Todos, absolutamente todos los que seguimos a un equipo de futbol diferente a las Águilas, tenemos la desgracia de tener un amigo cercano que se declara americanista.

La verdad, son bastante chistosos. Cuando su equipo pierde, resulta que no vieron el partido y cuando gana, salen hasta por debajo de las coladeras.

Hoy están insufribles luego de obtener el tricampeonato, aunque en honor a la verdad hay que decirlo, de forma absolutamente merecida.

Tras un torneo que empezó con los peores augurios, el equipo compuso el trazado y terminó avasallando a sus rivales.

Al papelón hecho en la Leagues Cup, donde fueron prematuramente eliminados, se sumaron derrotas, lesiones graves y el inconveniente de tener que dejar su hogar deportivo, el estadio Azteca, para terminar jugando prácticamente de visitantes en la Ciudad de los Deportes.

Al cierre del certamen, agarraron vuelo y quedaron a nada de meterse directo a la Liguilla.

Como maldita premonición, los agarró el Toluca y los zarandeo en la última fecha para enviarlos al Play in.

De esa instancia salieron airosos y ya en la Fiesta Grande se volvieron a topar con los Diablos Rojos, segundo lugar general, por lo que tenían la obligación de vencerlos en el marcador global.

En un evidente estudio de la situación, el director técnico André Jardine arregló los desperfectos del enfrentamiento anterior, cortó los circuitos rojos, los esperó en cancha propia y con contragolpes letales, devolvió la cortesía goleándolos.

La Semifinal le tenía deparado al cuadro de Coapa otro reto mayúsculo: el súper líder del torneo, con récord de puntos y amplio favorito, el Cruz Azul.

Una vez más el reto de ganar, pues cualquier empate le daba el pase a la Máquina por mejor posición en la tabla.

Otra vez cambios puntuales en la alineación, estrategia perfectamente planeada y en lo que se llamó una Final adelantada, echaron a los dirigidos por Martín Anselmi.

Del otro lado accedía al Partido Grande la Pandilla del Club de Futbol Monterrey, quienes habían despachado a Pumas y Atlético de San Luís, a punta de golazos.

Cuadro plagado de estrellas, pero a diferencia de los azulcrema, con escaso conjunto.

Para acabarla de amolar, al minuto 2 del juego de ida, se desgarró su mejor referente, el argentino Lucas Ocampos, para dejarlos huérfanos de gol y liderazgo.

El resto usted ya lo sabe. Con el oficio, la personalidad, la garra y los huevos con que se deben jugar este tipo de partidos, los americanistas borraron a los Rayados.

Monterrey pareció entender cómo se disputa una Final, en los últimos quince minutos del juego de vuelta y aunque consiguió un gol, este resultó agónico e insuficiente.

No queda más que felicitar al campeón y soportar a sus seguidores.

Particularmente sufro que mi primogénito y tocayo, Arturo Pablo, cojea de esa pata.

Otro querido amigo, Mau, que se desempeña como Gerente del vestuario en mi querido Club de Tabachines, también padece la misma dolencia.

Me preguntan: ¿tienes amigos americanistas?

Contesto: “con esa pena”.

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