Hay momentos en la política internacional en los que uno tiene la sensación de que el mundo avanza… pero con el freno de mano puesto. El reciente episodio protagonizado por Donald Trump y su insistencia con Groenlandia es uno de esos casos. No porque el territorio no tenga importancia estratégica, sino porque volver a plantear la idea de ‘controlar’ o presionar sobre territorios ajenos revive fantasmas que creíamos superados.
Groenlandia no es una isla deshabitada ni una casilla más en el Turista Mundial. Tiene soberanía, identidad política y un marco jurídico claro. Que un presidente de una potencia mundial sugiera, directa o indirectamente, que puede hacerse de un territorio ajeno por razones de ‘seguridad nacional’ genera algo más que polémica: genera estrés, tensión innecesaria y un peligroso precedente.
Hoy es Groenlandia, mañana quién sabe. Y este no es un tema aislado. Ahí está el caso de Venezuela que vuelve a poner sobre la mesa una discusión incómoda pero urgente. Sí, el gobierno de Nicolás Maduro ha dejado muchísimo que desear. Sí, hay razones de sobra para criticar su autoritaritarismo y el deterioro institucional del País, pero una cosa es la crítica política y otra muy distinta es justificar la irrupción o presión directa de potencias extranjeras en un territorio soberano.
Si el pueblo venezolano hubiera decidido quitar a Maduro por la vía interna, por sus propios medios, el juicio histórico sería otro. Pero hacerlo desde fuera no es democracia: es intervención. Justo ahí entra una idea que en México conocemos bien y que durante años fue una bandera de nuestra política exterior: la Doctrina Estrada.
Ese principio —defendido por Andrés Manuel López Obrador y ahora ratificado por la Presidenta Claudia Sheinbaum— sostiene algo tan sencillo como contundente: México no interviene en los asuntos internos de otros países ni juzga la legitimidad de sus gobiernos; respeta la autodeterminación de los pueblos.
Porqué, cuando se normaliza y aplaude la intervención ‘por buenas razones’, el límite se vuelve difuso. Hoy se interviene por democracia, mañana por seguridad, pasado mañana por recursos naturales y cuando eso ocurre, el orden internacional empieza a parecerse más a la ley del más fuerte que a un sistema de reglas compartidas. Eso sí es un retroceso gravísimo en materia de derechos, soberanía y convivencia entre naciones.
Trump, con su estilo provocador y su visión transaccional del mundo, parece cómodo jugando con esa línea, pero el costo no es menor, cada amenaza, cada presión, cada gesto de fuerza empuja al mundo a un escenario más tenso e impredecible, y en ese camino nadie gana. Defender la no intervención no significa defender malos gobiernos. Significa defender un principio básico: los pueblos deciden su destino.
Lo contrario es abrir una puerta que, una vez abierta, ya no se puede cerrar. No está de más decir que esto es a título personal. Fuera de contexto: El transporte público en Morelos desde hace rato anda presionando para que la tarifa mínima deje los 10 pesos. Y ojo, razón no les falta si hablamos de inflación, pero tampoco podemos voltear a otro lado cuando el servicio anda quedando a deber desde el trato hasta las unidades.
La Gobernadora Margarita González Saravia lo ha dicho sin rodeos: sí al aumento, pero con modernización. Si el gobierno está dispuesto a meterle hombro, los concesionarios también, así el ganarganar no sería solo para la ciudadanía, sino que también para quienes vive del volante. 6x6: El CMLL comenzó el año fuerte, exprimiendo su compadrazgo con AEW y trayendo talento internacional a sus primeras carteleras.
Roderick Strong, Ricochet, Gates of Agony y los mexicanos Bandido y Komander respondieron bien en CDMX, Puebla y Guadalajara. Lo mejor es que, por fin, la Seria y Estable parece haber recordado el encanto de las luchas mano a mano, más allá de tercias, cuartetas y esos formatos “cibernéticos” que a veces ni los luchadores saben cómo funcionan. El duelo entre Blue Panther y Último Guerrero fue prueba de ello: dos leyendas que, pese a sumar 118 años entre ambos, dieron una lucha más que digna.
El que sigue pasándola muy mal es Shocker. Quien alguna vez fuera uno de los grandes ídolos de la Arena México continúa inmerso en una espiral de desgracia que comenzó en 2017 con la lamentable lesión que le afectó permanentemente la quijada. Desde entonces se hicieron evidentes los problemas de abuso de sustancias que, como él mismo ha confesado, venía arrastrando desde mucho antes. Luego de ser detenido en múltiples ocasiones por alterar el orden público y causar destrozos en estado inconveniente, finalmente fue ‘guardado’ por un tiempo en la clínica de rehabilitación de Julio César Chávez.
Y aunque parecía que el 1000% guapo se mantendría 1000% libre de sustancias, ha tenido recaídas, dejando ‘tirados’ eventos para los que había sido programado. El escándalo más reciente se dio hace unos días, cuando en una discusión con su pareja se lesionó la mano al golpear el espejo de un automóvil.
La imagen del luchador ensangrentado y rodeado de policías vuelve a alimentar la narrativa de su decadencia.
Lamentablemente la industria de la lucha libre sigue quedando a deber en atención a la salud mental y adicciones, y mientras el tema siga fuera del ring, las historias como la de Shocker o el finado Abismo Negro seguirán repitiéndose.
¡Saludos!
