Conocí a don Gris hace un par de años y lo quiero como un padre. Bueno, más bien él me hace sentir como su hijo y yo se lo agradezco porque sabe que desde muy chavito me quedé huérfano.
No conozco tan bien la historia de don Gris, ni sé su verdadero nombre ni por qué le dicen así, pero sé algu- nos aspectos importantes y con ellos he aprendido a respetarlo y convivir con él entendiendo la importancia de aquilatar sus palabras y sus silencios. Algunos otros temas medianamente los conozco por referencias de terce- ros y sé que son cosas feas que le duelen al viejón.
Tramposamente me he autocon- vencido de que el respeto a su silencio es lo mejor que puedo hacer por él, pero algo me dice que tal vez eso sólo sea un recurso cómodo para no comprometerme con un amigo, y casi padre, que necesita comprensión y ayuda más allá de la compañía. Nun- ca vayas a la vida como a una misa de cuerpo presente ni le quites el tiempo a nadie, acuérdate que mucho ayuda el que no estorba, me decía mi mami, y tenía razón.
Con don Gris me pasa un poco eso, siento que sólo estoy por cumplir y realmente no le ayudo en lo impor- tante. Bien podría desentenderme de él y seguir con mis asuntos, pues dicho por él mismo, tengo una vida por delante, pero sería yo una muy mala persona si dejara solito al viejo. Reconozco que le tengo mucho cariño y aprendo de su forma de ver la vida, me gusta su sentido del humor y la forma pacífica de convivir. Tiene muy buena vibra.
Así que haciendo de tripas co- razón, saliendo de la chamba pasé a verlo para platicar y ver por dónde me podría meter a esos sus temas es- condidos que me den chance de co- nocerlo un poco más y de mejor ma- nera. Pero, la verdad, más me valía no haberlo visitado.
Me lo encontré sentado en la mecedora cantando, casi susurrando con su voz cansada, la ‘Leña de Pirul’ y me quedé escuchándolo un ratito y no pude evitar conmoverme por su voz nostálgica que raspa las palabras y transmite un sufrimiento profundo pero a la vez lejano que seguramente se despierta con la canción.
Incapaz de entender mi propia emoción, incómodo, busqué un distractor en la escena intentando no interrumpir a mi querido amigo. Al bajar un poco la mirada, con sorpre- sa ví sus manos huesudas trabajando lentamente, pero con maestría, en el bordado de una servilleta. Un trabajo primoroso que el querido Gris esta- ba por concluir. Cuando terminó de cantar me atreví a hablarle: - Buenas noches, Don Gris.
Me respondió con una sonri- sa triste de labios apretados:- Hola, mijo, cómo estás. Qué bueno que veniste a verme. Pensé que te ibas a quedar parado ahí toda la noche.
- ¿Cómo?, ¿A poco ya se había dado cuenta que llegué? Si ni hice ruido para no interrumpirlo.
- Ay, mijo, yo te siento venir des- de la mañana. Nosotros los viejos ya tenemos sensores en todos lados: para el frío, las reumas; para el calor, las tripas; para la lluvia las hormigas y para las visitas el vientecillo chis- moso.
- ¡Qué bonito, don Gris! ¿Y qué le dijo el viento de mí?... ándele, cuén- teme ¡échele de su ronco pecho!
- Me dijo que quieres conocer mis secretos, que te preocupas por mí y que me quieres como tu padre. Tam- bién me dijo que te da miedo quedar- te solo como yo. Pero creo que eso se lo inventó.
- ¿En serio le dijo eso? Ah, qué pinche viento tan alcanzado ya me hizo un chisme... pero, bueno, entre nos le voy a decir que no anda tan errado.
- Lo que pasa es que es muy revoltoso y como se mete en todos la- dos de algo se entera. Ya lo demás lo completa con las historias del mun- do, que, no te creas, tampoco son tan diferentes a los de todos ni difíciles de imaginar. Es más difícil tejer en punto de cruz, como esta serville- tita que estoy haciendo para ti, o las pañuelos en deshilado que me ense- ñó a bordar mi abuelita, que todo las aventuras puercas del mundo, mijo.
Al decir esto mi amigo volteó a verme con su mirada lánguida y pude percibir humedad en sus ojos. No supe cómo reaccionar y sólo se me ocurrió preguntarle si había llorado. Me respondió sereno: - Tantito, mijo, tantito. Pero no te preocupes, de por sí ya de viejo se vuelve uno chillón, y la condenada canción siempre me hace llorar. No sé por qué la canto si hasta la letra dice que la leña de pi- rul no sirve ni pa’arder, nomás para hacer llorar.
- Ay, don Gris, ya ni me diga que también me voy a poner a chillar. Mejor cuénteme de sus bordados, ya ví que están bien bonitos, qué guar- dadito se lo tenía, yo no le conocía esas virtudes. Quién lo viera, tan recio en unas cosas y tan sensible con otras, le contesté a mi amigo que se dejó ir en la evocación de una época feliz.
- Es algo que aprendí de mi abue- lita en el rancho hace muchos años cuando era niño-, me dijo, -y que me dio muchas satisfacciones y dine- rito en los tiempos que formé mi ho- gar con mi difunta esposa. Yo hacía pañuelos, servilletas y fundas y ella las vendía entre sus amistades ¡y vie- ras cómo se las chuleaban! Claro, nadie sabía que yo las hacía pues en esos tiempos no era tan bien visto que un hombre trabajara en cosas de muje- res, pero durante varios años bordé mucho y hasta sábanas llegué a ha
‘Soy como el viento que corre Alrededor de este mundo Anda entre muchos placeres Pero no es suyo ninguno’. Grítenme Piedras del Campo / Cuco Sánchez
cer. Esas modestas obritas nos ayu- daron a sostener los gastos de la casa pues lo que conseguía yo trabajan- do en el campo a veces no alcanza- da para completar el chivo. Cuando murió mi viejita me deprimí mucho y dejé de bordar.
- ¡Ay, don Gris! Es triste pero tam- bién bonito, lo que sea de cada quien. Me da gusto saber esto de usted, es algo nuevo que además me llena de orgullo por ver su gran talento. Aun- que lo de quedarse solo debió ser muy duro y triste... pero, óiga, ¿no tuvo hijos con su viejita?-, le pregunté.
- ¿Ya ves cómo sí tuvo razón el viento, mijo?.. tú vienes porque quieres saber cosas, pero algo aprendí de viejo, y es que hay veces que es mejor no saber. En este caso, lo que te pue- do contar tal vez sea triste y tú eres un joven de corazón limpio que no tiene por qué ensuciarse con mugres ajenas...
- No, don, no me lo tome a mal, y si no quiere contarme está bien, sólo piense que tal vez yo pueda ayudarlo por el sólo hecho de escuchar. Ya ve que dicen que para conjurar al diablo primero hay que nombrarlo.
- Está bien, mijo, está bien. Lo que pasa es que de tanto tristear uno se amarga, pero no me lo tomes a mal, ya sabes que te quiero mucho. Mira, mi viejita y yo tuvimos un hijo al que adoramos y fuimos muy felices mientras estuvimos juntos. Pero los jóvenes son alebrestados y mi niño era un chinampín donde quiera que se paraba. Un día salió a la carrera... y ya, eso fue todo.
- ¿Cómo que eso fue todo?.. No me diga que ya no regresó, don Gris. ¿Acaso los abandonó el canijo?
- Ya no volvió, mijo. Tenía tanta prisa por salir a comprar las tortillas que a veces pienso que ya sabía que la muerte lo esperaba y él quiso retar- la... o qué se yo. El caso es que se fue de nosotros que lo adoramos e hici- mos todo porque siempre estuviera contento.
- Ay, don... qué pena, de verdad. Pensé otras cosas. ¿Hace cuánto fue eso? ¿Qué edad tenía su hijo?
- Tenía más o menos tu edad, 19 años, y, como tú, le gustaba an- dar en moto. No sabes qué miedo le daba a mi viejita que nuestro chama- co anduviera de loco con ese horrible aparato. Se la pasaba angustiada por él pensando en que no se fuera a ac- cidentar, pero yo le decía que no se preocupara, que bendijera a su hijo y lo dejara ser. Tontamente le decía yo a mi viejita que estaba por de- más preocuparse, pues lo que estaba condenado a pasar, pasaría... y mal- ditamente así fue. No tienes idea de cómo me arrepiento de haber dicho eso, pienso que invoqué la desgracia y Dios me castigó. Lo mató un carro cuando fue a traer las tortillas. ¿Por qué le tenía que tocar a él?
- ¡No me diga eso, don Gris!... No sé qué decirle, chingao, bien decía usted que a veces es mejor no saber las cosas. Me da mucha pena enterar- me de esto y ahora ya no sé qué hacer para que todo sea como antes, que- rido amigo. Quisiera borrar ese mo- mento y regresar un poquito el tiem- po para seguir charlando sobre sus canciones y esos hermosos bordados que hace.
Con voz temblorosa y secándose discretamente las lágrimas, el buen viejo me contestó: - Sí, mijo, si tú así lo quieres está bien. Siempre me pides lo mismo y siempre te cuento la par- te de cómo regresé a la rutina de mis bordados. Lo vuelvo a hacer hoy con alegría pues es la última vez. Después de la muerte de mi hijo y mi viejita yo me quedé muy triste viviendo la vida gris que tú conoces bien. La verdad, me estaba dejando morir y le pedía a Dios que me recogiera, pero jus- to cuando ya todo en mi vida se veía como un retrato viejo y roto a punto de ser tirado a la basura, llegaste tú, mijo, y entendí que venías buscan- do un padre... que a estas alturas ya más bien soy como tu abuelo, pero te quiero, mijo.
- Ay, don Gris, muchas gracias. Yo también le tengo mucho cariño y realmente lo siento como mi padre. Y ya ve que nos parecemos un montón pues los dos estamos solos... Pero, bueno, ¿entonces cómo fue que regresó a lo del bordado?
- Lo retomé hace unos 25 años, cuando empezaste a venir a la casa-, me dijo como si me lo estuviera recordando.
- ¿Cómo?.. le contesté -no don Gris, no puede ser, hace 25 años yo ni existía, creo que se confunde un poco.
- Eso me dices siempre, pero es porque en tu condición el tiempo es algo efímero y muy confuso, no lo vivimos igual. Lo que te digo son cosas que hemos hablado muchas veces pero tú no terminas de entender por eso sigues viniendo a verme.
- No, don Gris, no es así, lo que pasa es que usted está muy cansado y más triste que de costumbre-, le dije preocupado.
- Sí, mijo, ya lo sé,- me contestó sereno, -pero también te he dicho que si bien antes me quería morir, ahora no. No te acuerdas, pero cuando empezaste a venir te prometí tejer una sábana en lino deshilado para tu mortaja y unos pañuelos para tu viaje. También te prometí hacer unas servilletas en punto de cruz para que le lleves a tu mami. En eso he andado en estos días, que me parece que ahora sí son los últimos y se lo agradezco a Dios pues tú ya mereces descansar, hijo de mi corazón. Te pido perdón por todos los años que ocupé para esta tarea pero el bordado en deshilado es muy laborioso y ya no veo bien además de que el pulso no me ayuda-, me dijo apenado.
Le contesté cortante y tantito grosero: - Perdóneme don Gris pero no comprendo su historia, no tiene sentido. Creo que lo altera el tema de su hijo y yo no le estoy ayudando mucho que digamos. Y el asunto de la mortaja no me gustó, le soy sincero.
- Es que a nadie le gusta hablar de su muerte, mijo. No te culpes, pero cuando los viejos deliramos decimos verdades de otro tamaño. Cosas que son diáfanas para los espíritus y se mezclan con los fundamentos de lo eterno. En mi corazón ya no hay mentiras ni tentaciones mundanas, hoy agradezco verte a los ojos y decirte que he llorado con rabia e impotencia tu tragedia, que tu partida, mi niño, me hizo renegar y maldecir a la perra suerte que se ensañó contigo...
- ¡No, no, don Gris! Está usted delirando, yo no soy su hijo, por favor tranquilícese. Mi papá se llamaba Cruz-, le grité preocupado pero no se sorprendió.
- Sí, mijo, Cruz, así me llamo aunque tú insistas en llamarme Gris como me dice la gente. Tú eres Alfredo, mi hijo amado, y hoy por fin podrás llevarte mi amor y entregárselo a tu mamá en mis servilletitas y tu mortaja.
- ¿Cómo? ¿Su hijo también se llamada Alfredo? ¿Entonces estoy muerto?-, le dije siguiéndole la corriente ya muy nervioso.
- Sí. Eres Alfredo y estás muerto, pero a partir de mañana será inmortal, hijito. Descansa en paz y dile al viento que no se olvide mí, que me traiga noticias tuyas y un consejo para bien morir. Y ya vete, porque la cita con la muerte se venció y ya nada te puede hacer la hija de la chingada. ¡Te toca vivir, hijo de mi alma! ¡Bendito seas!
Don Gris, o don Cruz, se quedó extrañamente tranquilo y con una sonrisa plena de ternura acompañando el ademán juguetón de sus manos que me decían adiós acompasadamente.
Casi salí corriendo de su casa, muy nervioso, y pensé en que mañana tengo que viajar en la moto a un compromiso de trabajo fuera de la ciudad. Por si las dudas mejor no voy a ir.
