NO FALTÓ el que se puso sentimental y consideró excesiva la multa de 201 mil 500 pesos al Partido Humanista de Morelos, como si se tratara de pisotear a un desvalido, por violentar un ordenamiento electoral.

Vista la cifra aislada como ciudadano de a pie, claro que cala el monto, pero primero habrá de aclarar que esa franquicia de negocio que parece el Humanista recibe al año algo así como 4.8 millones de pesos.

Más aún, no se trata de que los negociantes de ese partido deban sacar de su bolsa el dinero, sino que se les deja de dar esa cantidad que es dinero público; peor aún, es una multa por infringir la ley.

LA MULTA al Humanista no es novedad, habida cuenta de la forma que ha trascendido del manejo de ese partido de la “chiquillada”, hace buen rato en manos de la camarilla sanguínea del diputado Escamilla.

Valgan algunos trazos para dibujar algo de la personalidad de la cabeza del Humanista: hace no mucho se quería “rajar la madre” en un pleito vehicular, riñó aventando objetos hacia un compañero diputado…

Suele ostentarse en el Congreso como modelo de honestidad y agrede al resto de la Legislatura, mientras literalmente en “su partido” se han multiplicado las protestas por la forma en que se erige como patrón.

Y PRECISAMENTE por la forma en que se maneja esta caricatura de partido que cuesta al bolsillo de los ciudadanos 4.8 millones al año, es que la autoridad electoral estatal le dio severo garrotazo el miércoles.

El Consejo Estatal Electoral observó que el Humanista no consolidó su órgano de justicia intrapartidaria, es decir por carecer del instrumento institucional que sirva de árbitro y que no solo sea la voz del “dueño”.

Pero ahí no solo parece tipo sociedad anónima en materia electoral, sino que también para efectos de rendición de cuentas a la sociedad, toda vez que la transparencia de sus manejos brilla por su carencia.

LUEGO ENTONCES, eso de pobrecito partido que le hincaron una multa de 201 mil 500 pesos no es precisamente para dar lástima, sino apenas una consecuencia de lo que sucede en nuestra partidocracia.

Por E. Zapata / [email protected] / Twitter: @ezapata1

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