Ovalado el tablero de madera (el acrílico transparente hubiera sido un lujo) y pavimentado el piso disparejo, a mediados de los setenta las mañanas de domingo cobraba vida la cancha de basquetbol de la Estación.

Entre semana lucía desierta, ausentes los jugadores-obreros que trabajábamos de lunes a sábado.

En el centro, la cancha del “Revo” era otra cosa, concurrida por muchachos clasemedieros que estudiaban en las mañanas y “cascareaban” en las tardes.

El caserío de “La Estación” –llamada entonces simplemente así por la gente de Cuernavaca– ya era un asentamiento irregular.

Habitado por “paracaidistas”, como les decían en México a las familias pobres que invadían terrenos baldíos, hacían casas de cartón y ahí se quedaban a vivir, como caídos del cielo.

Al amigo que conservo en Los Patios lo conocí en la cáscara basquetbolera.

Jugaba bien, mejor que muchos del parque Revolución, por años lo seguí tratando y en los noventa, cuando los hubo, me dio el número de su teléfono celular.

Los dos nos habíamos hecho abuelos, le dije o me dijo el día que dejamos la “cáscara”: las piernas debiluchas no se llevan con el básquet.

Recién que la casualidad nos reencontró, la pregunté sin más: “¿Cómo ves la regularización de Los Patios?”.

Y él, que siempre fue corto de palabras y largo de afectos, me contestó: “Dime tú.

¿No que eres periodista y lo sabes todo?”.
 Por supuesto negué ser un sabiondo, le insistí y su respuesta fue un editorial.
 Expresó preguntando: “¿Cómo quieres que lo vea?”.
 Y añadió afirmativo.
 “Bien.

 Nadie nos iba a quitar la casa (a los habitantes de la Estación), pero menos nos la quitan ahora que tengamos papeles (escrituras).
 Ya lo sabíamos, pero cuando vino el presidente municipal nos volvió a decir lo de la regularización”.

 Manuel, que así se llama mi amigo, estaba entre los vecinos de Los Patios el domingo 19 de julio que “Lobito” les dijo: “Ustedes han preservado el legado de sus padres y a su vez les dejarán a sus hijos un patrimonio, el de su casa, el de la tierra que ahora les va a pertenecer legalmente gracias a la respuesta del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien ha resuelto un anhelo de muchas décadas: que los Patios de la Estación sea una colonia integrada a la vida y al crecimiento de Cuernavaca”.

 Ayer que Manuel telefoneó lo hizo para platicar que el sábado Villalobos estuvo nuevamente en Los Patios.
 “Fue el día de Zapata”, comentó refiriéndose al aniversario 141 del natalicio del caudillo suriano.
 “No tuvo miedo”, repitió la frase, así que tuve que aclararle que el alcalde se refirió a que Zapata no tuvo miedo cuando firmó el Plan de Ayala, el 28 de noviembre de 1911.
 Y Manuel, que no suele admitir cuando se equivoca, agregó que “Villalobos tampoco tiene miedo”.

 ¿A quién se refirió? Dijo: los que somos de aquí sabemos que no les tiene miedo a los fuereños que no saben la historia de La Estación.

 Por eso otra vez el recuento: En la década de los cuarenta del siglo pasado, trabajadores ferrocarrileros habitaron carros estacionados del tren, se sumaron familias de Cuernavaca y otras provenientes del estado de Guerrero hasta ocupar el terreno que con el paso del tiempo alcanzó una ocupación cercana a las veintidós hectáreas.

 En los ochenta, el gobernador Lauro Ortega intentó un proyecto para reubicar a sus habitantes, pero fue en vano, permutadas viviendas a unas cuantas familias en la Unidad Morelos de Xochitepec, regresadas algunas, quedadas otras y rápidamente ocupados los lotes que habían quedado momentáneamente vacantes.

 Asentamiento marginado del desarrollo de Cuernavaca durante décadas, abarca 247 mil 644 metros cuadrados en lotes de unas 7 mil familias que al fin tendrán la seguridad jurídica de la regularización en la tenencia de la tierra… (Me leen después).

Por: José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com 

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