Por estos días de efervescencia política, aquí algunas ideas sobre algunas obras que podrían estar en la agenda de los aspirantes a cargos de elección popular de Cuernavaca y Morelos.
El tiempo y el olvido sepultaron la propuesta de cronistas e historiadores, de que los tres niveles de gobierno –federal, estatal y municipal– aportaran los recursos necesarios para rescatar este inmueble. La idea era construir ahí el Museo Morelense del Zapatismo, considerando que el general Emiliano Zapata instaló en este lugar su Cuartel General en dos largas estancias en Cuernavaca, en 1914 y 1917. La tarea se advertía ardua, pero no imposible, por las siguientes razones hasta hoy vigentes: es necesario expropiar el edificio y desembolsar unos cuantos millones de pesos en la operación, aunque el argumento legal de “para utilidad pública” ayudaría a bajar las pretensiones del propietario. Reubicar los negocios que ahora ocupan las que antes fueron habitaciones y, si bien sólo la planta baja está del todo ocupada, los locales que dan a las calles de Matamoros y Degollado tienen un alto valor comercial.
El costo-beneficio sería alto.
El mítico carisma de Zapata, la vitalidad histórica y de identidad que representa para los morelenses, dentro y fuera de México, debe verse como un “plus” turístico, histórico y cultural. Congresos, reuniones, encuentros de literatura, historia, crónicas, entre otros, serían los tipos de turismo temático que propiciará el Museo del Zapatismo, el punto de arranque y final de la Ruta de Zapata.
Si los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla, entonces las pregunta y respuestas son: ¿qué les pasa a las ciudades que desperdician de tan de vil manera su acervo de tesoros ocultos? Se pierden. ¿Y qué con las autoridades? Les falta voluntad de servicio público...
Además, es urgente rescatar El Salto de San Antón. El olor a caca (perdón, pero a eso huele) ahuyenta a los visitantes despistados y a nativos distraídos que se atreven a darse una vuelta por el lugar. Afirman quienes sí saben, que no hay o es muy difícil el acceso a la terraza natural, detrás de la cascada. A la distancia del mirador, no queremos imaginar qué tipo de “brisa” sale del torrente. Es un recurso natural destruido por la falta de previsión, sensibilidad, incompetencia y voracidad de los impulsores de la mancha urbana. ¿Cuánto cuestan tres, cuatro plantas depuradoras de agua? ¿Cuánto un drenaje cuyas aguas negras y de coliformes no vayan a dar a El Salto?
Para los que no y para quienes sí lo saben, nuestro clima templado se debe –o más bien y tristemente dicho se debía– a la orografía en que está asentada la ciudad. Amanalco, Analco, De los Caldos, Del Diablo, El Tecolote, Salto Chico y Salto Grande son cañadas o tramos de ramblas que hacen las veces de “productoras de humedad”. El microclima de las oquedades que mayoritariamente cruzan a
Cuernavaca de norte a sur se da por la presencia de una flora abundante todo el año, por la presencia de los cuerpos de agua –muy contaminados– y la renovación temporal de unos y otros con la temporada de lluvias. Programas de recuperación de las barrancas ha habido desde que tenemos memoria. Los hay desde la construcción de plantas tratadoras de agua en los márgenes, para bloquear las aguas negras de las viviendas, hasta la reubicación de viviendas de familias en paupérrimas condiciones y crear varios andadores o paseos barranqueños. La idea es ambiciosa, nada nueva pero no descabellada. Sería trabajo de uno o dos trienios, pero, bien aprovechadas, las barrancas de Cuernavaca se convertirían en un atractivo turísticamente sustentable y, quizá con una intensa reforestación y limpieza del agua, retornaría el clima templado de la “eterna primavera”… (Me leen mañana).
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