El asesinato del activista social Yamir Flores Soberanes, el miércoles, generó incidentes en ocho municipios de la región oriente –Temoac, Hueyapan, Jonacatepec, Zacualpan, Jantetelco, Ocuituco, Yecapixtla y Tetela del Volcán–, el sábado, cuando grupos de opositores a la planta hidroeléctrica de Huexca quemaron casillas o no permitieron que fueran instaladas. Enmedio de la presunción del móvil político de que para generar inestabilidad fue ejecutado Yamir, y la también presunta simulación de un hecho del crimen organizado aprovechando la polarización social causada por el sí o el no al funcionamiento de la planta hidroeléctrica de Huexca, resalta el desconocimiento de políticos sobre –por decir lo menos– las viejas peculiaridades de los pueblos de la región oriente. Era 1977. En Cuernavaca a la Plaza de Armas se le podía dar vueltas en coche. Turistas y lugareños atestábamos el centro las noches de viernes y sábados, pero el 17 de marzo no cayó en fin de semana, sino en jueves, así que mucha gente no había. Llegaron pardeando la tarde, sorprendieron, pues eran cientos. Colmaron la Plaza de Armas, se les notaba extenuados luego de andar unos sesenta kilómetros, hostiles, determinados a no regresar a sus pueblos de Temoac, Amilcingo, Popotlán y Huazulco sino hasta haber conseguido su propósito. Decían a reporteros estar hartos de ser marginados, de que los alcaldes salieran de la cabecera municipal, Zacualpan, y no de las ayudantías. Pero qué iba a saber el gobernador Armando León Bejarano sobre cómo se las gastaban los pueblos del oriente. Impuesto desde la Ciudad de México como gobernador de Morelos, llegó con su séquito de la Legión Extranjera a una tierra que desconocía. Sus chamarras de piel de nonato, sus Rolex, su condición de extraño a los sentimientos de los morelenses le nublaban la visión. Aquella tarde debió sacudirlo la rebeldía de los ejidatarios, los peones, los profesores, las señoras del Morelos rural. Eran tantos que no cupieron en el Salón Gobernadores, de modo que sólo ingresó una comisión integrada por unos doscientos. Para que los de afuera pudieran escuchar lo que se iba a decir adentro, pusieron bocinas en los balcones del Palacio. Menudearon las consignas, alcanzadas a oír entre el griterío que explotaba en la explanada de abajo una que otra mentada de madre con dedicatoria directa al Gobernador. (Meses atrás había sido encontrado el cuerpo de Vinh Flores Laureano, un joven profesor vecino de Amilcingo que lideraba causas sociales en comunidades de la zona oriente, de manera que sus seguidores estaban seguros de que el asesinato había sido ordenado desde alguna oficina del gobierno). Adentro no olía precisamente a rosas, hacía tres días que los andarines no se bañaban, por lo que Bejarano y los funcionarios de su círculo más cercano apretaban las narices haciendo gestos de “fuchi”. En vano Bejarano recurría a su discurso de campaña, de “la unidad morelense”. Juntos, Temoac y los tres pueblos satisfacían el requisito constitucional de tener un mínimo de diez mil habitantes para ser municipio. Sus ingresos directos se reducirían al cobro de piso del mercadito de Temoac, al lado de la entonces ayudantía municipal, ya que el impuesto predial era recaudado por el Gobierno del Estado, pero quedaban las participaciones federales que les serían suficientes. La discusión continuó, los “temoacos” se mantuvieron firmes y aguantaron hasta la madrugada, cuando por fin Bejarano cedió a la fundación del municipio 33. Sin embargo, la gente no abandonó la explanada del poder político de Morelos, quedamos algunos reporteros y la muchedumbre sólo se fue al día siguiente llevándose el primer ejemplar del periódico oficial con el decreto de la creación del municipio de Temoac que a partir de 1978 celebrarían cada 17 de marzo.. Hoy, los pueblos indígenas de Xoxocotla, Coatetelco y Hueyapan recién tienen la calidad de municipios, pero presupuestos no. ¿Se van a movilizar como lo hizo Temoac 32 años atrás?.. Distraída por las incidencias de la consulta ciudadana para el sí o el no a la planta termoeléctrica de Huexca, la opinión pública puso una suerte de paréntesis al reproche social por la inseguridad pública. Fue así que pasó desapercibida la nota de que la madrugada del domingo un comando armado compuesto al menos por quince sujetos no sólo despojó de objetos de valor a los asistentes a una fiesta en Jiutepec –joyas, relojes, celulares, etc.–; también se llevaron una docena de vehículos de lujo y, para no variar, escaparon en medio de la impunidad creciente y la proverbial inutilidad de la policía… (Me leen después).

 

Por: José Manuel Pérez Durán

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