La señalización vial representa una de las intervenciones más discretas pero efectivas en materia de prevención de accidentes de tráfico en México. En este contexto, el trazado de una “línea blanca” divisoria en carreteras, tantas veces pasado por alto, ha marcado la diferencia entre la vida y la muerte en tramos tradicionales de alta peligrosidad. A través de décadas de accidentes, desplazamientos y pérdidas humanas, las autoridades viales implementaron, como medida simple pero estratégica, la demarcación de carriles mediante pintura blanca continua.
Esa línea aparentemente sencilla actúa como una guía visual para los conductores: delimita espacios, previene invasiones de carril contrario, genera alertas de cambio de trayectoria y contribuye a mantener la atención en la vía.
Según el informe del medio, la aplicación sistemática de este recurso —acompañada de señales reflectantes, franjas antideslizantes y mejor mantenimiento del asfalto— ha permitido reducir drásticamente el número de siniestros graves en zonas donde anteriormente las estadísticas eran alarmantes. La línea blanca, entonces, se convierte en símbolo de ingeniería vial accesible, bajo costo y alto impacto, capaz de salvar miles de vidas cuando las condiciones de visibilidad y trazado eran deficientes.
Con cada kilómetro repintado, se refuerza la idea de que la seguridad vial no es exclusivamente cuestión de tecnología costosa, sino también de criterios básicos y consistentes de diseño, mantenimiento y disciplina del conductor. En suma, detrás de esa simple pintura blanca yace un legado de prevención: una herramienta que, sin estridencias, mejora la convivencia en la carretera y reduce el dolor de muchas familias que antes eran víctimas de la falta de demarcación.
