En el centro de Tepoztlán, con el tiempo los terrenos chicos y medianos convertidos en estacionamientos resultaron un buen negocio. Igual los lotes grandes de casas antiguas que en otros tiempos fueron huertas o corrales, donde los letreros señalan: cincuenta pesos tiempo libre. Peso más, peso menos, es la tarifa impuesta por los usos y costumbres en este pueblo que más turismo recibe los fines de semana. Nadie se inconforma, paga o estaciona sus coches en la calle, como sucede en Cuernavaca y en tantas ciudades. En la capital morelense, con la peculiaridad de que no hay parquímetros. Los hubo hace décadas y en muy pocos lugares del centro, pero su número vino disminuyendo hasta desaparecer del todo. Hoy que el alcalde Antonio Villalobos Adán ha bocetado la posibilidad de instalar parquímetros, si bien la gran mayoría de los cuernavacenses ni siquiera se ha enterado de esta que hasta ahora es sólo una idea, ya brincó alguno de esos sabelotodo. Citarlo por nombre y apellido sería darle el gusto al protagonismo de este tipo de “líderes” que, pobres los liderazgos de los membretes que ostentan, en realidad nada o demasiado poco representan socialmente. El tema son los parquímetros, y la utilidad social, las obras que se construyen y los servicios que se presten con el ingreso de los parquímetros. La tarifa: digamos de cinco o diez pesos por treinta minutos o una hora, menos que en la mayoría de estacionamientos públicos pero un poco más de la propina al “viene-viene”. Y el fundamento, si falta hiciera a toda acción de gobierno, una consulta pública. ¿Cuándo?.. SINÓNIMO de consumismo, y si nos descuidamos pretexto para dilapidar el aguinaldo, las fiestas decembrinas son el resultado de una mezcolanza de tradiciones de distintos pueblos. El arbolito navideño y Santa Clós netamente anglosajonas, adaptadas para el acelere de las compras, los ahora en picada “intercambios de regalos”, por aquello de la crisis económica. La colocación del nacimiento, las posadas y el arrullo del Niños Dios, elaboraciones entre íberas y mexicanas. Pero hay que detenerse en Las Posadas, la primera de las nueve que se celebran una por noche. El lunes 16 será la primera, cuya realización nos prepara para la Natividad o Navidad, la víspera que celebramos con la cena de Nochebuena. No es por echar a perder las fiestas a los “reventados”, que por otra parte no disminuye ni pizca la enjundia fiestera, pero Posadas y Navidad han pasado a ser celebraciones paganas con el telón de fondo de la incitación publicitaria que sustituye entre mucha gente al extraviado espíritu navideño. Excepciones no faltan, por supuesto, pero la masa celebra y esa es la realidad. Para contribuir, así sea en mínima parte, al recordatorio del origen de las muy mexicanas Posadas y Navidad “a la mexicana”, regresemos un rato en el tiempo para ver dónde se hunden las raíces de sendas celebraciones. Antes de la invasión española, los antiguos pueblos mesoamericanos celebraban numerosas ceremonias para venerar a sus dioses y mantener vivas las tradiciones que daban sentido a su existencia. Una de las más importantes en su calendario era la llegada de Huitzilopochtli (“colibrí del sur” o “colibrí izquierdo”), que ocurría en los últimos días del mes de diciembre. Hay que recordar que Huitzilopochtli fue el nagual o dios que guió en su peregrinación a los aztecas o mexicas hasta, después de años de peregrinación, encontrar el designio anunciado por el mismo Hutzilopochtli: el águila devorando la serpiente sobre un islote del lago. La historia o leyenda es el punto de partida de México-Tenochtitlan y el futuro imperio azteca. Volviendo a la Navidad azteca, en el período o mes de veinte días conocido como veintena de “Panquetzaliztli” en el calendario azteca entre los días del 7 –ayer– y al 26 de diciembre de nuestro calendario occidentalizado, en el cual ocurría el advenimiento o natividad de Huitzilipochtli, el Niño Sol que ya en sí tiene la connotación del llamado Niños Dios con que identificamos al recién nacido Niño Jesús. El nacimiento del Niño Sol o Huitzilopochtli se celebraba con una serie de fiestas populares, y así los antiguos pobladores nahuatlacas mantenían viva una de las tradiciones más arraigadas en la cosmovisión prehispánica que consistía en el renacimiento del Sol victorioso. En estos días la gente hacía ayunos, prendían fogatas con maderas aromáticas, purificaban sus hogares con la práctica de rituales antiguos, ofrendaban grandes manjares y hacían sacrificios en honor del Niño Sol que volvía para asegurar la vida al menos un año más. Algo parecido al hoy pero no igual… (Me leen el lunes).
José Manuel Pérez Durán
jmperezduran@hotmail.com
