Nació en la Ciudad de México el 27 de enero de 1936 y llegó a Cuernavaca después de estar internada desde los tres hasta los 16 años.

Se graduó en el colegio Williams School for Girls en la carrera de contabilidad llegando a vivir con sus padres: don Luis Creel Terrazas de Chihuahua y doña Blanca Andrade Almada de Sinaloa, quienes ya residían en Cuernavaca desde hacía varios años.

 A esa misma edad Rosa Blanca Creel Andrade (Rosita) entró a trabajar al Banco del Sur con el señor don Carlos Novoa, siendo su papá un gran amigo de don Carlos y también era consejero de dicha institución.

Rosita tiene dos hermanas: Socorro y Ángela.

 Soco es la mayor; se casó con Rodolfo Garrigos y tenía un negocio de muebles para baño y azulejos.

 Su nieto era Presidente Municipal de Cuernavaca, Manuel Martínez Garrigos; y Ángela se casó con  Lorenzo Beltrán y tienen dos hijos: Lorenzo y Sara, quienes también viven en Cuernavaca.

Estuvo trabajando durante varios años y ahí conoció a José de la Fuente Peralta con quien contrajo nupcias en 1956 en la iglesia de Tlaltenango.

 Como es casi una costumbre cuernavacense se fueron de luna de miel a Acapulco.

 Tuvieron cinco hijos: Marisol, José Luis, Erika, José Ramón y Claudia.

El hijo de Rosita: José Luis es abogado litigante y se especializó en la materia de amparo.

 José Ramón es un exitoso restaurantero cuya especialidad es la preparación y venta de pizzas en su restaurante “La Fontana”.

 Está casado con Gabriela Flores, quien le ayuda en el negocio, tienen dos hijos: Daniela, quien tiene una Maestría de la Universidad de Boston Mass.

 Y José Pablo es ingeniero y trabaja para una empresa naviera que bajo contratos, que les da servicio a diversas compañías petroleras.

Su hija Marisol se casó con Gerardo Becerra De Hita.

 Su hijo José Luis (El chino), es abogado litigante y se especializó en la materia de Amparo y trabaja en un despacho con varios abogados que se encargan de todos los asuntos jurídicos.

 Rosita tiene una pequeña pero hermosa casa que le dejó su esposo José Luis De La Fuente.

 Sus amigos vacilan a su hijo Pepe diciéndole que pobre de su mamá que tiene que comer lo que él cocina.

 “es de pura envidia”.

Rosita se dedicó al hogar, pero pronto entró a trabajar en la tienda recién inaugurada de juguetes para niños, luego fue creciendo vendiendo artículos y muebles para el hogar hasta llegar a ser una de las mueblerías más importantes del Estado de Morelos la cual llevaba su nombre: Mueblería Carvajal.

 Su propietario.

 Trabajó en la mueblería de don Luis Carvajal, durante varios años, como subgerente de la compañía.

 Años después estuvo como coordinadora de ventas de la Compañía Fuller empresa dedicada a la fabricación de artículos de belleza, siendo ella quien manejaba a todas las vendedoras de esos productos en el Estado de Morelos.

Emilio Valdés, Director del Instituto Cervantes de Morelos, invitó a Rosita a participar como socia del Instituto, donde fungió como administradora y se jubiló en 1996.

 A los cinco años del fallecimiento de su esposo, José de la Fuente, cada año en que Pepe viajaba a diversas convenciones de la Compañía donde él trabajaba la conocida Casa Domec.

 Casi siempre viajaban juntos ya sea por toda la república, varias veces fueron a Las Vegas, Nevada y en una ocasión viajaron durante siete días en un crucero por todo el caribe.

Tiempo después de que su esposo José De la Fuente falleció de un infarto cerebral, Rosita se fue de viaje con su amiga María Tersa y su pequeña hija.

 Viajaron por todo el oriente.

 Visitaron Japón y se quedó impresionada de la vestimenta y trato amable de las mujeres japonesas, de las atenciones de los hombres y en especial de sus hermosos paisajes y cuidados jardines, luego fueron a China y a Singapur, donde dice que encontró a una de las ciudades más limpias que había visto, varios monumentos bellos y con una historia de fábula que las dejó profundamente impresionadas.

 De regreso a Cuernavaca continuó trabajando en el  Colegio Cervantes.

Se recuerda que de niña vivían en la calle Madero, donde ahora es el restaurante Bondy.

 De niña jugaba con los niños de la colonia a subirse a los árboles, comer mangos ver, guayabas, ciruelas de hueso grande y las olorosas pomarrosas.

 Nos cuenta que en aquel tiempo la calle Madero estaba llena de árboles frutales, de árboles laureles de la India y de los hermosos Hules que cubrían toda la calle como si fuera un hermoso arco; “el sol se veía tan hermoso cuando atravesaba las hojas de los árboles.

 La gente llegaba a gozar ese maravilloso espectáculo”.

Nos dice que muchas veces fue regañada por su familia al llegar enferma del estómago por comer tanto mango criollo verde con sal y limón.

 Quienes también jugaban con ella y con sus amigos, pero se cuidaban de no comer demasiado mango y arrancaban las pomarrosas para perfumarse.

En una ocasión, uno de los muchachos se subió a una rama alta para cortar guayabas y la rama se rompió cayendo el niño sobre el zacate que había en las guarniciones de la calle, uno de los papás llamó a la Cruz Roja porque el niño estaba sangrando y cuando ésta llegó el pequeño ya no estaba.

 Los padres y los de la ambulancia lo encontraron trepado en junto de los árboles, comiéndose una de las guayabas que siempre estaban llenas de gusanos.

 En lugar de acariciarlo y darle gracias a dios de que no pasó a mayores.

 Los de la ambulancia insistieron en llevar a niño a la Cruz Roja y el padre se fue con él, aunque regresaron de inmediato.

 Los papás le dieron sus nalgadas y se lo llevaron de las orejas a su casa.

Se recuerda de cuando fue Reina de la Asociación de Charros, de aquellos tiempos, donde iba al frente del grupo de los hombres de a caballo con sus trajes de gala de charros que relucían entre el resto del desfile.

 Por ese entonces, Rosita nunca se había subido a un caballo y estaba temerosa, pero al poco tiempo se le quitó el miedo y se comportó como si hubiera montado toda su vida.

 Aún guarda las fotos de aquella inolvidable ocasión en que lució como la mujer más hermosa del desfile en Cuernavaca.

Un día iban por la calle Guerrero y unos tipos llegaban con navajas de doble filo y les arrancaron las bolsas a ella y a su hija Marisol, entonces uno de sus amigos corrió tras los ladrones y logró recuperar sus pertenencias.

Lleva una vida tranquila en Cuernavaca, la ciudad que siempre ha amado y una vez a la semana se encuentra con toda su familia en céntrico restaurante donde nunca falta alguno de sus amigos que la vaya a saludar, la siempre bella mujer, entregada a su familia y a su trabajo, Rosa Blanca Creel Andrade es un ejemplo para toda la ciudadanía de Cuernavaca

Las hermanas Socorro, Ángela y Rosita, en su casa.

Rosita de la Fuente y su hijo José de la fuente Creel.

Por: Rafael Benabib / rafaelbenabib@hotmail.com