LECTURA DE COMPRENSIÓN


Galileo era un niño feliz, inquieto, imaginativo y que desde muy pequeño había mostrado una gran curiosidad por el universo. Le gustaba esperar a que anocheciera para descubrir el brillo de las estrellas, imaginaba que volaba entre ellas y viajaba hasta la luna.

— ¡Mira cómo brillan mamá! ¿No son preciosas?

—le dijo señalando al cielo con el dedo. — Una, dos, tres, cuatro...

—cantó

Pasaba los días de su niñez, feliz, imaginando, mirando al cielo y viviendo mil aventuras en el universo junto a todos sus amigos. Fue creciendo, tanto como su pasión por los astros y su curiosidad, y se hizo profesor. Un día, en la ciudad, escuchó hablar a dos hombres cerca de la universidad.

—Dicen que es verdad, es un aparato con el que puedes acercar las estrellas para verlas mejor.

— ¡Perdonen! ¿Dónde puedo encontrar ese artilugio?

—dijo Galileo a los hombres totalmente fuera de sí. Los hombres lo miraron divertidos, y viendo su curiosidad le dieron toda clase de señas para poder encontrarlo. Galileo quiso ver si aquello que decían era verdad, y cuando tuvo el anteojo en sus manos, que así se llamaba el aparato, lo apuntó rápidamente al cielo, emocionado.

— ¡Ohhhhh! ¡Realmente funciona!

—exclamó con lágrimas en los ojos. Desde ese día, Galileo no podía dormir pensando en hacer algo mejor para que le acercara más aún al universo. ¡Y construyó su propio telescopio! Tuvo tanto éxito con su descubrimiento que se hizo muy famoso.

—¡Cuanta belleza!

—decía observando todas las noches a los astros, ahora mucho más de cerca.

Tanta pasión tenía por el universo y tantas horas dedicaba a observarlo, que confirmó que Nicolás Copérnico, un astrónomo muy famoso muerto un siglo antes, tenía razón: la Tierra y los demás planetas giraban alrededor del sol y, aunque a los dos les tomaron por locos, el tiempo les dio la razón.