Detractores de la Virgen de Guadalupe, aparte de negarla, piensan que su imagen aparecida en un lienzo, no tuvo trascendencia en los siguientes meses de su aparición, debido a que el obispo Juan de Zumárraga no la divulgó ni escribió nada al respecto, a pesar de que a él iban dirigidas las flores que le enviaba la virgen como muestra de su aparición. Sin embargo, Juan Diego, portador de la señal, fue el encargado de difundir el suceso de la aparición de la virgen; él fue el apóstol que propagó en el Valle de México, la noticia de la sagrada aparición. 

El otro propagador de la milagrosa aparición de la virgen, fue un estudiante del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco: Antonio Valeriano, quien a la edad de 20 años y 10 años después de la aparición de la virgen, se dio a la tarea de escribir el primer documento sobre el relato del milagro guadalupano,  escrito en letras alfabéticas del idioma náhuatl, manuscrito que lleva por título “Nican Mopohua” (Aquí se cuenta), de 36 páginas.

El autor junto a una de las imágenes de la Virgen de Guadalupe.

El padre de Antonio Valeriano, era amigo de Juan Diego, y él fue el enlace para que su hijo entrevistara al elegido de la virgen, quien relató al hijo de su amigo el suceso de las cuatro apariciones milagrosas. Además, Antonio Valeriano recabó más testimonios orales de gente cercana a Juan Diego, informes que le sirvieron para integrarlos al citado documento. Como puede apreciarse en el relato de las apariciones de la virgen, Antonio Valeriano hizo un excelente trabajo de redacción, ya que su narración del acontecimiento lo escribió con lujo de detalles que reflejan el espíritu intelectual de sus antepasados. En ese entonces, el joven Antonio Valeriano estudiaba en la primera institución educativa fundada en la Nueva España por los frailes franciscanos: El Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, donde aprendió los idiomas castellano y latín, además estudió la religión católica, ciencias, humanidades, artes y letras, es decir, Antonio Valeriano fue un joven culto que se interesó en llevar los testimonios orales a un documento escrito, legado que se convirtió en fundamento para conocer el gran suceso del milagro guadalupano. Antonio Valeriano leyó munchas veces el Nican Mopohua ante los devotos  de la virgen, y lo conservó hasta el final de su vida; entes de morir cuando contaba con 85 años de edad, entregó el documento a un apreciado colega, quien era descendiente del rey poeta Netzahualcóyotl: Fernando de Alba Ixtlilxóchitl, cronista y escritor, quien tradujo el Nican Mopohua del náhuatl al castellano.

En 1649 el bachiller Luis Lasso de la Vega publicó en castellano, por primera vez, el Nican Mopohua. Y el documento original pasó a manos del sacerdote jesuita don Carlos de Sigüenza y Góngora, quien, al morir, el documento se integró a los archivos de la Biblioteca de la Real Universidad de México. Durante la invasión norteamericana a México en 1847, el acervo del sacerdote jesuita fue saqueado y llevado a Estados Unidos; por tal motivo, el Nican Mopohua se encuentra en la Biblioteca Pública de Nueva York, como lo aseguran algunos eruditos.

El aspecto más relevante de lo expresado por la virgen, fue la propuesta que le hizo al obispo Zunárraga por conducto de Juan Diego,  y que constituye la esencia de su aparición: Que le construyeran un templo para que desde esa casa ella aliviaría el dolor, las penas, las angustias y sufrimientos de sus devotos. Esta es la manera en que la virgen realizaría sus milagros, es decir, la virgen se apareció para salvar vidas, aliviar dolores y espíritus afligidos, y con su bendición dar protección a sus devotos.  Otro suceso relevante durante las apariciones, fue el primer milagro que hizo la virgen: Cuando Juan Diego iba de prisa en busca de un sacerdote para que confesara a su moribundo tío Juan Bernardino, la virgen lo detuvo y le dijo que no se afligiera que su tío se salvaría, que mejor le llevara la señal al obispo. Y así sucedió, Juan Diego creyó en la virgen y la obedeció; llevó las flores al obispo y al otro día fue a ver a su tío. Cuando llegó a su jacal vio que su tío estaba contento, de pie y que nada le dolía. Cabe agregar un dato muy importante: El lienzo o manta que portaba Juan Diego, donde apareció plasmada la virgen, no es un ayate sino una tilma hecha de fibra de maguey. Otro aspecto relevante son los diálogos entre la virgen y Juan Diego, que reflejan un lenguaje parecido a los huehuetlatoli (pláticas de los ancianos), palabras que acostumbraban pronunciar los patriarcas nahuatlacas en sesiones solemnes.  

Mientras el obispo Zumárraga, en los meses siguientes a la milagrosa aparición, estaba ocupado en quemar valiosos códices prehispánicos y en fundar el Tribunal de la Santa Inquisición, Juan Diego se convirtió en custodio de la ermita donde el obispo colocó la tilma con  la imagen de la virgen; en ese sagrado micro templo, situado al pie del cerro del Tepeyac, Juan Diego se desempeñó como conserje y sacristán. Al mismo tiempo, Antonio Valeriano, se dedicaba a escribir el Nican Mopohua, alternando sus actividades estudiantiles con su trabajo de recopilación de testimonios orales. 

Juan Diego vivió 16 años y 6 meses como encargado de la primitiva ermita del Tepeyac.

Juan Diego vivió 16 años y 6 meses como encargado de la primitiva ermita del Tepeyac. Diario realizaba actividades espirituales y barría el templo. Se postraba ante la virgen y la invocaba con fervor. Ejerció un apostolado de líder cristiano entre los miles de feligreses que visitaban la ermita. Mientras tanto, Zumárraga polarizaba la iglesia católica en la Nueva España, dividiéndola en el alto y bajo clero; para él el milagro guadalupano era un asunto del bajo clero, al que pertenecía la feligresía de los recién conquistados.  

El contenido del Nican Mopohua es una historia sagrada basada en un acontecimiento mágico y portentoso, y gracias a la crónica que nos legó Antonio Valeriano, conocemos esta maravillosa historia de la virgen más venerada por los mexicanos.

 El autor junto a una de las imágenes de la Virgen de Guadalupe.

 Juan Diego vivió 16 años y 6 meses como encargado de la primitiva ermita del Tepeyac.

Por: Juan José Landa Ávila  / opinion@diariodemorelos.com