El trabajo académico se caracteriza por verificar la información. El periodismo serio también. Unos y otros saben de la importancia que tiene la comprobación de la veracidad de lo que sustentan. En la política también debería de ser la característica. No lo es tanto en México como en otros países. Los políticos han optado por hacer de la mentira una costumbre. No es nada nuevo, pero lo que sí es novedoso es que los políticos en nuestro país han hecho de la mentira un poderoso instrumento para gobernar. Se basan en la ignorancia de gran parte de la población por la pobreza cultural o por la económica.
Puede decirse, que en México, los políticos habían aprendido el concepto de Reyes Heroles que sentenció que la forma es fondo. Los políticos lo tomaban muy en cuenta. Con sus excepciones, en general trataban de ser congruentes con lo dicho y lo hecho. (Sin menoscabo de su afición por el dinero).
En el nuevo partido mexicano, que es un movimiento permanente, y, que recuerda cuando la revolución se institucionalizó, el mentir se convirtió en estrategia política. En una manera de comunicar; en un modo de hacer política aprovechando la falta de cultura de gran parte de la población. O sea, el pueblo bueno, al que no le gusta leer. Más bien, que no puede leer porque no sabe, porque no tiene tiempo, porque no le gusta, porque no tiene el hábito. Porque no tiene dinero. Porque no quiere. No leer, significa no saber y lo convierte en un sujeto pasivo y fácil víctima de los políticos sin escrúpulos.
En el caso de AMLO, el problema del mentir se ha incrementado con el ejercicio del poder. La tendencia a no sustentar la información que ofrece, ya sea la referente al desempeño gubernamental o a la que utiliza para diseñar sus políticas públicas, tiene dos efectos perniciosos. Por una parte, la obvia: el engaño a la población. Por la otra, el mal diseño de las políticas públicas, programas sociales, construcción de obra pública o asignación del presupuesto. No se basa en la evidencia disponible ni responde a una rentabilidad económica o social. El “leit-motiv” parece ser únicamente o bien sus creencias o bien la manipulación política, como afirma Amparo Casar en su libro “LOS PUNTOS SOBRE LAS IES. El legado de un gobierno que mintió, robó y traicionó” (DEBATE. 2024), que ha herido sensiblemente a López Obrador.
La molestia del presidente con el libro de María Amparo Casar es un escándalo que ha mostrado lo incómodo que resulta que al poder se le demuestren las falsedades y las mentiras. La molestia es tal, que está tratando por todos los medios deslegitimarla recurriendo a una de las más perversas persecuciones políticas que se conocen en el México moderno. Ningún presidente se había atrevido tanto. Si acaso López
Portillo, dijo, ante los ataques de los periodistas: no pago para que me peguen. También se les escamoteó el papel a los periódicos de aquel entonces, por criticones. Echeverría destrozó a Excelsior.
En el México del siglo XXI, no existen antecedentes del uso del poder en contra de un ciudadano, como del que estamos siendo testigos. El crimen cometido por la autora es mostrar lo que hay detrás de las palabras con investigación y análisis de los datos e informes del propio gobierno y otras fuentes.
La democracia garantiza el castigo para las fuerzas políticas que en el ejercicio del poder, no cumplieron lo prometido. La corrupción fue el tema principal de la campaña en 2018 de MoReNa. La promesa, evidentemente, no se cumplió.
En Morelos, como un eco, se han observado las mismas prácticas. Los escándalos se han sucedido uno tras otro, sólo interrumpidos por otros escándalos debido a la barbarie de los crímenes cotidianamente documentados. Lo terrible es que ya no parecen escándalos. Nos hemos habituado. El escándalo mayor sería que repitieran los que fallaron.
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