Per­mi­tanme expli­car­les, Irán está gober­nado por luná­ti­cos, faná­ti­cos reli­gio­sos." Marco Rubio Secre­ta­rio de Estado de EE. UU. El domingo de ramos, Jesu­cristo entró en Jeru­sa­lén mien­tras las mul­ti­tu­des lo reci­bían con ala­ban­zas, hon­rán­dolo como a un rey, ahora es a mí a quién lla­man rey, ¿lo pue­des creer?".

Donald Trump Pre­si­dente de Esta­dos Uni­dos Fuiste trai­cio­nado, arres­tado y acu­sado fal­sa­mente. Es un patrón fami­liar que nues­tro Señor y Sal­va­dor nos mos­tró... Gra­cias a su resu­rrec­ción, resu­ci­taste." Paula White-Cain Con­se­jera espi­ri­tual de Donald Trump

Eufro­nio ya no me reco­no­ce­ría. Yo a él sí. Tiene casi cien años. Me cuen­tan que per­ma­nece varios minu­tos frente al espejo pre­gun­tán­dose quién es la per­sona que hay frente a él. El alz­héi­mer y el olvido lo ace­chan. Ahora, a miles de kiló­me­tros, me pre­gunto si en su mente habrá que­dado algún ras­tro de las anéc­do­tas feli­ces que me con­taba o, por el con­tra­rio, sobre­vi­virá el sabor amargo de ese vuelo hacia unos idea­les que se derrum­ba­ron poco a poco, sin que­rerlo, como el agua des­gasta los cimien­tos de un cas­ti­llo de arena.

‘Froni’ era el menor de cua­tro her­ma­nos. Nació en un pue­blo de la meseta cas­te­llana, en las pla­ni­cies cen­tra­les del norte de España. Todas las casas en aquel pue­blo esta­ban cons­trui­das con barro y paja, como los relie­ves de una anciana con un largo vien­tre de tie­rra, una mujer que la mirada no puede enmar­car. Las lla­nu­ras con­ser­van ese doble ros­tro que lleva al límite las pers­pec­ti­vas. Por un lado amplían el hori­zonte hasta hacerlo ina­bar­ca­ble; por otro acom­ple­jan al hom­bre y lo hacen pequeño en la inmen­si­dad.

La lla­nura frente al pue­blo de Froni estaba cubierta de trigo. La espiga de este cereal tiene la forma de una cabe­llera tren­zada; en cada uno de sus ‘nudos’ cre­cen nueve flo­res, de las cua­les ocho mue­ren y una ger­mina. El trigo, como el cam­pe­sino cas­te­llano, crece con alma de super­vi­viente. Las deci­sio­nes en aque­llas fami­lias con­lle­va­ban una tras­cen­den­cia seme­jante al sacri­fi­cio. En su caso las opcio­nes solían redu­cirse a dos, y, al ele­gir, la alter­na­tiva recha­zada moría casi de forma ine­vi­ta­ble. No había una segunda opor­tu­ni­dad.

Miles de hom­bres que nacie­ron en la meseta cas­te­llana esco­gie­ron en el siglo XX el camino de la emi­gra­ción. Todo o nada. Fue­ron la prin­ci­pal mano de obra de la indus­tria pesada de las pro­vin­cias nór­di­cas, como la side­rúr­gica en el País Vasco o la ferro­ca­rri­lera en Cata­luña. Froni optó por irse a Madrid para alis­tarse en las FAI, el brazo más radi­cal del anar­quismo en el país. Era 1936 y aca­baba de esta­llar una gue­rra.

“La culpa fue de Gius­sepe”, diría Froni con una son­risa con­ta­giosa, ele­gante, el bigote cui­da­do­sa­mente recor­tado y un cha­leco de fra­nela sobre la camisa. Gius­sepe Fra­ne­lli. Alumno de Baku­nin e intro­duc­tor del anar­quismo en España, el mismo que a fina­les del siglo XIX viajó a México para alec­cio­nar a hom­bres como Ricardo Flo­res Magón, prin­ci­pal ideó­logo del Ejér­cito Liber­ta­dor del Sur. Una extensa red de cam­pe­si­nos siem­pre al borde de la super­vi­ven­cia abra­za­ron las ideas de Fra­ne­lli como se abraza a un hijo en la des­pe­dida. El anar­quismo llegó a reclu­tar a miles de hom­bres hasta con­ver­tir su fuerza sin­di­cal, la Con­fe­de­ra­ción Nacio­nal del Tra­bajo (CNT), en la más nume­rosa de España.

De los anar­quis­tas decían que podías con­fiar­les un millón de dóla­res y tener la abso­luta cer­teza de que no toca­rían ni un cén­timo. Cuando el escri­tor inglés George Orwell llegó a Cata­luña para com­ba­tir en las filas de la Repú­blica, vio en ellos el ren­glón más sin­cero de la gue­rra.

“… era la pri­mera vez que yo pisaba una ciu­dad donde esta­ban al mando los obre­ros. Habían requi­sado todos los edi­fi­cios y los habían tapi­zado de ban­de­ras rojas o con la ban­dera roja y negra de los anar­quis­tas… Nadie decía señor, ni don, ni siquiera usted, sino que todos se lla­ma­ban cama­rada, se tutea­ban y decían ¡salud! en lugar de bue­nos días… Era extraño y con­mo­ve­dor… En el acto com­prendí que era una situa­ción por la que valía la pena luchar”.

Cuando los anar­quis­tas tuvie­ron el poder en sus manos no supie­ron que hacer con él. El poder les que­maba. Eran obre­ros y cam­pe­si­nos que lo único que habían gober­nado en su vida era la yunta y el fie­rro. La sin­fo­nía de prin­ci­pios huma­nis­tas reclu­taba a hom­bres vale­ro­sos para las colum­nas, pero tam­bién las peor arma­das y caó­ti­cas. Siem­pre recha­za­ron cual­quier jerar­quía, mili­tar, polí­tica o civil. Para lo bueno y para lo malo.

El gobierno de la Repú­blica (al que los anar­quis­tas apo­ya­ron tem­po­ral­mente para derro­tar a Franco) pronto se con­vir­tió en resis­ten­cia y poco des­pués en huida y exi­lio. Froni cruzó la fron­tera con Fran­cia y se alistó para com­ba­tir a los ale­ma­nes desde un prin­ci­pio que jamás olvi­da­ría: “La uni­for­mi­dad es la muerte; la diver­si­dad es la vida”.

A la hora del café, Froni recor­daba una anéc­dota en las trin­che­ras fran­ce­sas durante la Segunda Gue­rra Mun­dial. “Ce n´est pas notre gue­rre” (ésta no es nues­tra gue­rra), decían los sol­da­dos escu­chando sil­bar las balas por encima de sus cabe­zas. Y Froni, al con­tarlo, ponía cara de asom­bro. “Soy espa­ñol”, les decía, “y ahora les defiendo a uste­des, fuera de mi país… ¿debe­ría ser ésta mi gue­rra?”.

Es posi­ble que todo lo haya olvi­dado ahora, mirán­dose frente al espejo. Pienso en él a miles de kiló­me­tros, escu­chando y leyendo a los polí­ti­cos y los ada­li­des tele­vi­si­vos de México empleando el tér­mino anar­quista con tanto des­dén. Esas pala­bras que alguna vez sig­ni­fi­ca­ron algo (liber­tad, igual­dad, jus­ti­cia), sue­nan en su boca a mierda y men­tira. Ellos no tie­nen alz­héi­mer, Froni, créeme. Ellos son el alz­héi­mer.

El infra dinero

Tiene el Banco Nacio­nal un gran asunto pen­diente, por la causa insu­fi­ciente del tesoro arti­fi­cial. Con el cripto capi­tal el dinero es la riqueza, que sólo está en la cabeza de los fal­si­fi­ca­do­res, gene­ra­les y doc­to­res del antro de la pobreza. La pobla­ción sufre inquieta, sin pro­tec­ción que la abri­gue, por­que el ham­bre la per­si­gue donde quiera que se meta. El dinero lo enga­veta el mas­tín de la nación, un sin­ver­güenza, ladrón, que en nom­bre del pue­blo trata de que nadie tenga plata para su ali­men­ta­ción. Se ve a la gente correr por acer­carse a un cajero, pero al final el dinero muy pocos lo pue­den ver. Es la ambi­ción y el poder del polo norte del banco, con menos mano que un manco, sin solu­ción de moneda y la pobla­ción se queda con el estó­mago en blanco. Siem­pre la gente reu­nida alre­de­dor de la caja, pro­cu­rando una migaja que le sus­tente la vida. Ellos para la comida busca su dinero ausente, pero des­gra­cia­da­mente se tie­nen que reti­rar a su casa, sin cobrar, pero ade­más no hay corriente. Es nues­tro pue­blo cubano llo­rando nece­si­da­des, con tan­tas con­tra­rie­da­des y sin un peso en la mano. El niño sale tem­prano con direc­ción a la escuela, vis­tiendo la pobre tela del uni­forme esco­lar y cuando vuelve a su hogar hay silen­cio en la cazuela. Bajo el yugo de la ausen­cia de un bol­si­llo sin sala­rio, el pade­ci­miento dia­rio es como una peni­ten­cia. Lla­man a la resis­ten­cia con­vo­cando juven­tu­des, pero hay un Canel Ber­mú­dez, que de canel tiene el CAN, sin saber a cómo están en Cuba los ataú­des. No que­re­mos aguan­tar tanto dolor, tanta muerte, mien­tras Cuba se con­vierte en un triste bule­var. Este fan­tasma insu­lar ten­drá que cam­biar un día por­que sin la tira­nía con su maca­bro diseño, nues­tro pue­blo será el dueño de su pro­pia eco­no­mía. El dólar ame­ri­cano cam­pea por su res­peto, aplas­tando el esque­leto del pobre peso cubano. Ten­drá que alzarse una mano de fuerza inter­na­cio­nal, poniendo punto final a tan terri­ble odi­sea, y, ya libre, Cuba sea dueña de su capi­tal.

La Bes­tia

Men­ciona mucho el infierno para vol­verse temido pero es un dia­blo jodido que jode todo un gobierno; bus­cando un per­fil alterno qui­siera pedir ayuda pero le queda la duda tras el estú­pido lío: ¿como Rey de los Judíos lo va a trai­cio­nar un Judas? Que le den sus lati­ga­zos y la corona de espi­nas a esta bes­tia que domina el arte de los fra­ca­sos; ¿o el mila­gro ven­drá acaso de una trai­ción israe­lita? ¡Que azo­ten al sodo­mita y lo cuel­guen a las tres!... ¡Que se muera de una vez para ver si resu­cita!

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