Conocí a Víctor Manuel Contreras desde los años sesenta, lo llevó a presentar a sus alumnos de secundaria la maestra Carmen Galván en el Colegio Cristóbal Colón, Víctor recién llegaba de París donde había estudiado artes. En 1958, en una parisina galería de arte, conoció a los príncipes rusos Félix Yusoupoff y a su esposa Irina Romanov sobrina de Nicolás II último zar de Rusia, el matrimonio había llegado a Paris a exiliarse tras la caída de la familia imperial rusa. Por su sinceridad y simpatía, Víctor, hizo gran amistad con Yusupoff, quien fue celebre por ser el artífice de la conjura contra Rasputín, aquel siniestro personaje que tuvo gran influencia en los últimos días del imperio ruso. El sábado 27 de septiembre del año ’58, Yusoupoff invitó cenar a su amiga recién divorciada la pintora ruso-polaca-judía Tamara de Lempicka, para que Víctor la conociera, y me contaba Víctor, que ella le decía “si yo tuviera unos años menos y tu unos años más, hablaríamos otro idioma” y nació una gran amistad, él, quedó impresionado por su elegancia, ella, lo invitó a visitar su estudio donde pasaban lluviosas tardes parisinas. Víctor viajó a Múnich y Milán para continuar con sus estudios; cuando regresó a París, los príncipes lo invitaron a vivir con ellos en su versallesco palacio de las cercanías, hasta que cinco años después por el fallecimiento de su padre -si mal no recuerdo- regresó a Cuernavaca, los príncipes lo animaron, siempre lo trataron como el hijo que no tuvieron. Historias como esta, que ya les iré narrando, las contaba Víctor “al détail”, era un gran conversador con destellos chuscos, simpáticos o curiosos que hacían muy amenas sus platicas, se trasportaba a esos momentos, contaba cuando lo visitó en su casa el sha de Irán Reza Pahlevi y su esposa Farah, su padrastro lo recibió con un “pásele mi sha” señalándole donde se debía sentar, y a su vez sentándose a su lado en el descansabrazos del sillón, habiéndole advertido Víctor que fuera muy discreto. Tamara le contaba anécdotas que ella vivió en la Revolución Rusa en San Petersburgo y sobre los personajes que formaban la burguesía, sus vivencias ilustraban la historia de ese mundo de los inicios del siglo XX desde la perspectiva de la aristocracia y de su posterior exilio en París con sus momentos difíciles, y de las grandiosas fiestas que organizaba en la “Ville lumière” -Ciudad de la Luz- fiestas que después continuaría en Cuernavaca y que pasaban desapercibidas para los oriundos. Para Tamara, su mundo era más importante que su familia, decía a su hija Kizette “nací para darle al mundo y no a una persona, mi obra soy yo misma”. Tamara amaba a su hija y al mismo tiempo tenían grandes diferencias.

La pintora venía por largas temporadas a Cuernavaca a visitar a Víctor, hasta que en 1972 adquirió la casa que llamó “Los Tres bambús” que era propiedad de Víctor en la privada Bell Senda de Avenida Palmira. Aquí, ella y Víctor entablaron amistad con la princesa María Beatriz

de Savoia y su madre la ex reina de Italia María José de Savoia, personajes impregnados de logros históricos, y también trágicos vividos en las dos guerras mundiales y la Revolución Rusa, que a pesar de todo siguieron siempre viviendo en el mundo de las celebridades.

En Cuernavaca, Tamara y Víctor fueron amigos de Octavio Paz y de su esposa Marie José; de García Márquez; aquí conocieron a Evelyn Lambert, fundadora junto con Peggy Guggenheim, del museo Guggenheim de Venecia, Víctor quiso traer a Cuernavaca uno de esos museos. De personalidad impresionante, Tamara era asidua al café de medio día en La Universal donde la conocí y traté acompañada de Víctor. Ella, pertenecía a los exclusivos grupos sociales de Europa y México, era invitada a los grandes desfiles de modas de las marcas de más renombre a donde viajaba de manera constante.

Tamara, “La pintora del glamour”, “La pintora del Art Decó”, alcanzó fama internacional con sus retratos de mujeres etéreas con ropajes flotantes y desnudos eróticos, sus cuadros se exhiben en las principales galerías del mundo y en colecciones privadas como la de Carlos Slim, la de Barbara Streisand, Madona, Jack Nicholson, que se valúan en cantidades millonarias en dólares, la mayoría fueron pintados en la recamara de su casa de Avenida Palmira, ahí tenía su caballete, y es que la inspiración le llegaba a medio sueño, también pintaba en el estudio de Víctor en Callejón Borda, donde pasaban largas horas pintando y conversando.

Tamara vivía acompañada de su servidumbre, Kissete hija única vivía en Houston, sus nietas; una en Argentina, y la otra en los Estados Unidos; y viendo el Popocatépetl desde su terraza le pidió a Víctor; “si muero quiero ser incinerada y que mis cenizas sean esparcidas en el volcán” y Víctor le hizo la misma propuesta si el moría antes, ambos cruzaron compromiso. En su casa de Avenida palmira -donde fue mi vecina- hizo su último testamento ante el notario Juan Dubernard designando a Víctor como heredero para que escogiera treinta de sus mejores obras, con la promesa de que serían exhibidas en treinta museos de los Estados Unidos. Ella muere en Cuernavaca acompañada de su hija Kizette y de Víctor. Al día siguiente llagaron algunas pocas amistades a la funeraria y al servicio religioso en la catedral donde sin falta acudía los domingos, siempre con Víctor, como él lo hizo hasta sus últimos días, donde nos saludábamos. Terminando la misa con las cenizas de Tamara, Víctor y Kissete fueron al Club de Golf Cuernavaca, donde los esperaba un helicóptero que los llevaría a depositar sus cenizas al Volcán, decía que “ella era un volcán”, era el 19 de marzo de aquel año de 1980, y Kizzet fue testigo de la promesa cumplida.

Hace tres años, la nieta de Tamara, María Cristina Lempick de Foxhool, llegó Cuernavaca para visitar a Víctor y tomar un acuerdo con Alexander von Hols actual propietario de la casa donde la pintora vivió y pintó sus últimos ocho años. Hols, viajó desde Emiratos Árabes a encontrarse aquí con Cristina para acordar la fundación de “El Museo de Tamara” en la que fue su casa “Tres bambús”, misma que donaría Hols, fue cuando Víctor me pidió escribir un artículo a modo de bienvenida para María Cristina que le encantó y llevó de recuerdo. No la conocí por encontrarme fuera de México en esos días.

Era frecuente que Víctor me llamara por teléfono solo para conversar, pero colgaba, quería que yo le regresara la llamada y así lo hacía. Sus monumentales obras están en importantes lugares públicos alrededor del mundo. Aquí en Cuernavaca está la “Paloma de la paz” ya un emblema de la ciudad, el Quetzalcóatl inmolado, y “La Madre y el Niño” inspirada, como me contó en el juego del Riqui-Ran como de chiquillo lo mecía su señora madre. Me preguntaba qué significado le veía a cada una de sus esculturas, y reíamos.

Y Nuestro amigo Víctor ya no está, era sencillo pero selectivo, ya no lo veremos sentado en la banqueta de calle Netzahualcoyotl casi esquina con Hidalgo degustando unos tacos de canasta, lo mismo era asiduo en los mejores restaurantes del mundo o sentado a la mesa lo mismo con dignatarios, con reyes o presidentes.

¡Hasta la próxima!

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