. Ya lo que sobre lo hacen salsa... y a lo que sigue.
Tampoco niego mi responsabilidad en la decisión de irme a vivir con el 'Tóbal'. Algo lo quise, no lo niego, y de hecho tengo recuerdos bonitos de aquellos tiempos. Son pocos pero valen.
Claro, sobre el mazacote de ensoñaciones cursis siempre escucho la voz de mi madre intentando hacerme ver la pendejada que cometería al irme a vivir con Cristóbal: '¡Ay, Susana!, estás muy chiquita, mija, y además eres muy simpática como para juntarte con ese vago que tiene toda la pinta de borracho y desobligado. Estás para escoger no para que te escojan, mija; no sé qué le ves a ese hombrecillo tosco. Vaya, ni yo le haría caso', me decía mi madre.
Bueno, se sabe que cuando estas cosas ocurren uno no tiene cabeza, ni ganas, para ver lo que para otros es tan claro; aún así no me canso de reprocharme la ceguera e ingenuidad de ese tiempo.
Lo cierto es que me embarqué con Cristóbal y me dio una vida de perros. Las únicas buenas noticias de esos seis años de concubinato fueron mis hijos, Denisse e Iván, que me dieron alegría y esperanza en tiempos muy oscuros. Su amor despertó en mí un valor que no sabía que tenía y me permitió encontrar el coraje para dejarlo hace cinco años. En su inocencia ellos lo entendieron y fueron mi aliciente para aguantar el acoso y las ofensas de mi ex y su familia.
La gota que derramó el vaso fue que empezaron a insultarme por las redes y llegaron a las amenazas. Demandé a Cristóbal ante las autoridades y, en lo que se definía el asunto, cerré mis perfiles y me cambié de casa.
Por un año estuve 'desaparecida' para no poner en riesgo a mis niños y al no tener noticias de Cristóbal poco a poco asumí algunas rutinas. Me metí a trabajar de intendente en un despacho contable y, ya asentada en una normalidad que nunca había experimentado (ser independendiente, mantener un hogar, aprender un oficio), al siguiente año me metí a estudiar la prepa por consejo de Miriam, una contadora muy inteligente -y guapa- que se convirtió en gran amiga y consejera de mi modesto hogar. Ella quiere mucho a mis hijos y nos visita seguido; al menos una vez al mes vamos al cine o a comer pizzas.
Ella me ha ayudado mucho a salir adelante y me da consejos para administrar el dinero y hacer que rinda un poco más. También me animó a probar suerte vendiendo postre; en la oficina me hacen el gasto y me sugieren haga paquetes para vender más.
Como me fue bien con lo de la prepa, Miriam me aconsejó estudiar una carrera abierta, me ofreció su apoyo total -en el cual confío ciegamente, sobre todo por el cariño que le tiene a mis hijospor lo que he renovado mis esperanzas para seguir creciendo en la idea de ser una mejor persona y la mejor madre posible para mis hijos. Ellos están felices.
Me hizo tan feliz la idea, y me dio tanto gusto sentirme apoyada por esa pequeño grupo de gente amorosa, que decidí comunicarme con mi mamá después de más de tres años de no hacerlo. Obviamente sorprendida, pero sinceramente contenta, mi madre me hizo contarle todo lo que pasé después de abandonar a Cristóbal.
A grandes rasgos le expliqué lo importante de la historia iniciando con el final: estamos muy bien, contentos, sanos, y con ganas de comernos el mundo.
En lo demás no fui tan precisa pues no quise hacer muy larga la charla ni mucho menos confesarme, pero sí fui muy enfática en señalar la gran ayuda de ese angelito de la guarda que significa Miriam en nuestra nueva vida.
'¿Entonces es cierto que te juntaste con una lesbiana?, me respondió mi mamá. Y le siguió, en plan puramente chismoso: 'Con razón el 'Tóbal' anda todo achicopalado y se la pasa tomando. Dice que él como hombre ya no vale porque su mujer lo cambió por otra mujer', me dijo ansiosa mi mamá como esperando una confesión de mi parte o al menos algún detalle morboso que le hiciera sentir mi satisfacción ladina y vengativa.
La verdad me dio risa el tono argüendero con que mi mamá me puso al corriente de los pasos de Cristóbal, y estoy segura que sobre el tema de vivir con una lesbiana (según ella), no es capaz de creerlo, más por la comodidad de sus prejuicios que por sopesar la realidad. Preferí que se quedara con la duda. Carajo, nunca le hablo y sale con sus cosas.
Estaba a punto de cortar la llamada pero mi mamá me dijo algo que me sorprendió: 'Quién sabe en qué líos ande el 'Tóbal' pero la semana pasada se lo llevó la patrulla y dicen los vecinos que ahí lo tienen encerrado en la preventiva. Y será casualidad o quién sabe, pero no me vas a creer, mija: antier vino a buscarte un señor que según es del Ministerio Público. Le dije que no sabía nada de ti desde hace varios años y creo que no me creyó, pero me dejó su tarjeta y me dijo que te diera el recado de que cuando puedas le llames'.
Me puse un poco nerviosa, más por la ansiedad paranoica de mi mamá que por lo que pudiera significar la visita del agente en su casa. Como quiera me intrigó.
Colgué la llamada con mi madre e inmediatamente marqué al número que me proporcionó. El asunto resultó de pena ajena.
Tras los saludos malmodientos me dijo el agente: 'Hace cinco años usted puso una denuncia contra el señor Cristóbal Solís Arzola por acoso y amenazas'. Tardé un poco en entender sobre si el asunto iba en serio, pues parecía una broma, pero en mi auxilio llegó una reminiscencia de aquellos tiempos (que parecían tan lejanos) de mi separación de Cristóbal. ¡La denuncia!, grité para mis adentros.
Le dije al agente que efectivamente había interpuesto una denuncia contra el que fuera mi marido pero que ya hasta la había olvidado y que no tenía ninguna intención de ratificarla. Es más, estaba dispuesta a retirarla, si era necesario. Ese pobre desgraciado bastante tiene con sus complejos y remordimientos como para todavía recibir castigos retroactivos. Y bien o mal es el papá de mis hijos. Lo pasado, pasado, pense.
'No, señora, cómo cree', me dijo el agente, 'por eso estos hijos de la chingada abusan y se salen con la suya'. 'Si usted no ratifica la demanda acá le inventamos algo, pero de que se lleva su calentada y unos meses en el tambo, de mi cuenta corre. De eso ni Dios lo salva a ver si así se le quitan las ganas de andar enamorando jovencitas al pinche huevón degenerado', me dijo enojado el tipo. Y antes de colgar me advirtió: 'Lo que sí, señora, le sugiero que para la otra le piense antes de denunciar a alguien'.
Quisiera intentar hacer algo por Cristóbal, pero la verdad no se me antoja andar componiendo vidas ajenas, bastante tengo con la mía. Y pensándolo bien no está mal que pruebe un poco esa vida de perros que me dio. En una de esas aprende y le va mejor, como a mí. Y si no, que Dios lo bendiga.
Yo quiero darme unos lujos. Empezando por el del amor.
