El camino de David
Encontré a David hace unos meses en la costa de Oaxaca. A menudo recuerdo su imagen como un recado que olvidé hacer, un nombre que se sobrepone al pasado y al olvido. El hecho de que su recuerdo haya superado la barrera del tiempo tiene que ver, quizá, con la inocencia de un niño que de manera inconsciente concibe un mundo sin barreras, un espacio donde cada hora de vida tiene la virtud de ser irrepetible; quizá, su historia sea una forma de recordar una obviedad a menudo escondida: somos humanos.
David llegó a la casa del migrante en Ixtepec después de un viaje de varias horas sobre ese tren de carga que ya todos asocian al nombre de ‘la bestia’. La imagen se repite a diario en el sur de México: decenas de personas buscando una frontera desdibujada, una fotografía en el bolsillo, rostros agotados, ropa sucia, historias de hambre y violaciones.
Aquel niño me llamó la atención por su imagen pulcra. Tenía el pelo corto, rizado y cuidadosamente peinado con gel; vestía una camisa que parecía recién planchada, sus gestos eran nobles y desprendía un fuerte olor a perfume. Me pareció la imagen más irreal de un migrante que camina cientos de kilómetros con una mochila escolar al hombro. Lo que más me llamó la atención fue su edad, 12 años, y su carta de presentación: “viajo solo”.
Con sus delicadas formas, David me contó que hacía teatro en la iglesia de su pueblo, allá por Honduras. La iglesia, me dijo, es pequeña, y la mayoría de las personas se dedican a las labores del campo. Es raro encontrar un teatro por allí. Pero David salía de la escuela a diario ilusionado con maquillarse y actuar sobre el altar.
David alimentaba sus sueños viendo la única y destartalada televisión que había en su casa, donde pasaban telenovelas y alguna que otra película… Un día dijo a sus padres que se iba a México. “¿A dónde?” “A México, voy a Televisa. Quiero ser actor”.
El niño lo tenía claro. Había ahorrado algo de dinero trabajando en las tardes. Con eso llegaría hasta las instalaciones del medio de comunicación más poderoso de Latinoamérica y presentaría su candidatura a estrella televisiva. En su mundo no suceden muchos milagros, pero quién sabe, no había mucho que perder. Sus padres accedieron.
David hizo su mochila, en la que no faltaba el perfume y el peine, y se subió al autobús. Al llegar a Guatemala le robaron todos sus ahorros, pero lejos de echarse atrás y regresar a Honduras, buscó a gente como él, y, para su sorpresa, encontró a muchos. Los migrantes le hablaron de un tren. Allí podría viajar sin dinero hasta México y llegar a su destino. David no lo pensó dos veces: arriesgaría todo por un sueño.
Incrédulos al ver a alguien tan pequeño cabalgando sobre una ilusión tan grande, los adultos que viajaban con él le apadrinaron. En las noches velaban su sueño, y en el día trataban de convencerle para que continuara su travesía hacia Estados Unidos, “ya que estas”. En el país del Tío Sam le darían papeles por ser menor de edad, lo tendría fácil. Pero David se negó tajantemente. Su destino era México, “y punto”.
Cuando me despedí de David pensé por un momento en decirle que no lo intentara, que jamás le dejarían pasar, que cuando llegara a esa puerta iba a encontrar a un agente de seguridad con dos dedos de frente y que nunca accederían a escuchar su historia. No lo hice. No era yo el encargado de romper en pedazos la ilusión de un niño que recorrió varios países para hacer lo que quería. Nadie debería hacer eso.
David tenía estrella. Hay millones de ellas brillando a nuestro lado. Pero en este mundo alguien decidió que todas debían apagarse con el paso de los años. El cartel está escrito en letras mayúsculas: “NO HAY ESPACIO PARA TANTA LUZ”.
La sabiduría árabe y la insensatez norteamericana
Viajamos a los Estados Unidos, nos pitorreábamos de los gringos. Son como pan a medio cocer, salen crudos del horno. Y luego quieren que uno los quiera”. FRIDA KAHLO (Diego, estoy sola, Diego ya no estoy sola: Frida Kahlo. Del libro de E. Poniatowska, Las siete cabras, 2000).
Quienes hayan leído con interés la epopeya de La guerra y la paz, de Tolstoi, recordarán algunas peripecias de la guerra entre el ejército zarista y las huestes napoleónicas.
Han pasado muchos años desde mis lecturas tolstoianas y sólo vienen a mi memoria fragmentos de ellas. Recuerdo por ejemplo, la imagen del jefe del ejército ruso, Kutozofi, casi ciego, sentado en su sillón oyendo impasible los partes de guerra de sus oficiales.
Al otro lado de las lejanas trincheras, se paseaba nervioso el genio militar más grande de la historia. Le seguían sus subordinados y su secretario privado, que anotaba en un cuadernillo las frases célebres que Napoleón había creado durante la noche anterior.
Ante la llegada inminente de la división armada más poderosa del mundo, Kutozofi dormitaba en un sillón ante la impaciencia de sus generales. Frente a las imprecaciones de éstos, el viejo militar respondió: - Calma señores. Es el invierno el que ganará la guerra.
Y así fue. El ejército francés sufrió su más grave derrota ante las nieves de las estepas rusas.
Hoy, Saddam Hussein está ganando tiempo, porque día tras día las tropas norteamericanas, acostumbradas al aire acondicionado de West Point y a su Coca Cola helada en los campamentos de Louisiana, se calcinan bajo el sol de la Arabia.
Hussein puede responder a sus oficiales como Kutozofi en su tiempo: -El desierto ganará la guerra. ... y nacen convencidos que no hay nadie en el mundo que sea más importante que los americanos, Napoleón para ellos fue un señor italiano que organizó el jaleo sin americanos, y están más que seguros que no hubiera perdido Waterloo con la ayuda de los americanos. Si conocen historia no es por haber leído sino de haberla visto en el cine americano, con grandes escenarios y música grandiosa en el sutil estilo de los americanos. De mandíbulas grandes de tanto mascar chiclets es común el ver a los americanos, luciendo mil colores, todos menos el negro, al que no consideran del gusto americano. Cuando son mayorcitos se visten de turistas y se van por el mundo los americanos, en viaje organizado, con romance incluido a la larga pagado por los americanos. Si hay algo que se admira dondequiera que vayan es la gran elegancia de los americanos, con típicos atuendos se mezclan con la gente y nadie se da cuenta que son americanos. Y además siempre compran valiosas cosas viejas recién envejecidas para americanos, y después, en sus casas reciben amistades que alaban el buen gusto de los americanos. Y en los clubes nocturnos, después de algunas copas, se sienten inspirados los americanos, y es muy común hallarlos bailando sin descanso derrochando la gracia de los americanos. Y bien, amigos míos, ya basta por ahora les dije lo que pude de los americanos, el resto no conviene que pase en un buen disco y si los ven, les darán mis recuerdos a los americanos.
Los gambusinos del Río Bravo
Se roló daño de migrar o llorar... gime doña Dolores. #PalíndromosdeLimon
Muchos jóvenes abandonan la escuela, dejan el trabajo en la zapatería de su padre, rompen la alcancía del hermano menor, compran una camiseta de inscripciones coloridas y se van a la gran aventura de los Estados Unidos.
Yo conozco a varios que se han ido para no volver. Y conozco a muchos que han vuelto para no regresar. La recesión americana ha endurecido la economía, ha cerrado centros de trabajo, ha creado una xenofobia en contra de portorriqueños, de cubanos, de guatemaltecos y de mexicanos. Animadversión que se muestra en la violencia de la “migra” en contra de quienes cruzan la frontera por el río Bravo.
Los gambusinos en busca de oro encuentran ahora las balas de la policía norteamericana, los perros lobos de la patrulla fronteriza, los grilletes de hierro con que les agarran los tobillos para que no escapen, las siniestras cárceles del condado y, a veces, muchas veces, la pena de muerte ignominiosa e injustificada en la silla eléctrica.
Y quienes consiguen trabajo lo logran en la oscuridad de los sótanos de Atlanta, en los campos helados de Iowa, en los ferrocarriles de Mississippi. Allí laboran nuestros muchachos como forzados en campo de concentración. Hacen lo que nunca hubieran hecho en su tierra: colectar patatas, cargar bultos, lavar urinarios, clavar durmientes entre hielo. Todo a cambio de un puñado de dólares manchados de sudor y de sangre.
¿Por qué nuestro gobierno no impide esa vergüenza nacional? ¿Por qué no crea para estos migrantes puestos de trabajo? ¿Cómo permite que en la frontera se mate, se veje, se viole a muchachos y muchachas que cruzan el río con la espalda mojada?
¿No hay trabajo aquí? ¿No hay ya tierra para cultivar? ¿No existen ya puestos para carpintero, para plomero, para pintor, que los están esperando?
Que nuestros gambusinos del río Bravo vuelvan los ojos a su propia tierra, en donde todo, casi todo, está por hacer.
