La guerra intestina está desatada en la administración López Obrador. El expediente contra el fiscal Gertz Manero, armado desde adentro del propio gobierno, es mucho más que lo expuesto en YouTube el viernes por la noche: hay más grabaciones telefónicas del fiscal general de la República y una sábana de la red de vínculos que lo señala por casos de corrupción, abuso de poder y tráfico de influencias.

El fiscal no está indefenso. Hace unos días relaté en esta columna que tiene varias investigaciones contra integrantes del círculo cercano del presidente López Obrador. Esas investigaciones van desde el secretario de Gobernación hasta uno de los hijos del primer mandatario. Todo esto, según fuentes de primer nivel.

Pero el viento ha cambiado de dirección para el fiscal. Hace unos días, tenía sometida a su familia política, tomada a favor de sus intereses la UDLAP y contra las cuerdas a su archienemigo Julio Scherer, exconsejero jurídico del presidente. En todos sus casos, el poderoso fiscal parecía arrasar, atropellar. Se veía imbatible y además, parecía gozar de todo el apoyo del presidente.

Pero se revelaron las grabaciones y fue la “voltereta”: hoy está claro que todo lo que haga Gertz tendrá la mancha de ese pecado original. El del abuso de poder, el del uso de los recursos del Estado para fines particulares, el revelado por sus conversaciones telefónicas.

En la Suprema Corte están por resolverse los casos de la UDLAP y del encarcelamiento de su familia política. La Corte misma está en crisis porque en las llamadas Gertz habla de los ministros como si fueran sus subordinados. Al hacerlo, los arrinconó. Cualquier voto a favor de Gertz confirmará lo escuchado en las grabaciones: que tiene ministros en la bolsa y que la Corte no es independiente ni imparcial. Y encima, la audiencia que se tenía prevista para ayer en el caso Scherer fue pospuesta un mes, es decir, sucederá en condiciones políticas dramáticamente diferentes: con un fiscal brutalmente desgastado, si no es que de plano con otro fiscal.

Porque si bien el primer impulso del presidente fue defenderlo, no está claro que resista el escándalo. Hay una enorme presión, y no sólo de opositores: aliados del presidente están ya hablando de perfiles para suceder a Gertz. Hay quien levanta la mano en la propia fiscalía, en la Corte, en el Senado, en el gabinete… repito: gente del presidente que quiere ocupar ese cargo. Más lo que ponga sobre la mesa la oposición.

El gobierno implosiona. No hace falta escuchar a la oposición ni atender a los medios de comunicación críticos. Basta con el registro puntual de lo que se hacen y se dicen los obradoristas entre ellos.

Las implicaciones de la revelación de los audios del fiscal constituyen una crisis política e institucional. El presidente ha optado por el encubrimiento total: frente a las pruebas de corrupción, extorsiones, enriquecimientos inexplicables, frente a documentos, fotografías, videos y audios, Andrés Manuel López Obrador protege a todos y se vuelve cómplice.

No es que las traiciones estén a la orden del día en el gobierno, es que el presidente ha decidido traicionar lo que dijo eran sus ideales.

Por: Carlos Loret de Mola A.

carlosloret@yahoo.com.mx


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