Cuando leas esto probablemente yo ya no esté en ningún lugar. Sé que voy a morir pronto; estoy muy cansado y viejo además de que la pinche diabetes me agarró de encargo y cada día pierdo un poco más de eso que se conoce como vida. De la dignidad ya ni hablamos, pero a estas alturas del juego ya hay pocas cosas que me preocupen de más. Mi condición es la de la bacteria que vive sólo por la providencia del moho.
Así que lo que te voy a decir tal vez sea lo único digno o que merezca respeto de ésta, la última fase de mi vida.
No esperes una confesión desgarrada ni una súplica por todos los errores que cometí y que tú conoces demasiado bien como para quitarte tiempo con eso. Esto es algo más sencillo, intrascendente para la mayoría y espero que también para ti.
Si las palabras me ayudan, y tengo un poco de suerte captando tu atención, tal vez éste sea mi canto de cisne, la epifanía que ha de preparar mi conciencia para la muerte... o una nueva vida, depende de cómo me vaya. Deséame suerte.
De repente pienso qué haría si Dios me diera la oportunidad de cambiar algo de mi vida para estar en paz y entregarme tranquilo al último jalón, y por más que divago siempre caigo en lo mismo. De tantos errores que cometí hay uno que me acosa en los sueños y en las ansiedades de mis días.
Sé que no es grave, pues a mi edad algo entiendo de pecados y errores humanos y, en la comparación de los grandes dramas, lo que pasó con Eva es más bien algo bonito que eché a perder y que me gustaría remediar de alguna manera.
Ni siquiera el remordimiento por haberte abandonado a ti y a mis hijos hace tantos años me atosiga tan vívidamente como la separación de Evita. Claro, sé que irme de esa manera estuvo muy mal y que con algo he de pagar por ello antes de morir. Es una sentencia que acepto resignado como algo concluido e irreparable que merece ser castigado con olvido y ya. Volver al polvo y cerrar el ciclo sin más monsergas.
Pero lo de Evita es diferente.
Al recordarla pienso en lo hermoso que sería si Dios me diera la oportunidad de hacer mejor las cosas con ella y llevarme a la tumba un recuerdo apacible de esa amistad inocente.
Igual que tú, a Eva la conocí desde que nació. Ella era hija de Eréndira... esa mujer, como tú le decías y que condenabas desde entonces por el abandono del marido. ¿Sabes algo de ella?
Si lo recuerdas, Eréndira es hija de Ofelia que supongo es la persona que más me aborrece en la faz de la tierra. Con gusto le escribiría a ella sólo para darle el placer de la venganza, pues algo me dice que le haría feliz la inminencia de mi muerte, pero ya no tengo fuerzas para nada, ni siquiera para pedir perdón. Así que le dejo a Dios le conceda una bonita venganza, como dice la canción. Si alguien merece esa satisfacción es ella.
La historia con Eva la conoces y por eso sé que en tu corazón no le guardas rencor, pues tú y ella padecieron la separación de seres queridos y el fin de una historia llena de recuerdos bonitos.
La vida es caprichosa y muchas veces injusta, como sabrás.
Eva y yo nos hicimos amigos desde la pequeña distancia que separaba nuestras casas. ¿Recuerdas? Ella tenía cuatro años y me gritaba desde su balcón: ¡Don Chucho, ¿quiere ser mi abuelo?
Yo le decía que sí, que me encantaría ser su abuelo, y tú te reías mucho por las ocurrencias de la niña. Yo tenía 45 años y Rafa, nuestro hijo mayor, era un jovencito de 17, por lo que tú te burlabas de que Eva me viera cara de abuelo.
Las charlas con la nena a través de los balcones de nuestras casas eran muy divertidas. Tú misma le contabas historias que la niña escuchaba atenta, pues le cautivaba tu ternura, pero a ti no te decía abuela. Ya tenía una.
Recordarás que el abuelo de Eva falleció de un infarto cuando la niña tenía tres años. Estoy seguro que ella no lo recordaba, pero tal vez algo en su corazón le advertía de un latido triste, ocasional, que le hacía sentir sola. Huérfana de abuelo y niña sin padre.
Ella era la única niña en esa casa y casi siempre estaba sola jugando en la terraza desde la cual charlábamos.
Durante más de un año las pláticas fueron cotidianas y siempre divertidas, e incluso Eréndira, la mamá, y Ofelia, la abuela verdadera, subían ocasionalmente a la terraza a vigilarla y participaban de las charlas. Eréndira siempre reconvenía a Eva: - No le quites tiempo a los señores, ellos están ocupados.
Eva sonreía melancólicamente y replicaba: Don Jesús es mi abuelito... ¿y verdad que no les quito tiempo?
Una tarde en que Eva me sorprendió cuando guardaba la escalera en la azotea, me dijo: - Abue, si me pasas un lado de la escalera y me ayudas a recargarla sobre el barandal de mi casa y el otro lado lo pones en el barandal de la tuya puedo pasarme por los escalones a tu casa y jugar un rato con tus perritos. Cuando ya vaya a llegar mi mamá del trabajo me regreso para que no me regañe.
Le dije que no podíamos hacer eso pues era peligroso, además de que su abuela se iba a enojar.
La niña insistió pero yo la hice recapacitar sobre el peligro de usar la escalera para ese propósito.
- ¡Ay, abuelito!, entonces habla con mi mamá y dile que ponga un puente entre tu casa y la mía para pasar sin peligro a tu terraza y jugar con tus hijos y los perritos. Así ya no estaría sola todo el día.
La niña me conmovió con la idea y su claridad para enunciarla, aunque mi hijo más chico tenía diez años y difícilmente aceptaría jugar con ella.
Sólo pude decirle que me parecía un plan excelente y que se lo iba a proponer a su mamá para ver si estaba de acuerdo y llevarlo a cabo.
Cuando te platiqué lo del puente intuiste algo que todavía no sé cómo confirmaste con tanta rapidez y claridad. Yo me tardé seis meses en darme cuenta de que desde ese día ya sabías todo.
Despues me dijiste que en realidad la clave fue la escalera. En todo momento me sorprendió tu entereza y categoría.
Y sé que fueron seis meses ya que ese fue el plazo que Eréndira me puso para salirme de la casa e irme a vivir con ella al DF, pues había conseguido un mejor trabajo. La niña se quedaría con la abuela una temporada, me aseguró.
Lo demás ya sabes cómo ocurrió. No hay una manera sencilla de contarlo ni mucho menos justificarlo, merezco todos tus insultos y el desprecio de mis hijos.
Y los merezco más porque en esos seis meses mi amor por Eva creció de una manera hermosa, jamás he sentido en el corazón tanta inocencia y bondad.
Ser su abuelo postizo fue un regalo que bendigo a pesar de la indignidad que me hizo separarla de su madre por el puro capricho de una mala pasión.
Me avergüenzo del dolor que te produje a ti y a mis hijos, pero me avergüenzo más por la pena que la causé a Eva al despedirme.
Nieta sin abuelos, hija sin padre, niña solitaria luchando por unir los retazos de su vida con puentes imaginarios.
Como sabes, Eréndira me abandonó hace algunos años y desde entonces yo ya no supe crear ningún lazo genuino con nadie más. Quizá no me interesó o tal vez sólo me hizo falta la imaginación de Eva y su voluntad creadora.
Pienso que de alguna manera en mí se cobró Eréndira el abandono y repudio al que la sometió el padre de la niña. Sea como sea, ni ella ni yo tuvimos la honestidad para asumir nuestros errores y mucho menos resarcirlos.
Sé que voy a morir y lloro de tristeza por no saber qué fue de la niña (ya ha de ser una mujer). Ojalá con tu buen corazón le puedas pedir perdón en mi nombre, si algún día la ves.
Que Dios te bendiga con el amor de tus nietos, lo mereces pues son solo tuyos y es lo mejor que Dios pudo disponer para ellos. Que no les pase lo de Eva.
