Cada que la selección nacional mayor de futbol va a participar en un evento, se espera con ansia la lista de futbolistas que la integrarán.
La neta, hasta parece un chiste que se cuenta solo, ya que no somos ninguna potencia formadora de jugadores y las sorpresas, si es que las hay, se encarga de fabricarlas el técnico en turno.
El futbol mexicano carece de la estructura para exportar jugadores. Argentina, Uruguay, Chile, Brasil, Paraguay, Colombia y hoy hasta Venezuela en el Cono Sur, se comen el mandado a bocados.
En Concacaf, es Panamá el país con mayor crecimiento en cuanto a mandar talento allende sus fronteras, aunque la palma se la siguen llevando los Estados Unidos.
Al futbolista azteca le cuesta emigrar, por un poco de toda la suma de circunstancias.
Acá es apapachado, gana un montón de lana, el compromiso es razonablemente llevadero y no hay necesidad del sacrificio extremo.
Tan es así, que, si no me cree, revise la lista de los que se han ido contra los que han regresado.
Además, en casos de flagrante fracaso, vuelven con contratos más ventajosos que cuando emigraron, gracias a la poca visión, ignorancia o franca corrupción de los directivos nacionales.
Ahora se anuncia con más bombo que platillo, que el “Vasco” le pone músculo foráneo al equipo que intentará ganar la Copa Oro.
Doce futbolistas que juegan en el extranjero estarán en el roster final. Algunos, como Mateo Chávez, quién acaba de firmar con el AZ Alkmaar de Holanda, no debería ni de contarse, pero, en fin.
Vamos a lo que tiene real sustancia: Raúl Jiménez está convertido, hoy por hoy, en el mejor jugador mexicano, dijeran los especialistas en boxeo, libra por libra.
Su medio tocayo Santi Giménez, viene de una buena temporada, a secas, en su debut en el Calcio con Milán. Si los ponen juntos, pueden armar la tremolina, como escribiera Agustín Lara.
Johan Vázquez en Italia y Edson Álvarez en la Premier se comportan con solvencia y serán titulares indiscutibles.
A Guillermo Ochoa lo trae de regreso su liderazgo, aunque dudo que sea el encargado de guarecer el arco tricolor.
Julián Quiñones es el enésimo naturalizado al que los porristas con micrófono piden, sin que establezca una diferencia real. Está en deuda.
César “chino” Huerta es un jugador tribunero, Orbelín Pineda un mito y Luís Chávez, sobre valorado.
César Montes, hoy en el futbol ruso y Julián Araujo con solo doce partidos en Inglaterra, parecen el típico plato de relleno.
Aunque a los entrenadores no les gusta la palabra “obligación”, quizá por el compromiso que entraña, es un hecho que el Tri tiene que ir en pos del trofeo.
Javier es un gran motivador, pero eso a veces no alcanza.
El brinco de calidad es el que el atleta mexicano no termina de dar, en cuanto al balompié se refiere.
No estamos en presencia de un listado generoso o de una exhaustiva búsqueda de talento.
Es lo que hay y para lo que alcanza…la convocatoria.
