En sta semana mi hijo mayor encontró, entre las hojas de un libro que empezó a leer, una foto mía de niño posando con mis abuelos. En principio le llamó la atención ‘esa manía de conservar reliquias de papel’ habien�do ya tanta tecnología y medios de almacenaje, pero sobre todo le causó curiosidad la escena muy posada de mis abuelos, su vestimenta, el mobiliario y el matiz viejo, como de varios siglos atrás, según él. Realmente la foto no es una reliquia pero 47 años para un jovencito son una eternidad.

El tema me dio un buen pretexto para contarle a mi hijo la anécdota de cómo, un día después de que se tomara esa foto, mi abuelo me dio un varazo y un sermón sólo porque soy zurdo. Mi hijo se rió y sacó a colación el chiste con el que me molestan los amigos que saben mi vocación en la gestión social y mis ideas de izquierda: -¿Ya ves? por eso te dicen chairo. Para devolverle la puya lo amenacé con quitarle su beca familiar. Tras el empate técnico pasamos a la historia del abuelo y la lección de la vara en aquellas vacaciones de mi infancia.

Cuando llegué a ese caserón a pasar el asueto escolar me llamó la atención ver que en la mesa del comedor reposaba una vara de guayabo. Quien nunca haya visto una se sorprendería de lo frágil que puede parecer, pero aunque esbelta y flexible ese tipo de vara es muy resistente y aún seca conserva un brillo amarfilado como de piel curtida. Al agitarla corta el viento haciendo un zumbido de fuete, breve pero poderoso. Al ver la vara, justo en el lugar donde se sentaba el abuelo, me hizo pensar que él la usaba como matamoscas. Lo cual confirmé más tarde. Pero la función primordial de la varita la entendí un poco después, la mañana del día siguiente. Yo estaba de visita y tenía la mejor voluntad para pasarla bien en esa casa grande y antigua llena de santos y telarañas.

Al servir mi abuela el desayuno, oloroso a té de zacate limón con torti�llas de mano, salsa de molcajete, frijoles y huevos estrellados, alegremente MANO VSDIOS DIARIO DE MORELOS / DOMINGO 13 DE AGOSTO DE 2023 / 07 me abalancé sobre la azucarera para endulzar mi té y de repente sentí una ráfaga sobre mi cabeza acompañada del zumbido de la vara que empuñaba mi abuelo como advertencia. -Espéra�te a que se haga la oración-, comentó. Asustado entendí que había que dar paso al ritual familiar.

Pasada la oración de agradecimiento por los alimentos que hizo mi preciosa abuelita, me dispuse a comer, ahora sí sin temores. Pero al tomar la tortilla, partirla y hacer el intento de hacerme un boca�do con frijolitos y salsa -siempre con la mano izquierda-, recibí un varazo fulminante, alevoso y ardiente en la mano que se puso roja como mi cara sorprendida. El abuelo me miraba enojado y con un brillo de loco en los ojos: -¡Mano contra Dios!, me decía todo descompuesto, apoltronado en su silla de inquisidor y verdugo, el que hasta ese día fue para mí una persona respetada. Lo seguí queriendo pero me cayó muy gordo su acto abusivo. La justificación fue peor: -Es por tu bien, mijo, a los zurdos no los quiere Dios porque uno de los soldados que clavaron a Jesús a la cruz era zurdo, por eso todas las personas que reniegan de su mano derecha están en contra del orden natural de las cosas de Dios. Eso viene en la biblia, así que más te vale comer con la mano buena si no quieres otro varazo-, me dijo ese canijo abuelo-Barrabás papá de mi mamá. Ahora entiendo todo mejor y no lo culpo. En sus tiempos la religión imponía creencias basadas en el miedo, pero salir con lo de la biblia fue bastante bobo.

En todo caso, yo habría preferido que recurriera al famoso ‘La letra con sangre entra’ que escuchaba en la escuela y que tenía un fin práctico. A ese recuerdo me remite la foto, le comenté a mi hijo. Y aproveché para reconocer la virtud de estos tiempos donde ser zurdo ya no es mal visto. Por el contrario, ahora los ‘chuecos’ somos curiosidad estadística en la que caben definiciones nobles como la de ser creativos y soñadores. Ya se nos conceden varias licencias poéticas en la que estoy seguro Dios no tiene nada que ver, y si lo tiene se lo agradezco a tal nivel que pongo por Él mi mano izquierda. La de lanzar, comer y firmar. Hoy sólo me dicen chairo y está bien. Por decir una obviedad, el corazón sabe dónde acomodarse. Espero llegar a ser un buen abuelo.

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