Sinónimo de consumismo, y si nos descuidamos pretexto para dilapidar el aguinaldo –los que tienen–, las fiestas decembrinas son el resultado de una mezcolanza de tradiciones de distintos pueblos. El arbolito navideño y Santa Claus netamente anglosajonas, adaptados para el acelere de las compras, los “intercambios de regalos”, (¿dónde quedó aquello de “regale afecto, no lo compre”?). La colocación del nacimiento, las posadas y el arrullo del Niños Dios, elaboraciones entre íberas y mexicanas… Pero hay que detenerse en Las Posadas, la primera de las nueve que se celebran una por noche. Este lunes 16 será la primera, cuya realización nos preparará para la Natividad o Navidad, la víspera que celebramos con la cena de Nochebuena.

Y no es por echar a perder las fiestas a los “reventados”, lo que no disminuye ni pizca la enjundia fiestera, pero Posadas y Navidad han pasado a ser celebraciones paganas con el telón de fondo de la incitación publicitaria que sustituye en mucha gente al –¿extraviado?– espíritu navideño. Excepciones no faltan, la masa celebra y esa es la realidad. Para contribuir, así sea en mínima parte, al recordatorio del origen de las muy mexicanas Posadas y Navidad “a la mexicana”, regresemos un rato en el tiempo para ver dónde se hunden las raíces de sendas celebraciones.

Navidad azteca. Antes de la invasión española, los antiguos pueblos mesoamericanos celebraban numerosas ceremonias para venerar a sus dioses y mantener vivas las tradiciones que daban sentido a su existencia. Una de las más importantes en su calendario era la llegada de Huitzilopochtli (“colibrí del sur” o “colibrí izquierdo”), que ocurría en los últimos días del mes de diciembre. Hay que recordar que Huitzilopochtli fue el nagual o dios que guió en su peregrinación a los aztecas o mexicas hasta, después de años de peregrinación, encontrar el designio anunciado por el mismo Hutzilopochtli: el águila devorando la serpiente sobre un islote del lago. La historia o leyenda es el punto de partida de México-Tenochtitlan y el futuro imperio azteca.

Volviendo a la Navidad azteca, en el período o mes de veinte días conocido como veintena de “Panquetzaliztli” en el calendario azteca entre los días del 7 y al 26 de diciembre de nuestro calendario occidentalizado, en el cual ocurría el advenimiento o natividad de Huitzilipochtli, el Niño Sol que ya en sí tiene la connotación del llamado Niños Dios con que identificamos al recién nacido Niño Jesús. El nacimiento del Niño Sol o Huitzilopochtli se celebraba con una serie de fiestas populares, y así los antiguos pobladores nahuatlacas mantenían viva una de las tradiciones más arraigadas en la cosmovisión prehispánica que consistía en el renacimiento del Sol victorioso. En estos días la gente hacía ayunos, prendían fogatas con maderas aromáticas, purificaban sus hogares con la práctica de rituales antiguos, ofrendaban grandes manjares y hacían sacrificios en honor del Niño Sol que volvía para asegurar la vida al menos un año más.

Todo sucedía el día del solsticio de invierno. Justo cuando el sol ya había recorrido la bóveda celeste y se encontraba en su máximo desplazamiento hacia el sur, era cuando Huitzilopochtli volvía. Si tenemos la curiosidad de verificarlo un día que nos levantemos antes de la salida del astro rey, veremos que, en efecto, sale muy hacia el sur en la línea del horizonte. Según la costumbre mexica, en esta fecha el Niño Sol caminaba hacia el Mictlán, lugar de reposo o de los muertos… para renacer en forma de colibrí. Al parecer, algunos historiadores aseguran que era entre el 24 y 26 de diciembre cuando este dios renacía trasmutado en esa pequeña ave para chupar la miel de las flores.

El sitio donde los aztecas y pueblos del centro de México celebraban la Natividad de Huitzilopochtli, y en el que se creía que el nuevo sol resurgía por completo, es la localidad de Malinalco o Malinalxoch (ubicada en el estado de México),

realizadas ahí las ceremonias y rituales tradicionales de los pueblos para demostrarle cariño y respeto, tal como ahora deberíamos hacer con el Niño Dios. Recordemos que Malinalco es pueblo mágico y está adelante de Chalma, un antiguo santuario mexica donde se veneraba a Tezcatlipoca, otro nagual mayor o dios mexica muy importante. Pero esa es harina de otro costal. Y acordémonos asimismo que Huitzilopochtli fue una de las deidades aztecas más veneradas. Hijo de Coatlicue, la diosa que representaba a la Madre Tierra, esta divinidad se relacionaba con la guerra y con el poder del sol. La leyenda del origen del Niño Sol dice que mató a sus 400 hermanos y a su hermana Coyolxauhqui con una serpiente de fuego, la decapitó y lanzó su cabeza al cielo, convirtiéndola así en la Luna.

Además de nacer en las mismas fechas en las que se celebra la navidad católica, el mito de Huitzilopochtli tiene una relación muy cercana a la forma en que se describe la concepción del Niño Jesús. La deidad azteca nace después de que su madre quedó preñada por una bola de plumas que cayó del cielo, para llegar al mundo en forma de un niño que le daba vida a su pueblo a través de la fuerza creadora de la luz del sol… (Me leen mañana).

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