Al deportista de alto rendimiento se le exigen resultados en casi todas las disciplinas. El atleta de pista y campo brilla solo si logra marcas e impone récords; el nadador busca las barreras que los oponentes y la propia alberca le exigen; en los deportes de conjunto, solo la unión hace la fuerza pero toda esta palabrería cae en el vacío cuando se habla de futbol. En el balompié pareciera que el jugador es profesional solo porque cobra por su actividad ya que a la hora de comportarse como tal, descubrimos que solo la parte del entrenamiento y eso, a cuentagotas, realmente se cumple. En México podemos ver en las redes sociales a un jugador llevarse un caballo de tequila a la boca sin meter las manos, como si fuera una gracia, después que su equipo perdió un partido. Un arquero de las fuerzas inferiores de un club, por cierto hijo del titular, es dado de baja por descontar a un guardia de seguridad en una fiesta privada, solo por atreverse a llamarle la atención. Otro puede hacer una fiesta infantil con motivos del narco pensando que está a todo dar, pues el nene se la pasa todo el día viendo videos con esos temas. El goleador de un importante club en México quiere rendir homenaje a su ídolo y hace como si fuera un perro orinando en el clásico nacional, sin ver la violencia que esto puede generar. Esta semana acabó el proyecto de Rafael Puente del Río como entrenador de los Pumas de la Universidad. Los resultados no le acompañaron pero me resulta incomprensible que el cuadro del Pedregal haya recibido seis tarjetas rojas en apenas 12 jornadas. La última, sospechosísima de un argentino llamado Gustavo del Prete quien, con toda alevosía y apenas al minuto 20 se hace echar en una jugada a medio campo. Según esto costó 3 millones de euros pero se trata de un jugador de absoluto medio pelo y un irresponsable. Ojo, no puedo afirmar que la salida de Rafa, a quien respeto, se haya debido a un complot desde el vestuario pero las expulsiones han sido francamente infantiles y muy, muy costosas. La otra situación tiene que ver con un jugador mexicano. Resulta que el “Pocho” Víctor Guzmán, juró que le iban a ganar al América en el “clásico de clásicos”. No apareció en el partido y como mal perdedor y pésimo profesional, quiso ir a echarle la culpa al árbitro después del baile que les pusieron, nada más que no midió que el “Gato” Marco Antonio Ortiz es de pocas pulgas y le sacó la tarjeta roja. Ahora su falta de control y de inteligencia emocional le costará a su equipo no tenerlo en el importante “clásico tapatío” ante el Atlas. Lo peor de estas situaciones aquí reseñadas y otras muchas más, son solapadas por directivos blandengues e ignorantes que no saben distinguir cuando, entre el grupo, hay quién exhibe un… nulo compromiso.

 

Por: Arturo Brizio 

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