Además de nacer en las mismas fechas en las que se celebra la navidad católica, el mito de Huitzilopochtli tiene una relación muy cercana a la forma en que se describe la concepción del Niño Jesús. La deidad azteca nace después de que su madre quedó preñada por una bola de plumas que cayó del cielo, para llegar al mundo en forma de un niño que le daba vida a su pueblo a través de la fuerza creadora de la luz del sol.
Por todo lo anterior, a los evangelizadores españoles no les costó tanto trabajo cambiar unos personajes con otros, pues en esencia los mitos de Huitzilopochtli o el Niño Sol y el Niño Dios guardan evidentes semejanzas. Entonces, ante tales pruebas ya muy conocidas es que hoy rescatamos estos datos, un día antes de la primera Posada. Más aún: para aquellos todavía desprevenidos sobre tantas coincidencias las Posadas son netamente mexicanas y, claro, aderezadas con el ingrediente cristiano una vez que a la conquista por la espada siguió la dominación con la cruz.
Costumbre prehispánica. En pueblos y barrios de México existe la tradición de los Peregrinos, la petición de posada, el rezo del novenario y romper la piñata, que simboliza la destrucción del mal y los malos pensamientos, para concluir con la repartición de las colaciones de dulces y frutas a los niños, el ponche para los adultos –opcional el “piquete” de alcohol para los friolentos– y a veces un breve bailongo para rematar la celebración. Esa es la tradición. Otro asunto son los reventones en los antros, como preámbulo al Año Nuevo. Hay para todos los gustos, con o sin tradición de por medio.
Más atrás en el tiempo, las fiestas de la citada veintena de “Panquetzaliztli” en el calendario azteca entre los días 7 y 26 de diciembre tenían también, en las celebraciones en honor al dios Huitzilopochtli, una carrera encabezada por un corredor muy rápido que cargaba en los brazos una figura de esta deidad hecha con amaranto y miel, y detrás del portador de esta imagen corría una multitud de gente portando banderas de color azul siguiendo al líder por muchos de los barrios y pueblos que componían la antigua México-Tenochtitlan. Esta carrera iniciaba en la Gran Casa del Sol (“Huey Teocalli”) y llegaba hasta Tacubaya, Coyoacán y Churubusco, entre otros muchos lugares, dejando a su paso una gran alegría entre los pobladores que continuaban los festejos en sus hogares. Después de la Conquista, los evangelizadores vieron en dicha fiesta una oportunidad de sustituir a los antiguos dioses paganos por los católicos, sin perder la tradición y como una manera de convertir a la religión española en parte de la vida cotidiana de los indígenas.
Haciéndole un poco al historiador, diremos que con este antecedente Fray Diego de Soria consiguió una bula papal para celebrar lo que en su momento se llamó “misas de aguinaldo”, y sustituir así las celebraciones en honor de Huitzilopochtli con la historia de María y José en su peregrinar por Nazareth hasta llegar al pueblito de Belén. Con este cambio de personajes, convirtiendo la carrera de Huitzilopochtli en la peregrinación de los progenitores del Niño Dios, las primeras posadas se celebraron en 1587 en el pequeño pueblo de San Agustín Acolman, cerca de San Juan Teotihuacan.
En la colonia. Pero no todo fue terso para los evangelizadores y la “grilla” contra las Posadas que vino con la misma autoridad colonial. Después llamadas “misas de aguinaldo”, estas celebraciones fueron prohibidas en el siglo XVIII por Carlos III, y no fue hasta que éste murió que se volvieron a celebrar, pero de manera diferente, ya no sólo con misa en el atrio de las iglesias, sino con cantos y representaciones en los barrios y en las casas, haciéndose más populares con usos y costumbres de cada región de las posesiones españolas.
Como bien se sabe, el sentido de las Posadas es representar el camino de María y José, de Nazareth a Belén, y las dificultades para encontrar alojo. Es por eso que surgió la tradición de pasear a los peregrinos, la mayoría de las veces en imágenes de barro, José de pie, en camino, y María sobre el borrico, aunque en algunos lugares acostumbran representarlos con personajes en vivo, lo que les da mayor realismo. Estas escenificaciones inician el día 16 de diciembre y terminan el 24; son la “novena” de preparación, recordando los nueve meses de Jesús en el seno de María. Para ver que no se pierde la tradición de las Posadas, basta con recorrer colonias y barrios de cualquier ciudad donde siguen al pie de la letra el ritual prenavideño.
Para que perdure. Del ponche tradicional se ha pasado al exceso de alcohol, de los villancicos a la música para bailar, entre otros cambios consumistas. De nosotros depende no dejar morir estas tradiciones que unen a las familias, a las comunidades y fortalecen nuestra identidad. No se pueden recordar estos cuadros de costumbres sin evocar el aroma del pelo de las trenzas quemadas a las niñas con las velitas de los chamacos atrevidos, sin faltar quien robara o quemara la piñata con cohetes. Travesuras inocentes en medio de las tradiciones que no mueren… afortunadamente… (Me leen mañana).
Las opiniones vertidas en este espacio son exclusiva responsabilidad del autor y no representan, necesariamente, la política editorial de Grupo Diario de Morelos.
